25.12.05

La Natividad del Señor (Misa de la Aurora): Isaías 62:11-12; Tito 3:4-7; Lucas 2:15-20

¿Qué hacemos cuando viene la esperanza, la salvación, que nos libera de la sombra de la muerta y de la desilusión, que a veces es peor que la muerte? Vamos a ver la reacciónes en las lecturas de hoy.

Anticipando la llegada del Mesías, el profeta Isaías anuncia por el poder del Espíritu Santo que «llega tu salvador» en su victoria y acaba con nuestro abandono. Se anuncia como algo seminal y explosivo que lo cambia todo. La primera reacción al Salvador es, entonces, darse cuenta que esto es algo que cambia todo, es un terremoto.

Pablo escribe a Tito que el Salvador nos salva no por nuestro mérito sino por medio de su misericordia. Y tenemos muy cerca las maneras de recibir esta salvación: el bautismo «que nos regenera y nos renueva» y el Espíritu Santo que cae sobre nosotros. No es algo escondido, pero algo que tenemos a la mano, algo muy simple: abrirnos con fe y ser bautizados con agua y con el Espíritu Santo y realizamos «la esperanza de la vida eterna» que empieza ahora mismo.

Finalmente, tenemos en el Evangelio la reacción de los pastores al conocer el niño: fueron «alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado». Como Isaías, los pastores van anunciando: son los primeros evangelistas.

En resumen, estas son las reacciones a la Encarnación que vemos en estas lecturas: anunciar que algo de una importancia explosiva occurre; darse cuenta que Cristo nos ofrece misericordiosamente y gratuitamente una salvación completa de todas las sombras de la vida por los medios simples de fe, bautismo, y el Espíritu Santo; que los frutos de esa salvación son la glorificación de Dios y la evangelización. Ese es el programa de Navidad.

18.12.05

Cuarto Domingo de Adviento: 2 Samuel 7:1-5, 8-12, 14, 16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38

En la primera lectura, el profeta Natán recibe del Señor un mensaje para David: «te daré una dinastía . . . . engrandeceré a tu hijo . . . . y tu trono será estable eternamente». El hijo de David que asumió el trono era Salomón, el mismo Salomón que fue el segundo hijo de David con Betsabé (2 Sam. 11)--una relación que empezó con un adulterio que incluía planear la muerte del esposo de Betsabé. Es muy asombroso que por medio de este acontecimiento y crimen continua la dinastía que acaba con el reinado de Jesucristo, el hijo de David.

San Pablo escribe a los romanos sobre el Evangelio y la predicación de Cristo como «la revelación del misterio . . . que ahora, en cumplimiento del designio eterno de Dios, ha quedado manifestado por las Sagradas Escrituras». Si, es asombroso como Dios sacó de un crimen la salvación del mundo.

En el Evangelio propio, tenemos la visita del ángel a María. El ángel Gabriel anuncia el nacimiento de Cristo al cual «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre». La promesa mesiánica se enfoca en David y se realiza precisamente por medio de la línea real de Salomón producto de un adulterio criminal como vemos en Mateo 1:6. ¿Qué debemos de pensar de todo esto que es tan extraño?

Dios no aprueba de lo malo: mandó la muerte del primer hijo de David y Betsabé. El profeta Natán fue enviado por Dios para enfrentarse con David sobre su crimen. Y David acabó arrepentido. Pero de una relación que surgió de lo malo y lo criminal, Dios hizo algo maravilloso: produció el Mesías. En nuestras vidas, vemos las consecuencias de hechos malos y hasta en algunos casos de crimenes actuales. Dios hasta en esas condiciones nos llama a la conversión y nos escoge para avanzar su reino. De lo malo, de que nosotros los humanos no podemos sacar nada bueno, Dios mismo si puede sacar lo bueno. Por eso, creo que Jesús nos llama a no condenar a los individuos en sí: Dios puede salvar el mundo usando a cualquiera, usando hasta nosotros como usó a David y a Salomón.

11.12.05

Tercer Domingo de Adviento: Isaías 61:1-2, 10-11; 1 Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8, 19-28

La lectura de Isaías es un momento magnífico: anuncia la revolución del Mesías. Jesús mismo lee esta misma lectura en la sinagoga de Nazaret cuando empieza su ministerio público (Lucas 4:16-30). En el Evangelio de Juan, no tenemos este episodio conocido como el rechazo en Nazaret. Lo que tenemos en la lectura de Juan para hoy es Juan el Bautista anunciando la revolución que viene con el Mesías. El Bautista apunta a Jesús como el Mesías que cumplirá las profecias y los anhelos de Israel.

Y si es algo revolucionario como vemos claramente en la lectura de san Pablo. ¿Cuáles son los rasgos de esta revolución? Son muy diferentes de lo que ha pasado en las revoluciones que conocemos en los países latinoamericanos. En esas revoluciones políticas casi todo acaba en matanzas, persecuciones, corrupción, y desilusión--y el pueblo va de mal a peor. Se ve lo mismo claramente hoy en Cuba (por muy largo tiempo) y más recientemente en Venezuela y seguramente en otros países que no conozco bien. Pero la revolución mesiánica es totalmente diferente--no acaba en desilusión como los proyectos grandiosos de los humanos.

En contraste, Jesús ofrecía a los judíos, sus compatriotas, de ese tiempo un tipo de revolución que sus líderes acabaron en rechazar--aunque obviamente muchos del pueblo judío si aceptaron la invitación de Jesús. Los líderes y los revolucionarios políticos querían guerra militar con una victoria militar sobre los ocupadores romanos. Jesús, en cambio, ofrecía una revolución contra las fuerzas de maldad que existen en el corazón humano. Quedaron las aspiraciones políticas frustradas y por eso rechazaron al Mesías sorprendente que no se adaptaba a lo que ellos anhelaban. Hacemos lo mismo hoy en muchos casos cuando tratamos las ideologías y la política humana como una religión misma que sustituye a Cristo.

Pero tenemos que volver a la pregunta clave. ¿Cuáles son los rasgos de la revolución verdadera y mesiánica? San Pablo nos instruye: alegría, oración constante, gratitud, profecía, evitar toda clase de mal, paz, santificación. En otras palabras, transformación personal que, a su propio tiempo, tiene que acabar en transformación social. Esa es la verdadera revolución que no acaba en la desilusión que conocemos muy bien en nuestra experiencia.

4.12.05

Segundo Domingo de Adviento: Isaías 40:1-5, 9-11; 2 Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8

Tenemos en Isaías 11:1-10 (la lectura del ciclo A) los dones del Espíritu Santo: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, piedad y temor de Dios. También tenemos un representación del nuevo mundo que entraremos cuando venga Jesús por la segunda y final vez. Noten que los dones del Espíritu Santo incluyen--hasta primeros en la lista--la sabiduría e inteligencia. El cristianismo nos obliga a pensar y pensar bien: a dedicar nuestra inteligencia a Dios. Solo Dios completa y realiza el destino y las aspiraciones de nuestra inteligencia por medio del «espíritu del Señor».

Pero la lectura de Isaías que tenemos hoy para el nuevo año de lecturas (Ciclo B) es diferente y viene de otro capítulo: Isaías 40:1-5, 9-11. Comenté primero sobre la lectura del Ciclo A porque se relaciona centralmente con la lectura de hoy. En Isaías 11, se nos presenta el Espíritu Santo que posee el Mesías. En Isaías 40, que se lee hoy, vemos los hechos maravillosos del mismo Mesías: «Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane». Todos estos hechos maravillosos vienen por el Espíritu Santo que lo arregla todo sin excepción. Esta transformación acaba en un nuevo mundo. Pasará todo esto completamente cuando vuelva Jesús otra vez. Pero también empieza ahora, durante el Adviento, cuando cae sobre nosotros el Espíritu de Dios que transforma y arregla todo «lo torcido» y «lo escabroso» en nuestras vidas.

En el Evangelio, san Juan Bautista predica que «el que viene después de mí, es más fuerte que yo, . . . . Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego». Como el profeta Isaías, Juan el Bautista, el último de los profetas de la Alianza Vieja, apunta al Espíritu Santo que trae el Mesías. San Pedro en su segunda carta se refiere a las Escrituras, inspiradas por ese mismo Espíritu, Escrituras que nos dan la paciencia y el consuelo. Pedro instruye a sus oyentes y lectores que vivan en «perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo Jesús»--otra referencia al Espíritu Santo (compare el Catecismo de la Iglesia Católica, sección 693).

Jesús nos bautiza con el Espíritu Santo si nos entregamos totalmente y humildemente a Jesús. Aquí y hoy mismo entre los cristianos, en la Iglesia, se anticipa el nuevo mundo de caridad, paz, y armonía que Isaías describe tan gloriosamente. Esa anticipación del mundo renovado por Cristo al final de la historia la vivimos hoy mismo por medio del bautismo del Espíritu Santo. ¡Hoy, si no le has pedido a Cristo que te bautize--quiere decir que te inunde--en el Espíritu Santo, hazlo! Con esa inundación (el sentido original de la palabra «bautismo») abrimos completamente las fuentes de los sacramentos que hemos ya recibido como católicos, especialmente el Bautismo sacramental de agua y la Confirmación. Jesús nos da por medio del fuego del Espíritu Santo una anticipación de la nueva tierra y el nuevo cielo que brotarán cuando Jesús vuelva por segunda vez. No te lo pierdas.

