26.6.05

Decimotercero Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:8-11, 14-16; Romanos 6:3-4, 8-11; Mateo 10:37-42

Es fácil ver el mensaje común de la lectura del libro segundo de los Reyes y la lectura del Evangelio de san Mateo: la persona que da la bienvenida, que acoge con gusto, que recibe con amabilidad a un profeta, a un justo, a un discípulo de Jesús recibirá recompensa de profeta y de justo. La mujer distinguida hizo todo para dar la bienvenida al profeta Eliseo. No tenía hijos y probablemente tenía en su corazón la esperanza que el profeta le pudiera dar un milagro. Aparentemente no le había comunicado esta esperanza directamente al profeta. Solo le había dado gran hospitalidad.

Es entonces la «mujer distinguida» un modelo para nosotros. Como se dice en el Evangelio, si nos abrimos al profeta, al justo, y al discípulo recibiremos todo lo que necesitamos. Primero viene la generosidad que es nada más que el amor cristiano, el agape generoso y sin egoísmo. El fruto de tal generosidad es que Dios nos da todo lo que necesitamos y todo por cual anhelamos. Así lo hizo la mujer mas distinguida de todas la mujeres: María. Y a María se le dio todo.

San Pablo trata el tema que si hemos muerto con Cristo también viviremos con Él en la resurrección que empieza ahora mismo y también se completa cuando nuestros cuerpos serán transformados a nuevos cuerpos que nunca morirán cuando se acaba este mundo presente. En el Evangelio, Jesús habla de la generosidad al profeta al mismo tiempo que enseña que hay que perder nuestras vidas para salvarlas.

En la generosidad, abandonamos el egoísmo y nos entregamos en total confianza a la voluntad de Dios: eso es perder nuestras vidas para salvarlas. La mujer distinguida no se encerró en la desolación de no tener hijos pero con confianza en Dios practicó la generosidad. Y así recibió la vida nueva representada por un hijo.


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