27.11.05

Primer Domingo de Adviento: Isaías 63:16-17, 19; 64:2-7; 1 Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37

Empezamos el año nuevo de la Iglesia, de la Nueva Israel (el Ciclo B de las lecturas). No esperamos hasta el primero de enero. Empezamos el nuevo año esperando por, vigilando por, y pensando en la Encarnación: Dios hecho carne por medio del cuerpo de María. La Navidad que esperamos es la Encarnación. Por eso, no se puede ver la Navidad como solamente una conmemoración biográfica como, naturalmente, tenemos la tendencia de verla, como si fuera cosa de celebrar el natalicio de un mero heroe, rey, presidente, u otra figura histórica. La Navidad es un acontecimiento de verdadera historia biográfica-- pero es much más que eso. Esperamos la intervención definitiva de Dios en nuestras vidas y nuestra historia. No hay y no hará otra vez algo de semejante importancia en la historia. Reconocer la Encarnación es implícitamente reconocer la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo para juzgar al mundo. Si de verdad es Dios hecho carne, entonces sabemos lo que tiene que resultar.

Isaías nos describe lo que aprendemos por medio de la Encarnación: conocemos a Dios como «nuestro padre» por medio de Jesús. San Pablo, en su primera carta a los corintios, celebra otro resultado de la Encarnación: recibimos en abundancia «dones divinos . . . por medio de Cristo Jesús»; estos dones divinos nos transforman en la conversión. Esta conversión personal es otro resultado de la Encarnación.

En el Evangelio, Jesús nos advierte que estemos sospechosos de la seguridad, de la paz, y de nuestra complacencia en los asuntos de la vida, porque es cierto que el Señor vuelve a cambiarlo todo. No tenemos seguridad ninguna en nuestros planes y en nuestros propios deseos. La Encarnación enseña que Dios ha invadido al mundo y que está determinado en transformarlo por completo cuando vuelva por segunda vez. Por eso no podemos vivir en la ilusión que el mundo que nosotros mismos construimos para nuestro placer es la realidad final. Lo que nosotros construimos tan asiduamente es solamente algo transitorio y temporario. La invasión radical que es la Encarnación y que resultará en una conquista total cuando se acabe el mundo presente lo ha cambiado todo.

20.11.05

Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo: Ezequiel 34:11-12, 15-17; 1 Corintios 15:20-26, 28; Mateo 25:31-46

El Rey del Universo interviene en su universo. Tenemos un libro de la Biblia llamado los Hechos de los Apóstoles. La Biblia entera se puede llamar «los Hechos del Rey». En Ezequiel, el Señor Dios dice que él es quien busca y rescata a las ovejas. En el Evangelio, Jesucristo describe su justicia en la consumación del mundo entero--el Juez viene a juzgar y arreglar. Interesamente, la lectura paulina habla de la resurrección que precede la consumación del mundo. Nuestro Dios no es un mero tema filosófico, un argumento intelectual, una fantasía psicológica. Nuestro Dios es un Dios de hechos, de acontecimientos, de verdaderas intervenciones públicas y privadas. Es el Dios que transforma las situaciones públicas y privadas. Es el Dios de sorpresas que azoran. No es un Dios en una cajita linda llamada «religión» por los hombres--es el Dios Rey del universo. La más grande sorpresa, como nos recuerda san Pablo hoy, es la resurrección de Cristo. Ese hecho confirma que nuestro Dios es el poder y la fuerza que gobierna, juzga, y transforma el universo. Acérquense a ese poder real.

13.11.05

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Proverbios 31:10-13, 19-20, 30-31; 1 Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30

La diligencia sobria. Este es el tema de hoy. En Proverbios, vemos una alabanza extraordinaria a la mujer «hacendosa . . . . que teme al Señor». Existen tales mujeres y cuando las encontramos, las Escrituras requieren que ese tipo de mujer sea «alabada por todos». En algunas culturas, familias, y algunos círculos sociales, no se alaba mucho a la gente, sea hombre o mujer. Se guarda el silencio, y se rompe el silencio solamente cuando alguien fracasa en algo. Eso no es la manera bíblica ni cristiana: debemos de consolarnos unos a los otros y a honrar a los que merecen el honor. En Proverbios, se alaba especialmente la mujer activa, diligente, inteligente, y sabia. No es cosa de mujer pasiva o callada. Es cosa de una mujer muy activa y productiva que tiene ámbito para sus talentos prodigiosos.

En la epístola, san Pablo acaba diciendo que nos mantegamos «despiertos y vivamos sobriamente». Quiere decir, todos debemos ser tan diligentes como la mujer que merece la alabanza en Proverbios. La cristiandad no llama a nadie a ser pasivo: eso es típico de las religiones orientales, no de la de nosotros. El cristianismo pone como modelo a la persona práctica y prudente que aprovecha las oportunidades para hacer el bien.

En el Evangelio, Jesús cuenta la famosa parábola de los servidores que explotaron en diferentes maneras al dinero que se le encargó. El único servidor condenado en la parábola es el perezoso que hizo nada con lo que se le había encargado. Otra vez, vemos que el cristiano está obligado a ser diligente. Pero no podemos dejarlo así en una manera tan indeterminada. ¿Diligente para qué? No es diligencia para la vanidad (como nos advierte la lectura de Proverbios), no es diligencia para la seguridad falsa del materialismo (como nos advierte implícitamente san Pablo), y no es tampoco la diligencia falsa del servidor que por resentimiento y miedo busca una falsa seguridad en no arriesgarse (como nos cuenta el Evangelio). Es una diligencia sobria que sabe que lo más importante es el Señor quien nos hizo y quien nos mantiene vivo momento tras momento, el mismo Señor que aparece en la parábola y que vendrá otra vez a este mundo.

6.11.05

Trigésima Segunda Semana del T.O.: Sabiduría 6:12-16; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13

La lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda cuando Jesús en partes del Evangelio le dice a sus discípulos que oren sin cesar y que lo que ruegan y buscan lo encontrarán (Mateo 7:7-11 y Lucas 11:9-13). La lectura del Viejo Testamento de hoy nos dice que la sabiduría «se deja encontrar por quienes la buscan» y que a encontrarla quedaremos «libre de preocupaciones».

Sabemos que esa sabiduría se encuentra plenamente en Jesús. En el Evangelio de hoy Jesús cuenta la parábola de las diez jóvenes esperando la llegada del esposo. Y nos advierta que estemos preparados para la llegada del esposo porque no sabemos «ni el día ni la hora». Jesús es Sabiduría y nos da sabiduría con este consejo urgente: esten preparados para la llegada del esposo. El Esposo es el mismo Jesús y el banquete de bodas se celebrará cuando Jesús mismo vuelva otra vez. En ese banquete si estaremos completamente libre de preocupaciones como prometió el libro de la Sabiduría.

Tenemos que escuchar y «darle la primacía en los pensamientos»--como aconseja la lectura del Viejo Testamento--a este consejo de Jesús. Jesús se acerca a cada uno de nosotros y vendrá para cada uno de nosotros muy personalmente en el día y en la hora de nuestra muerte. Y como nos damos cuenta, no sabemos ni el día ni la hora de nuestra muerte. Por eso el consejo de Jesús es, como también se dice en la primera lectura, «prudencia consumada». Además Jesús vendrá a juzgar y transformar el mundo entero en su segunda venida cuando todo quedará renovado, cielo y tierra. Obviamente, a los que les toque estar vivos en ese momento tendrán que estar preparados.

En su primera carta a los tesalonicenses, san Pablo repite esta enseñanza de Jesús. En cierto modo, las palabras de Pablo son un comentario inspirado sobre esta parábola de Jesús. San Pablo le asegura a los tesalonicenses que los difuntos tendrán su encuentro con Jesús igual que los que esten vivos en el momento cuando Jesús venga a juzgar al mundo entero. Los difuntos «resucitarán primero». En esa resurrección, se completa la promesa del Viejo Testamento que finalmente quedaremos libres de toda preocupación, especialmente la preocupación más terrible, la preocupación sobre la muerte que nos espera. Esa era la preocupación de los tesalonicenses y es también la de nosotros.

30.10.05

Trigésimo Primero Domingo del T.O.: Malaquías 1:14-2:2, 8-10; 1 Tesalonicenses 2:7-9, 13; Mateo 23:1-12

El tema de hoy es una advertencia a los jefes religiosos y sobre la actitud de los creyentes a tales personas. Quiero apuntar tres asuntos en considerar estas lecturas: 1) tenemos que desafortunadamente pensar sobre los escándalos sexuales que se han manifestado entre los sacerdotes católicos en los EE.UU.-- no se puede evitar tal reflección penosa; 2.) debemos también atender a los jefes religiosos de varias denominaciones y sectas que han cambiado las enseñanzas tradicionales del cristianismo en lo moral y en la teología más fundamental; y 3.) tenemos que pensar en el mensaje específico de la lectura evangélica de hoy.

Los escándolos en los Estados Unidos se prestan mucho a la lectura del profeta Malaquías que ataca a la corrupción de los sacerdotes del Viejo Testamento que «se han apartado del camino» y han traicionado a sus hermanos. Los sacerdotes que han violado a los jóvenes en los EE.UU. y en otros países claramente se han apartado del camino de Dios y han traicionado a sus hermanos en el sacerdocio y a sus hermanos laicos. Y en la lectura vemos la maldición de Dios sobre ellos: se han hecho «despreciables y viles ante todo el pueblo». Por eso vemos ahora las reformas urgentes en los seminarios del nuevo Papa Benedicto XVI.

Pero tenemos que también ver muy claramente la corrupción de los jefes religiosos en muchas denominaciones protestantes que han llegado al punto de ignorar totalmente las enseñanzas morales que se ven muy claramente en las Escrituras. Por un solo ejemplo, consideramos el movimiento entre algunas denominaciones liberales del protestantismo norteamericano para anunciar la gran mentira que la vida activa homosexual pueder ser algo aceptable al cristianismo. San Pablo nos dice que él predicó a los tesalonicenses la «palabra de Dios». Estos jefes liberales del protestantismo norteamericano estan, en contraste, predicando la palabra mentirosa del diablo, el padre de las mentiras. La advertencia en Malaquías incluye a estos.

Finalmente, llegamos a la lectura de Mateo en cual Jesús reconoce la autoridad de los que se sientan en «la cátedra de Moisés» pero les advierte a los creyentes de no imitar las obras de esos jefes. Es interesante que Jesús se refiere especificadamente a la «cátedra de Moisés». En esa referencia se ve el origen de la noción católica de la autoridad del obispo cristiano que tiene su cátedra o asiento de autoridad literalmente en su catedral y además de la autoridad del papa cuando habla, como se dice en latín, ex catedra, con autoridad infalible. Hay continuidad entre las estructuras de la antigua Israel y las de la Iglesia, la Nueva Israel.

También tenemos que notar que Jesús les dice a sus oyentes que no llamen a ninguna persona ni padre ni maestro porque solo Dios es nuestro Padre y Maestro. Es una ironía que algunos protestantes usan estas palabras para criticar a los católicos y a otros cristianos que llaman a sus sacerdotes «padre». Es irónico porque los mismos protestantes que hacen tal crítica se acostumbran a llamar a sus pastores «maestros» hasta con el título universitario de «doctor», que quiere decir nada más que maestro en su sentido original que proviene del latín. Parece que ignoran los versos que no le convienen.

Y además podemos apuntar que el mismo san Pablo se refiere a sí mismo como el padre espiritual de Timoteo, su hijo en la fe (1 Timoteo 1:2; compare 1 corintios 4:15). También en la misma carta leída hoy de 1 tesalonicenses, Pablo se refiere a sí mismo como padre de los tesalonicenses (2:11-12). Estas referencias bíblicas nos indican que la polémica contra llamar a los sacerdotes «padre» no tiene fundación. Lo que Jesús actualmente proclama, en el contexto de su ministerio público, es que ahora el pueblo de Israel tiene que reconocer que el guía nuevo y definitivo es «solamente Cristo», el Mesías que viene a ser el «servidor» humilde del pueblo. Estas palabras de Jesús son una declaración mesiánica para llamarle la atención dramáticamente a los judíos que aquí está el Mesías que han esperado y que representa al Padre y que es, por eso, el maestro y guía definitivo. Este ejemplo particular de interpretación nos recuerda que atender al contexto bíblico completo de un pasaje específico es esencial en entender la Biblia.

Y ese es el mensajo del Evangelio de hoy: solo Jesús es el Guía. El papa, los obispos, y los sacerdotes son los instrumentos representativos de Jesús del cual viene toda autoridad y verdad. Por eso san Pablo, el padre espiritual de los tesalonicenses, les recuerda a los tesalonicences que les predico no «palabra humana» de un mero maestro, guía, o padre humano, sino la «palabra de Dios».

23.10.05

Trigésimo Domingo del T.O.: Éxodo 22:20-26; 1 Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40

Un tema que se puede encontrar, entre muchos otros temas, en la riqueza de las lecturas de hoy es el tema de la objetividad del bien de las otras personas. En Éxodo, vemos el principio fundamental: no explotes al vulnerable--la viuda, el húerfano, el extranjero, al que le prestas dinero. En la carta paulina, vemos a san Pablo declarar claramente a los tesalonicenses: «Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su bien».

Este tema de actuar para el bien del otro y de no explotar al otro se resume en la lectura evangélica cuando Jesús nos propone los dos mandamientos en que se fundan la ley y los profetas. Existe Dios, la perfección total de la verdad, lo bueno, y lo bello. No es cosa de sentimiento o emoción. Existe objetivamente el único que es Bueno. Y a ese le debemos todo sin excepción: desearlo con todo corazón--quiere decir con todas nuestras intenciones y decisiones más fundamentales, y con toda alma, y con toda mente. Nota que no se excluye la intelectualidad. El cristianismo no es algo anti-intelectual. No podemos abandonar nuestra mente. Dios es la verdad y la sabiduría. Nos llama en forma completamente y totalmente humana: emocionalmente, psycológicamente, e intelectualmente. Nada humano queda afuera.

Entonces viene el otro mandamiento que también se basa en la objetividad, no en el mero sentimiento. Amar al «prójimo como a ti mismo». Cuando una persona se ama a si mismo, busca su bien objetivamente. Es verdad que en muchos casos los defectos psicológicos, la concupiscencia, y la ignorancia nos lleva a dañarnos, pero siempre intentamos buscar lo que creemos ser objetivamente nuestro bien.

Ese criterio ahora se tiene que aplicar a las otras personas. El varón con este criterio no se propone a seducir a la mujer, sino a proponerle la dignidad del matrimonio o la dignidad de la amistad honorable. Los padres no buscan la aprobación de sus hijos, sino asegurar un futuro de verdadera felicidad. Los hermanos mayores se interesan en proteger a sus hermanos menores. El profesor no abusa de sus estudiantes, sino se esfuerza para comunicar efectivamente lo que se ha comprometido a enseñar. El comerciante, el trabajador, el labrador, y el profesional se dedican a servir con calidad sin explotación ninguna. Es un criterio con objetividad que se basa en la existencia verdadera de Dios. Podemos mirar al bien de las otras personas porque creemos que existe Él que es perfectamente Bueno.

Por eso sabemos que en sociedades, familias, y en individuos donde se pierda la creencia en Dios encontramos la maldad sin límites. Se pierde la noción de la objetividad del bien. Entonces el único criterio que queda es el egoísmo y acabamos en comernos como fieras unos a los otros en el relativismo conveniente.

16.10.05

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 45:1, 4-6; 1 Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21

En el Evangelio, la simplicidad astuta de la respuesta de Jesús a sus enemigos todavía es asombrante tantos siglos y siglos después: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». En la lectura de Isaías, vemos que es Dios quien permite las conquistas de los reyes. La conquistas romanas se permitieron para tener un ambiente de paz, seguridad, y buenas carreteras en el mundo mediterráneo en cual se difundió rápidamente el evangelio que acabó en conquistar a los mismos conquistadores romanos. Pero no fue solamente cosa de paz, seguridad, y carreteras. Como nos dice san Pablo en la carta a los tesalonicenses, fue por medio del poder del Espíritu Santo, «que produjo en ustedes abundantes frutos».

Con ese panoramo, volvemos a la famosa respuesta de Jesús: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Pero ahora nos damos cuenta que todo lo que tenga el César vino primero de Dios. En realidad, todo es de Dios. César es un mero producto de la providencia de Dios. Por eso, en fin, no hay conflicto entre pagar los impuestos a César y darle todo a Dios. Todo es de Dios-- hasta lo que le pertenece legítimamente al César.

9.10.05

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14, 19-20; Mateo 22:1-4

Hoy quiero comentar sobre el tema de la cooperación con la voluntad de Dios. Somos libres en el sentido que podemos cooperar o rechazar a Dios. Todo lo que pasa en el mundo no es por mano de Dios. La maldad viene de nuestro rechazo de la voluntad de Dios en nuestras vidas y también viene por la influencia del diablo en este mundo. Dios permite la maldad porque nos hizo seres dignos de la libertad, pero Dios no es autor de lo malo. Por eso nuestra cooperación es tan importante. Para que se desenvuelva la voluntad de Dios para nosotros tenemos que cooperar.

En Isaías tenemos la fiesta que el Señor prepará para los que cooperan. Los invitados a la fiesta dicen «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara». Los que llegan a la gran fiesta esperaban en Dios por su salvación. ¿En quién o en qué esperamos nosotros para ser salvados? ¿Esperamos en el dinero o en la fama o en el prestigio? ¿Esperamos en una relación romántica? Los que llegan al banquete esperan en Dios para la salvación.

En su carta a los filipenses, san Pablo dice que el tiene fuerza, sea en pobreza o en abundancia, porque todo lo puede unido a Cristo que le da la fuerza. Pablo espera solamente en Cristo para sus necesidades.

En el Evangelio, tenemos la parábola de la boda del rey. No hubo la cooperación de los invitados. Quedaron indiferentes a una invitación real. Es asombrante, pero nosotros los humanos tenemos tremenda capacidad para ser indiferentes. A veces uno se tiene que quedar pasmado de como tantos son indiferentes a lo que les conviene, hasta cuando se le ofrece gratuitamente. Pero así es la cosa. ¿Porqué tanta indiferencia obstinada y obtusa? Creo que viene de la ilusión que no necesitamos a nada más o a nadie más. Es un tremendo error basado en el orgullo y la arrogancia de ser confiados en nosotros mismos. En verdad necesitamos siempre porque somos tan incompletos. Y él que nos completa es Jesucristo. Sin Cristo no podemos hacer en realidad nada que dure. No debemos rechazar la invitación del Rey.

Y la otra verdad que nos llama la atención en la parábola es que el Rey no mantiene la invitación por siempre. Llega un momento de decisión para todos; y si rechazamos la oportunidad, se invita a otros en nuestro lugar.

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14, 19-20; Mateo 22:1-4

Hoy quiero comentar sobre el tema de la cooperación con la voluntad de Dios. Somos libres en el sentido que podemos cooperar o rechazar a Dios. Todo lo que pasa en el mundo no es por mano de Dios. La maldad viene de nuestro rechazo de la voluntad de Dios en nuestras vidas y también viene por la influencia del diablo en este mundo. Dios permite la maldad porque nos hizo seres dignos de la libertad, pero Dios no es autor de lo malo. Por eso nuestra cooperación es tan importante. Para que se desenvuelva la voluntad de Dios para nosotros tenemos que cooperar.

En Isaías tenemos la fiesta que el Señor prepará para los que cooperan. Los invitados a la fiesta dicen «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara». Los que llegan a la gran fiesta esperaban en Dios por su salvación. ¿En quién o en qué esperamos nosotros para ser salvados? ¿Esperamos en el dinero o en la fama o en el prestigio? ¿Esperamos en una relación romántica? Los que llegan al banquete esperan en Dios para la salvación.

En su carta a los filipenses, san Pablo dice que el tiene fuerza, sea en pobreza o en abundancia, porque todo lo puede unido a Cristo que le da la fuerza. Pablo espera solamente en Cristo para sus necesidades.

En el Evangelio, tenemos la parábola de la boda del rey. No hubo la cooperación de los invitados. Quedaron indiferentes a una invitación real. Es asombrante, pero nosotros los humanos tenemos tremenda capacidad para ser indiferentes. A veces uno se tiene que quedar pasmado de como tantos son indiferentes a lo que les conviene, hasta cuando se le ofrece gratuitamente. Pero así es la cosa. ¿Porqué tanta indiferencia obstinada y obtusa? Creo que viene de la ilusión que no necesitamos a nada más o a nadie más. Es un tremendo error basado en el orgullo y la arrogancia de ser confiados en nosotros mismos. En verdad necesitamos siempre porque somos tan incompletos. Y él que nos completa es Jesucristo. Sin Cristo no podemos hacer en realidad nada que dure. No debemos rechazar la invitación del Rey.

Y la otra verdad que nos llama la atención de la parábola es que el Rey no mantiene la invitación por siempre. Llega un momento de decisión para todos; y si rechazamos la oportunidad, se invita a otros en nuestro lugar.

25.9.05

Vigésimo Septimo Domingo del T.O.: Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43

En el Evangelio, Jesús repite como parábola esencialmente (no exactamente) lo que se contiene en la lectura de Isaías. En Isaías, el dueño de la viña con la torre y el lagar decide destruirlo todo porque la viña no dio uvas buenas: dio solamente uvas agrias. Se condena al pueblo escogido porque muchos cometieron iniquidades. En la parábola de Jesús también tenemos una viña con una torre y con lagar que acaba en ser juzgada por Dios, pero esta vez no por razón de uvas agrias sino por razón que los viñadores mataron al hijo del dueño de la viña. Pero en fín, en ambas situaciones vino la condenación porque no se respetó a Dios el dueño de las dos viñas.

Aquí se habla del juicio y de la condenación de Dios. Hemos hecho en muchos casos de Jesús una figura de debilidad. Pero en el Evangelio vemos a un Jesús con autoridad que se tiene que respetar y temer porque anuncia el juicio de Dios a los hombres. Obviamente no es cosa de temer a algo malo sino de temer a lo que es perfectamente bueno que exige nuestro respeto, nuestra obediencia, y nuestra reverencia profunda. Jesús se tiene que respetar porque a la misma vez que es perfectamente bueno y compasivo es también omnipotente y exigente y rechaza lo malo. Jesús perdona pero también juzga.

Si queremos evitar ser uvas agrias y viñadores rebeldes, debemos de adaptar nuestras vidas al programa de vida descrita por san Pablo en la carta a los filipenses. El programa de vida del cristiano es presentar a toda necesidad y preoccupación a Dios en la oración con gratitud por todo, sea algo pasado, presente, o futuro. Y se nos promete que ese programa de vida nos quitará la inquietud y nos dará paz en esta vida. Para abandonarnos asi a Dios tenemos que reconocer que la paz de Dios sobrepasa toda nuestra inteligencia. Muchas cosas que nos pasan no entendemos, pero en la entrega total a Dios tendremos la paz. No se tiene que entender todo para recibir la paz de Dios en esta vida. Con fe en la providencia de Dios, seremos uvas buenas y viñadores obedientes al dueño de la viña.

18.9.05

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32

Tenemos que alegrarnos que Dios perdona a los pecadores que han destruido a sus proprias vidas precisamente porque somos nosotros esos mismos pecadores. La justicia de Dios no se puede separar de su misericordia. Por eso en Ezequiel se conecta intimamente la contrición con la justicia de Dios. Con la conversión viene la justicia misericordiosa. Pero sin arrepentirse quedamos condenados por nuestra propia mano.

Pablo le escribe a los filipenses como Jesús se humilló para salvarnos. Esta lectura se tiene que leer repetidamente para entrarla en lo fondo. Nosotros tenemos que abandonar el orgullo, la ilusión, que sabemos aparte de Dios como vivir la vida. Tenemos que admitir nuestra ignorancia y pedir perdon a Dios y, si es práctico, a los que hemos dañado en nuestro egoísmo.

En el Evangelio, Jesús se lo dice en una manera alarmante a los que están satisfechos: los peores que se arrepientan se han adelantado. Por eso el sacramento de la confesión es tan esencial. Tenemos que humillarnos y admitir que no somos tan perfectos, tan sabios, y tan buenos como pensamos. Esa complacencia es una ridiculez. Tenemos que alarmarnos para conocer la verdad: necesitamos que confesarnos regularmente para seguir saliendo del egoísmo y la ilusión de ser tan buenos. Noten bien que la confesión sacramental es una alarma evangélica.

11.9.05

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24, 27; Mateo 20:1-6

Dios dice en Isaías que sus pensamientos no son nuestros y que sus caminos no son nuestros. También dice que como los cielos aventajan a la tierra, así aventajan sus caminos a los caminos de nosotros. Tenemos que reconocer que en la vida hay mucho que no entendemos. Por la gracia de Dios, es posible entender más y más los acontecimientos de la vida. Pero a veces esa comprensión viene después que pasa cierto tiempo, sea largo o corto. Y a veces no vamos a entender hasta que hemos muerto y veamos a Dios cara a cara.

San Pablo mismo admite que no sabe si debe de elegir morir para estar con Cristo o seguir viviendo para el beneficio de los filipenses. ¡Pablo, tan cerca al Señor, no sabe que elegir o desear! No es sorpresa que nosotros también no sabemos que pensar sobre nuestras vidas. Pero Pablo no se queda ansioso o miedoso. Pabla sabe que sea por su vida o por su muerte, «Cristo sera glorificado en mí».

En el Evangelio, Jesús explica la parábola del propietario que le pagó la misma cantidad de dinero a los trabajadores más recientes que trabajaron poco tiempo que le dió a los trabajadores que trabajaron el día entero. Otra sorpresa de Dios. Dios no se lleva por lo que nosotros creemos necesario. Dios en su misercordia, favor, y bondad es generoso en una manera a veces inexplicable a los humanos.

El impacto de estas lecturas es llamarnos a la humildad intelectual: entendemos poco y muchas veces entendemos mal. Nuestro Dios es un Dios de sorpresas en las vidas de los individuos. No es un Dios que se puede controlar o manipular. La vida es una verdadera aventura, y él que dirige la aventura es Dios.

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Eclesiástico 27:33-28, 9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

Estas lecturas hablan del perdón. Hemos oído en nuestras vidas muchos sermones sobre el perdón. Vamos a leer con cuidado para encontrar si hay algo nuevo que Dios nos quiere decir. En la lectura de Eclesiástico (también conocido como el libro de Sirácide), el perdón del prójimo es el hecho necesario y práctico: si pedimos perdón a Dios y a nuestros compañeros por nuestros pecados, tenemos que dar el mismo perdón. Para mantener una relación con Dios, tenemos que perdonar a otros precisamente porque la única base de nuestra relación con Dios es el perdón de Dios hacia nosotros. Para recibir perdón (algo que tenemos que recibir por necesidad humana) tenemos que dar perdón.

¿Y para que hacer todo esto? Porque, como dice Pablo en la segunda lectura, vivimos y morimos para el Señor. El egoísmo no puede perdonar. Se ancla en el orgullo o en la venganza. Pero si reconocemos que existimos no para nosotros sino para Dios, entonces si podemos perdonar ofensas personales. Reconocemos que la ofensa personal no importa; lo que importa es vivir la vocación que Dios nos ha dado. Eso es lo importante. La venganza se rechaza no porque el que ofende no se la merece pero porque nosotros tenemos asuntos mucho más importantes para enfrentar en nuestras vidas.

Pero también es verdad que el perdón no es idealmente algo sin ciertas condiciones. En la parábola que Jesús nos cuenta en el Evangelio los que fueron perdonados primero suplicaron por el perdón y reconocían a la misma vez que tenían la obligación de pagar sus deudas. No es asunto de recibir el perdón sin tener que pedirlo y sin tener que tratar de corregir los efectos de nuestros hechos. Él que quiere ser perdonado, sea por Dios o por el prójimo, tiene que arrepentirse y anunciar un cambio de conducta. Para ser perdonado tenemos que convertirnos.

A la misma vez, Cristo desde la cruz perdonó a sus enemigos porque ellos no sabían lo que hacían. En ciertas situaciones, él que nos ofende ni pide y ni quiere el perdón: ni reconoce que lo que ha hecho es algo malo. En tal casos, perdonamos por medio de no guardar el rencor. Pero él que ofende y no se se quiere arrenpentir es él que pierde la oportunidad de conversión. Pero él que perdona hasta el prójimo que no pide el perdón queda libre para vivir la vocación suya manifestada en la vida y la misión que recibe de Cristo.

4.9.05

Vigésimo Tercero Domingo del T.O.: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20

¿Qué es el amor al prójimo? ¿Es ganar la aprobación del prójimo? ¿Es complacer y satisfacer al prójimo? Sabemos por la luz natural de la razón que no puede ser así. Y las Escrituras enseñan lo mismo. En Ezequiel, leemos que Dios dice que el profeta tiene que amonestar y informar al prójimo del mal camino, o el profeta mismo pagará con su propria vida. En el Evangelio, Jesucristo le da a sus discípulos un proceso de corregir al hermano: primero a solas, despúes con testigos, y finalmente por medio de la comunidad entera. No es asunto de complacer al hermano que cae en error. Es asunto de corregir. Y si el hermano no escucha y no acepta la corrección hay que apartarse del hermano como si fuera pagano o publicano para que el hermano se de cuenta de su situación.

San Pablo escribe que no debemos de tener deuda ninguna más que la deuda del amor mutuo. Ese amor mutuo resume a los mandamientos. Nota que Pablo menciona el mandamiento de no dar falso testimonio. El amor mutuo requiere no dar falso testimonio. Dicho positivamente, el mandamiento de no dar falso testimonio es un mandamiento de comunicar la verdad. El amor no existe aparte de la verdad porque la verdad es necesaria para hacerle bien a cualquier persona, y el amor es cosa de hacerle el bien con objetividad al otro. Padres no deben quedarse mudos cuando ven a sus hijos asociando con gente de mal carácter o contemplando matrimonio con alguien que no le conviene. Amigos no se pueden quedar mudos cuando ven a sus amigos en el peligro moral. El amor requiere el riesgo de ser rechazado por el amado. El que pierde su vida por Cristo la encontrará.

A veces tenemos que abandonar prudentemente y con cuidado la cortesía y la diplomacia que imuniza al prójimo de la verdad. Amar es avanzar el bien verdadero del otro. No se puede sustituir por ese amor auténtico el deseo egoísta de ser popular con el otro o aprobado por el otro.

28.8.05

Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27

Vemos un panorama de conflicto en las lecturas de hoy. Es un conflicto, se puede decir, entre el instinto natural y prudente de protegerse a si mismo y la llamada del Señor que nos pone en peligro y riesgo. El profeta Jeremías expresa en una manera inolvidable la tensión psicológica. Por una parte tememos ser objeto de burla, pero por otra parte la verdad de la palabra de Dios nos urge a proclamarla. En fin, la burla no importa porque la verdad es tan fuerte que gana.

En el Evangelio, Jesús nos da el secreto de la vida, el secreto que puede resolver la tensión psicológica entre el instinto de preservarse y la llamada radical de Dios. Jesús nos dice que la persona que pierde la vida por Él es precisamente quien la encontrará. San Pablo elabora lo que el Señor nos enseña cuando Pablo nos urge a transformar nuestra manera de pensar para poder distinguir la voluntad de Dios para nuestras vidas. Todo acaba en el abandono total a Dios, un abandono que confía que el Dios que es amor, agape, exige solamente nuestro bien auténtico. Por eso estamos dispuestos a entregarnos a Dios hasta cuando tenemos miedo de las consecuencias.

21.8.05

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20

Hoy se habla del primado de Pedro como líder de la Iglesia universal. En el Evangelio, Jesús claramente celebra la fe de Pedro quien lo confesó como Hijo del Dios viviente. Pero también Jesús claramente apunta a Pedro como el centro de autoridad en la Iglesia. Jesús le da a Pedro «las llaves del Reino de los Cielos». Pero dice más, mucho más: «y lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos».

Esto de atar y desatar es la manera judía de describir la autoridad. Jesús le da autoridad a Pedro. En la lectura de Isaías vemos esa misma manera judía de hablar de la autoridad dada por Dios a su delegado humano:

«Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá» (Is. 22:22).

No hay duda: Jesús le da especialmente a Pedro la autoridad de pastor universal. Las Escrituras en otros lugares confirman esta prioridad autoritaria de Pedro. El obispo de Roma de hoy ejerce su autoridad como succesor del mismo Pedro por medio del mandato directo de Jesús. Por eso vemos en las comunidades protestantes la confusión de doctrina y hasta de enseñanza moral: no tienen el succesor de Pedro. Hasta en las iglesias ortodoxas orientales vemos la falta de claridad en ciertos temas morales que amenazan al cristianismo--temas como las controversias sobre la contracepción. Esa falta de claridad autoritaria surge de no tener al succesor de Pedro.

En Isaías se habla de los «insondables . . . designios e inscrutables . . . caminos» de Dios. En la autoridad del succesor de Pedro, del Papa, vemos el designio insondable y camino inscrutable de Dios que escogió a un hombre débil como Pedro para fundar el centro de autoridad en la Iglesia de Dios. Los protestantes rechazan este designio; los ortodoxos orientales lo temen y se han acostumbrado a vivir aparte de esta institución. Pero el primado del obispo de Roma no es idea o costumbre o designio o camino de origen humano: viene de la boca misma de Jesucristo.

14.8.05

Vigésimo Domingo del T.O.: Isaías 56:1, 6-7; Romanos 11:13-15, 29-32; Mateo 15:21-28

Un tema obvio de las lecturas de hoy es que el reino de Dios incluye, como dice Isaías, a «todos los pueblos». Se ve este tema cuando Pablo nos habla de la «reconciliación para el mundo», y Jesús en el Evangelio alaba la fe grande y sorprendente de la mujer cananea.

Pero quiero hablar más de un aspecto particular de este tema: como Dios mismo nos sorprende en su providencia. San Pablo habla de como los paganos, los gentiles, que eran los rebeldes contra Dios, alcanzaron la misericordia de Dios. En un mundo pagano profundamente corrupto, Dios encontró a su pueblo. Hoy lo sigue haciendo en las vidas de individuos, familias, y pueblos. Nosotros en nuestro pesimismo humano no vemos las posibilidades en cierta gente y en ciertas situaciones. No las vemos porque no miramos con la perspectiva de Dios. De lo mas malo--y hay mucho que es muy malo en el mundo, Dios puede sacar una bondad completamente opuesta a lo esperado. El favor, la gracia, de Dios puede hacer todo, aunque nosotros no veamos manera posible. Que nosotros no veamos posibilidad de conversión no es importante. Lo importante es saber que Dios lo puede hacer todo y está lleno de sorpresas que arrebatan nuestras expectaciones.

7.8.05

Decimonoveno Domingo del T.O.: Reyes 19:9, 11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33

San Pablo escribe unas palabras muy sorprendentes en la carta a los romanos. Escribe que tiene «una infinita tristeza y un dolor incesante» que hasta «tortura» su corazón. Y después hasta dice que «aceptaría» verse «separado de Cristo». Esa tristeza, esa tortura emocional, y eso de aceptar hasta la separación de Cristo es todo por el hecho que los israelitas, su pueblo, han rechazado al Cristo, el Mesías.

Como Pablo, nosotros los cristianos no podemos contemplar a los judíos como simplemente otra religión mundial, otro pueblo entre muchos pueblos. La religión judía es una verdadera religión: incompleta pero verdadera. Por eso, tenemos como cristianos un lazo especial con los judíos de nuestro día. Por medio de ellos, vino y viene nuestra salvación. Como escribe Pablo, «de su raza, según la carne, nació Cristo». El cristiano favorece a los judíos.

¿Y por qué? Porque Dios se manifestó a ellos. La lectura de Reyes nos da una instancia de una epifanía del Señor--esta vez al profeta Elías. Jesús sería otro Elías que sobrepasaría la manifestación de Dios dada a los profetas con la sorprendente encarnación de Dios en la humanidad de Jesús.

En el Evangelio, Jesús camina sobre el agua y les dice a los discípulos aterrorizados: «Tranquilícense y no teman. Soy yo» (Mt 14:27). Esa frase «Soy yo» en el griego original es simplemente la frase «Yo Soy» (en el griego «ego eimi»). «Yo Soy» es el nombre de Dios, el nombre revelado a Moisés (Éxodo 3:14). Jesús es el mismo Dios de los patriarcas, de Moisés, y de los profetas. Por eso, siempre seremos espiritualmente judíos, como dijo el Papa Pio XII.

31.7.05

Decimoctavo Domingo del T.O.: Isaías 55:1-3;Romanos 8:35, 37-39; Mateo 14:13-21

Vamos hablar del coraje. El profeta Isaías afirma que Dios es la fuente que satisfecha todas nuestras necesidades y todos nuestros deseos. El cristianismo no es cosa de negar los deseos naturales sino de dar la satisfacción verdadera, sana, y permanente a los deseos naturales. Solo en Dios se encuentra la satisfacción de todos los deseos naturales. En Romanos, san Pablo afirma que nada nos puede separar del amor de Cristo. El amor de Cristo es la garantía que la providencia y misericordia de Dios nos dará todo lo mejor y toda satisfacción. Si murió por nosotros, como no va a darnos todo lo demás. Pablo vivió esa convicción cuando enfrentaba las persecuciones que culminaron en su juicio fatal en Roma.

En el Evangelio, vemos el coraje de Jesús mismo después de la muerte de san Juan el Bautista por medio de la maldad del rey Herodes. Jesús primero se dirigió «a un lugar apartado y solitario» después de la muerte de Juan el Bautista. Seguramente entró en oración con su Padre. Esa oración le dió todo lo que necesitaba para ir adelante. Sabía que nada, absolutamente nada, lo podía separar del amor de su Padre. Y siguió adelente y fue a la muchedumbre. Curó a los enfermos y multiplicó los panes y los pescados.

La reacción del miedo tras la muerte de Juan el Bautista hubiera sido retirarse del ministerio. La cautela hubiera aconsejado ya terminar con un ministerio público como el de Juan el Bautista que acabó en encarcelamiento y ejecución. Pero Jesús no quizo ir atrás. Siguió adelante porque sabía que el Padre lo iba a vindicar. Esa vindicación fue la Resurrección de su cuerpo, una resurrección indicada indirectamente por las palabras del mismo Herodes (compare Mateo 14:1-2).

24.7.05

Decimoséptimo Domingo del T.O.: Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46

Salomón le pidió a Dios solamente la «sabiduría de corazón» y no larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos. Por eso, Dios le dió la sabiduría y además lo que no había pedido: gloria y riqueza en abundancia. Como en las parábolas del tesoro y de la perla en el Evangelio de hoy, Salomón sabía lo que valía mas que nada: la sabiduría que procede de Dios. Nosotros también, especialmente después de tener experiencia de la vida, conocemos la desilusión que traen las cosas separadas y aparte de Dios, cosas como las riquezas o la gloria o hasta la destrucción vacía de nuestros enemigos. Todo eso no es suficiente para el corazón. El corazón humano necesita la sabiduría de corazón que solamente procede de Dios para ser satisfecho.

Y, si perseguimos esa sabiduría de Dios, además recibiremos todo lo que necesitamos como lo recibió Salomón. Por eso, san Pablo dice en la lectura de hoy «que todo contribuye para bien de los que aman a Dios». Los que escogen amar a Dios y poner en el primer plano la sabiduría de corazón que solamente Dios puede dar--como hizo Salomón y los que encontraron el tesoro y la perla en las parábolas de Jesús--serán bienaventurados abundantemente en todas las circunstancias de la vida.

17.7.05

Decimosexto Domingo del T.O.: Sabiduría 12:13, 16-19;Romanos 8:26-27;Mateo 13:24-43

Tenemos que detenernos en el Evangelio de hoy, con la parábola de la cizaña y el trigo. Sabemos que el dueño les dice a sus trabajadores que dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha para evitar que arranquen el trigo con la cizaña. El uso de la palabra «cizaña» en el castellano nos llama la atención. A veces algunos decimos que tal persona ha dicho o nos ha tirado una cizaña, queriendo decir por esta expresión que alguien nos quiere insultar o provocar. Jesús explica que la cizaña en la parábola son los partidarios del maligno, del diablo. Los que crean un ambiente de ira sin justificación, de provocación innecesaria, de desacuerdo inútil entre los ciudadanos del Reino (el trigo) actúan como agentes del diablo. Son la cizaña que crea caos entre el trigo.

Esta provocación por los partidarios del diablo es una realidad que tenemos que enfrentar hasta el fin del mundo, no solamente dentro de la Iglesia pero en todo el campo que es el mundo entero. ¿Cómo podemos responder a la cizaña sin arrancarla?

La lectura del Viejo Testamento habla de la justicia de Dios, el Dios que tiene el poder y lo usa cuando quiere usarlo. Este Dios cuida «de todas las cosas». Juzga con misericordia pero también castiga a los que lo desafían. Dios se preocupará de la cizaña. ¿Qué entonces hacemos nosotros? San Pablo nos indica: orar en nuestra debilidad por medio del poder del Espíritu Santo. Pedimos ayuda contra la cizaña. Esa oración por medio del Espíritu ruega «conforme a la voluntad de Dios». Entonces no es cosa de nosotros arrancar la cizaña a la manera que nos parece conveniente. Es cosa de por medio de la oración buscar la voluntad de Dios hasta el fin del mundo.

10.7.05

Decimoquinto Domingo del T.O.: Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23

En Isaías se habla hoy de la eficacia de la Palabra de Dios. Jesús mismo en el Evangelio cita en detalle las palabras de otra profecía de Isaías: Jesús, la Palabra de Dios, conocía muy bien a las Escrituras. En ese conocimiento bíblico de Jesús, vemos la grandeza de las Escrituras: tenemos en nuestras manos la Palabra de Dios. Se encuentra la Biblia en muchas traducciónes, hasta en traducciónes que se concentran en usar palabras eminentemente claras para que todos puedan entenderlas. Oimos las Escrituras leídas en cada misa, diaria y dominical. Hasta en el «internet», tenemos la Biblia en varias traducciónes e idiomas. Y Dios garantiza que esta Palabra es eficaz.

En el Evangelio, tenemos la parábola del sembrador que es bien conocida y que hasta viene con la explicación del mismo Jesús. Es bueno meditar en las diferentes semillas que cayeron en diferente tipo de tierra pensando en las diferentes etapas de nuestras propias vidas.

Recordamos la etapa cuando la semilla de la Palabra de Dios vino, pero no la entendimos porque nadie la explicó o porque nosotros mismos no quisimos averiguarla. Recordamos tal vez otra etapa de nuestras vidas cuando aceptamos la Palabra con alegría pero por causa de nuestra inconstancia no llegó ha echar raíces. Recordamos cuando la Palabra cayó entre nuestras preocupaciones, nuestras ansiedades, y las seducciónes que la sofocaron. Y también podemos recordar la época de nuestra conversión cuando la Palabra cayó en tierra buena y dió fruto en abundancia. O tal vez todavía esperamos ese momento de conversión.

En la misma vida de la misma persona, hay diferentes etapas con diferente tipos de tierra. La etapa de la «tierra buena» es la etapa cuando reconocemos la eficacia de la Palabra de Dios y cuando con urgencia leemos las Escrituras. Y si leemos las Escrituras con esa urgencia necesaria para entender y con el auténtico reconocimiento que la Palabra de Dios es lo que solamente nos da vida, seremos «tierra buena» que da fruto.

Y entonces empieza la gestación de nuestra gloria al cual se refiere hoy san Pablo. La conversión es un proceso continuo. En ese proceso sufrimos «dolores de parto» hasta «que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo» que se completará en la resurrección del cuerpo en la nueva creación que surgirá cuando vuelva el Sembrador.

3.7.05

Decimocuarto Domingo del T.O.: Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9, 11-13; Mateo 11:25-30

¡Qué buena traducción tenemos en la versión castellano (aprobada por la Conferencia Episcopal Mexicana) de la lectura de romanos! En está traducción no se habla, como en íngles, de vivir «according to the flesh/en acuerdo con la carne», que muchas veces se mal entiende como una condenación del cuerpo. Al contrario, san Pablo condena un modo de vida que es, como dice la traducción castellano, «conforme al desorden egoísta». San Pablo no tiene interés en condenar el cuerpo, el cuerpo que será hecho nuevo y transformado en la resurrección. Lo que condena es lo que controla el cuerpo sin el Espíritu Santo: el egoísmo.

El Espíritu nos libra del desorden egoísta--una liberación imposible por medio de nuestros propios esfuerzos. Hasta hoy en día la cultura popular y hasta de muchos de los supuestos sabios e inteligentes proclama, sin vergüenza, que lo normal y deseado es precisamente el egoísmo. Por eso se ve lo que el Papa Benedicto llama la «dictadura del relativismo» en la moralidad moderna que rebaja todo a nuestros deseos egoístas.

Pero Pablo enseña la liberación del egoísmo que es un desorden, por medio del Espíritu Santo. Y, en el Evangelio, Jesús le da gracias al Padre por haber revelado esta liberación a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos. Precisamente Jesús nos llama a ser mansos y humildes de corazón: eso es nuestra condición normal y deseada, lo opuesto al egoísmo. Eso no quiere decir que debemos de ser débiles--todavía tenemos que cargar el yugo, pero es una empresa completamente diferente al proyecto del egoísmo. El yugo de Cristo es suave y su carga ligera porque el Espíritu nos da una fuerza sobrenatural.

El profeta Zacarías nos llama a la alegría porque viene el rey que nos dará la liberación. Nota que es un rey poderoso pero de una manera muy diferente: viene «humilde y montado en un burrito». El más poderoso es el humilde, que es opuesto al egoísta. Ya estaba anunciado en la Vieja Alianza la derrota del desorden egoísta que ha venido con Cristo.

26.6.05

Decimotercero Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:8-11, 14-16; Romanos 6:3-4, 8-11; Mateo 10:37-42

Es fácil ver el mensaje común de la lectura del libro segundo de los Reyes y la lectura del Evangelio de san Mateo: la persona que da la bienvenida, que acoge con gusto, que recibe con amabilidad a un profeta, a un justo, a un discípulo de Jesús recibirá recompensa de profeta y de justo. La mujer distinguida hizo todo para dar la bienvenida al profeta Eliseo. No tenía hijos y probablemente tenía en su corazón la esperanza que el profeta le pudiera dar un milagro. Aparentemente no le había comunicado esta esperanza directamente al profeta. Solo le había dado gran hospitalidad.

Es entonces la «mujer distinguida» un modelo para nosotros. Como se dice en el Evangelio, si nos abrimos al profeta, al justo, y al discípulo recibiremos todo lo que necesitamos. Primero viene la generosidad que es nada más que el amor cristiano, el agape generoso y sin egoísmo. El fruto de tal generosidad es que Dios nos da todo lo que necesitamos y todo por cual anhelamos. Así lo hizo la mujer mas distinguida de todas la mujeres: María. Y a María se le dio todo.

San Pablo trata el tema que si hemos muerto con Cristo también viviremos con Él en la resurrección que empieza ahora mismo y también se completa cuando nuestros cuerpos serán transformados a nuevos cuerpos que nunca morirán cuando se acaba este mundo presente. En el Evangelio, Jesús habla de la generosidad al profeta al mismo tiempo que enseña que hay que perder nuestras vidas para salvarlas.

En la generosidad, abandonamos el egoísmo y nos entregamos en total confianza a la voluntad de Dios: eso es perder nuestras vidas para salvarlas. La mujer distinguida no se encerró en la desolación de no tener hijos pero con confianza en Dios practicó la generosidad. Y así recibió la vida nueva representada por un hijo.


19.6.05

Duodécimo Domingo del T.O.: Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33

Vamos a estudiar el tema del escándalo que se encuentra en las lecturas de hoy. Los enemigos del profeta Jeremías quieren denunciarlo y espiaban sus pasos para ver si tropezaba y si se caía. Buscan el escándalo contra el profeta. Al notar esta amenaza, el profeta se pone plenamente, con confianza total, en las manos del «Señor de los ejércitos». Aquí podemos notar como se inicia el escándalo: la persona pierde fe en Dios y en su providencia. La persona, en alguna desesperación, busca una solución a su ansiedad, por ejemplo, como robar dinero o cometer un delito sexual. Y sus enemigos lo descubrirán con alegría.

En el Evangelio, Jesús repite la solución al escándalo precipitado por la ansiedad y la desesperación personal: «Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo». Tenemos que hacer un acto de abandono a la providencia de nuestro Dios, un Dios de misericordia y de providencia personal. En ese abandono diario, y hasta de cada hora, perdemos el miedo y la desesperación de buscar una solución en lo malo. Cuantos hubieran evitado tantos fracasos personales y escándalos personales si hubieron entregado todas sus ansiedades a Dios. Al desconfiar en Dios se destruyeron. Y por eso vemos muchos todavía recorriendo el mundo que son como fantasmas robados de la vida abundante por medio de los errores de la desesperación y la desconfianza.

¿Porqué pasa todo esto tantas veces? Como dice san Pablo, por un solo hombre, Adán, entró el pecado al mundo: un pecado, una herida, original que es la condicíon de todo lo humano. El realismo reconoce esa herida profunda e inevitable y sabe que tiene que buscar una solución que es tan profunda como la herida. Esa solución es «el don de un solo hombre, Jesucristo, [por cual] se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios».

12.6.05

Undécimo Domingo del T.O.: Éxodo 19:2-6; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36-10, 8

El amor de Dios es universal pero también muy particular. La lectura del Éxodo nos muestra Dios escogiendo un solo pueblo, un pueblo pequeño y sin importancia, como su «tesoro . . . aunque toda la tierra es mía». En el Evangelio, Jesús manda a los apóstoles en una misión inicialmente muy particular: solamente a «las ovejas perdidas de la casa de Israel».

Ahora todos de todas las naciones son «las ovejas perdidas de la casa de Israel». En Jesucristo, Dios ahora tiene como su tesoro a toda la tierra. El mismo amor muy particular a Israel--manifestado detalladamente en las páginas del Viejo Testamento-- se ha extendido a todos nosotros. San Pablo es el gran apóstol de estas buenas nuevas y proclama a los romanos que Cristo murió «por los pecadores en el tiempo señalado». El pecador es él que se cierra a la vida abundante y generosa que es el destino por cual fuimos creados. Todos estos, todos nosotros, ahora somos, sin distinción de raza o nación o lengua, el tesoro comprado por el cuerpo y la sangre de Cristo.

5.6.05

Décimo Domingo del T.O.: Oseas 6:3-6; Romanos 4:18-25; Mateo 9:9-13

Dios nos persigue. El profeta Oseas nos comunica que Dios manda sus profetas para azotarnos, para despertarnos, para conseguir conocimiento de Dios. En el Evangelio, Jesús llama a Mateo: «Sígueme». Mateo está preocupado en su trabajo rutinario que trata de impuestos y dinero. Jesús lo llama a un apostolado de grandeza y gloria sin comparación con lo que Mateo estaba acostumbrado. Dios nos persigue.

San Pablo nos muestra la fe dramática de Abraham quien creyó en las promesas fantásticas de Dios en medio de circunstancias negras sin promesa y sin esperanza. Abraham creyó y así empezó la historia de la salvación de Israel y de nosotros, una historia en cual Dios nos persigue. Pablo nos llama a creer como Abraham a base de la resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo es la llamada que surge por los siglos a cada uno de nosotros: «Sígueme». Como Cristo mismo llamó a Abraham (como Dios, Cristo ya existía), a Mateo, y a Pablo, hoy Cristo nos persigue con el hecho de su resurrección para mandarnos en nuestra misión apóstolica.

30.5.05

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Deuteronomio 8:2-3, 14-16; 1 Cor. 10:16-17; Juan 6:51-58

En esta fiesta vemos el núcleo del catolicismo. En Deuteronomio, Moisés presenta la experiencia de Israel en el desierto. Ahí aprendieron que todo depende de Dios, no en los propios esfuerzos y planes de la humanidad. Tuvieron que vivir del maná. Solo Dios pudo resolver las exigencias del desierto.

San Pablo describe el maná nuevo que ahora nos une con Dios mismo: unidos a Cristo por medio de su sangre y de su cuerpo en vino y pan. Pablo también enseña que la unidad de los cristianos surge de compartir de este mismo pan. No podemos nosotros unirnos a Dios por medio de meros esfuerzos humanos. No podemos conseguir la unidad por medio de meras discusiones y actividades humanas. La unión profunda con Dios y con vecino viene solamente del mismo pan que comemos, el pan que es el cuerpo verdadero de Cristo.

En el Evangelio, Cristo lo dijo primero: para tener vida tenemos que recibir y comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo. Estos son dichos claves para el Catolicismo. El protestantismo no sabe que hacer con estas palabras tan claras y escandalosas de Jesucristo. Por eso tratan de transformar estas palabras en un sentido puramente intelectual en cual la fe del hombre lo consigue todo. Pero esto es, irónicamente, una concepción de fe como algo logrado por el hombre por sus propios esfuerzos, en contraste con la retórica protestante. La verdad es que la fe que salva, la única fe que de veras depende solamente en la gracia total de Dios es la fe eucarística que recibe a Cristo en el pan y el vino hecho cuerpo y sangre. Esa fe eucarística es la fe que depende totalmente en el favor y el don de Dios por la salvación--el mismo tipo de fe que se mostró con Israel en el desierto por cuarenta años.

22.5.05

La Santísima Trinidad: Éxodo 34:4-6, 8-9; 2 Corintios 13:11-14; Juan 3:16-18

En el Viejo Testamento, el Señor se hace presente y toma Israel como su pueblo. El Señor se identifica como compasivo, clemente, misericordioso, y fiel. Ya vemos la anticipación de la Encarnación descrita en el Evangelio de hoy: como ese mismo Dios compasivo tanto amó al mundo que entregó a su Hijo para salvar al mundo. No es cosa simplemente del creyente humano como sumiso a un Dios todopoderoso: es en realidad cosa de un creyente respondiendo al amor perfecto que nos da vida en abundancia. Es una invitación a todos a entrar en el amor que existe entre las personas de la Santa Trinidad como escribe san Pablo en la otra lectura de hoy: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes». Eso es la invitación a cada uno de nosotros: que entremos en la comuníon de la Trinidad. Y entrando en ese comunio [en latín], en esa koinonia [en griego], es también entrar en comunión con todos los otros creyentes que hacen lo mismo. Así lo tendremos todo en abundancia sin falta de nada.

15.5.05

Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

El Espíritu Santo cayó en los discípulos en Pentecostés. En el medio de ellos, estuvo la primera que muchos años anterior había tenido la experiencia más intima del Espíritu Santo concedida a un mero ser humano, en toda la historia de la humanidad: la Virgen María. Se dice en la lectura de hoy que «todos . . . estaban reunidos en un mismo lugar» (Hechos 2:1). Los comentaristas notan que estos «todos» son el grupo descrito en Hechos 1:13-14, que incluye «María la madre de Jesús». Se manifiesta la Iglesia junto con la madre de la Iglesia, María. El que ignora a María ignora las Escrituras. El que ignora las Escrituras ignora a Cristo, como dijo san Jerónimo. También notamos que el líder de los apóstoles reunidos en Pentecostés es Pedro, él que da el sermón de Pentecostés (Hechos 2:14-36).

En la segunda lectura, san Pablo nos dice que el Espíritu Santo nos hace confesar a Jesús como «Señor». Nuestro Papa Benedicto XVI fue instrumental en hacer la misma proclamación en un documento muy atacado titulado Dominus Iesus, «Señor Jesús», unos años atrás para combatir la mentira que hay salvación fuera del nombre de Jesús. El Espíritu es muy específico: solamente Jesús es Señor. Los que reconocen otros «señores» no tienen el Espíritu Santo.


Finalmente, en el Evangelio, Jesús les concede el Espíritu Santo a los discípulos para que puedan perdonar y retener los pecados de los hombres. Insituye Jesús en este pasaje el sacramento de la confesión o reconciliación. Bueno, en esta fiesta de Pentecostés, nos pregunatmos: ¿Dónde podemos encontrar una Iglesia que no ignora a María como madre de la Iglesia, una Iglesia que mira al sucesor de Pedro como su líder terrestre, una Iglesia que confiesa a Jesús como el único Señor, una Iglesia que cumple con el mandamiento de Jesús de perdonar y retener los pecados de la humanidad en el sacramento de confesión? Todos estos elementos existen únicamente en la Iglesia Católica Romana que se manifestó por primera vez en Pentecostés. No lo vamos callar o tapar. ¡Que se manifieste hoy como ayer!

8.5.05

La Ascensión del Señor: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-13; Mateo 28:16-20

Hoy quiero prestar especial atención al Evangelio que hoy se encuentre en la parte final de Mateo. Es el pasaje famoso en el cual Jesús manda a los apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Cristo Rey triunfante y todopoderoso le da a los apóstoles la misión de ensenar a todas las naciones.

Aquí tenemos que parar y pensar: a todas las naciones. Jesús predicó solamente en Palestina y concentró su ministerio entre los judíos. Pero ahora tenemos algo revolucionario en su ambición y en su novedad: la misión actual es a todas las naciones, sin excepción ninguna.

Muchos protestantes se enfocan en el fin del mundo para la inauguración del reino de Cristo. La realidad es que hoy mismo, en esta misma temporada, ya esta el reino de Cristo presente en el mundo, y la característica clave de este reino presente es la evangelización. La evangelización es la presencia del reino de Cristo ahora. Sí, afirmamos que, cuando llegue el fin del mundo, vendrá el reino completo y perfecto de Cristo en un nuevo mundo sin pecado, sin sufrimiento, y sin muerte. Pero ahora el reino es la evangelización. Evangelizar a todas las naciones es el desarollo presente del reino de Cristo. Por eso, los Papas recientes han repetido muchas veces que la misión clave de la Iglesia es evangelizar.

1.5.05

Sexta Semana de Pascua: Hechos 8:5-8, 14-17; 1 Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21

Todas las lecturas de hoy se enfocan en el Espíritu Santo. En los Hechos de los Apóstoles, vemos a los apóstoles en el Sacramento de la Confirmacíon dándole el don del Espíritu Santo a los nuevamente bautizados. Nosotros hemos recibido el mismo don por medio de la Confirmación. Tenemos que abrirnos con fe a ese Espíritu que recibimos para vivir en el Espíritu. La Iglesia primitiva creció explosivamente por medio del poder del Espíritu Santo. Lo mismo tiene que pasar hoy por medio del mismo Espíritu Santo.

En la primera carta de Pedro, Pedro, el primer obispo de Roma, el primer papa, exhorta a los cristianos a imitar a Cristo en su muerte y en su glorificación. Nosotros también en el Sacramento del Bautismo hemos muerto con Cristo y resucitado con Cristo a una nueva vida (Romanos 6:4; Colosenses 2:12). Esa transformación se debe al Espíritu Santo. Tenemos que cosechar los frutos de nuestro Bautismo pidiéndole a Dios que derrame su Espíritu en nuestras vidas.

Finalmente, en el Evangelio, Jesús mismo habla del Consolador y del Espíritu de la verdad que nos va enviar. El caos del mundo se explica por la ausencia de este Espíritu de la verdad en un mundo que «no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». El mundo lo tiene que ver y conocer en nuestras vidas y en nuestra alegría.

29.4.05

Quinta Semana de Pascua: Hechos 6:1-7; 1 Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12

Nuestro nuevo Papa Benedicto XVI lo dijo, bien dicho como siempre, en su sermón de inauguración: «La Iglesia está viva.» En la lectura de los Hechos, vemos como aumentan los cristianos en Jerusalén donde «se multiplicaba grandemente el número de los discípulos». Vimos esa vida en el panorama de el funeral de Juan Pablo el Grande. Vimos las multitudes de una Iglesia viva.

En la primera carta de san Pedro--el primer obispo de Roma, el primer papa--se llama Cristo la «piedra viva». La Iglesia vive porque se funde en esa piedra viva. El Papa solo es el vicario o representante de Cristo, la piedra viva. Porque el Papa representa la piedra viva, el primer papa se llamaba Pedro, nombre que quiere decir, como podemos ver en la forma misma de la palabra castellana, «piedra.»

En el Evangelio, Jesus, la piedra viva, proclama que Él es el camino, la verdad y la vida. La Iglesia si está viva porque Cristo, solo Cristo, da vida.

21.4.05

Cuarto Domingo de Pascua: Hechos 2:14, 36-41; 1 Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10

Pedro, el líder de los apóstoles, predica y gana tres mil personas para Jesucristo. ¿Qué predica? Predica Jesús crucificado, Señor y Mesías. En la primera carta de Pedro, el mismo refiere otra vez al sufrimiento de Cristo en la cruz pero ahora como ejemplo por cual nosotros también, con paciencia, pasamos por el sufrimiento. La cruz nos salva y nos llama a la imitación. Todos van a tener que extender sus brazos en este mundo en su propia cruz--sea una cruz más o menos privada o a vista pública. En el Evangelio, Jesús nos dice la significación de su crucifixión y de nuestra crucifixión: tener vida y tenerla en abundancia. El camino a la vida abundante es por medio de la cruz de Cristo y de nosotros.

17.4.05

Cuarto Domingo de Pascua: Hechos 2:14, 36-41; 1 Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10

Pedro, el líder de los apóstoles, predica y gana tres mil personas para Jesucristo. ¿Qué predica? Predica Jesús crucificado, Señor y Mesías. En la primera carta de Pedro, el mismo refiere otra vez al sufrimiento de Cristo en la cruz pero ahora como ejemplo por cual nosotros también, con paciencia, pasamos por el sufrimiento. La cruz nos salva y nos llama a la imitación. Todos van a tener que extender sus brazos en este mundo en su propia cruz--sea una cruz más o menos privada o a vista pública. En el Evangelio, Jesús nos dice la significación de su crucifixión y de nuestra crucifixión: tener vida y tenerla en abundancia. El camino a la vida abundante es por medio de la cruz de Cristo y de nosotros.

13.4.05

Tercer Domingo de Pascua: Hechos 2:14, 22-23; 1 Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35

La Resurrección de Cristo fue un hecho que requiere una tumba vacía. Asi lo dice san Pedro en su sermon en la lectura de los Hechos de los Apóstoles cuando compara la tumba del rey David donde vio corrupción el cuerpo de David y la tumba vacía de Jesús. Como dice Pedro, el cuerpo de Jesús no vio corrupción. La tumba vacía combinada con los encuentros reales de los apóstoles con el Jesús resucitado son los fundamentos de nuestra fe. En la primera carta de Pedro también Pedro apunta el papel clave de la Resurrección de Cristo. En el Evangelio de hoy, aparece Jesús a los dos discípulos caminando a Emaús y acaba comiendo con ellos. Tenemos la combinación que nos asegura que nuestra fe no es algo vano: el mismo Jesús que fue crucificado resucitó, se vació su tumba, y apareció como persona real a sus discípulos.

3.4.05

Domingo de la Divina Misericordia: Hechos 2:42-47; 1 Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31

Juan Pablo el Grande escribió en 1980 que la misericordia es la fuente verdadera de la justicia. La misericordia es la generosidad que viene del corazón, una generosidad que nos debemos unos a otros en una justicia auténtica. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos que los primeros cristianos compartían todas sus posesiones en generosidad total y que se reunían «con alegría y sencillez de corazón». En la primera carta de Pedro, leemos que la gran misericordia de Dios se manifestó en Cristo. En el Evangelio, vemos al Jesús resucitado en un gesto de misericordia enseñando su cuerpo transformado a Tomás para quitarle sus dudas sobre la Resurrección de Jesús. Eso es misericordia: la generosidad que surge del corazón para acudir al otro. Juan Pablo el Grande tenía esa generosidad, ese gran corazón, esa auténtica justicia: Totus Tuus ("Todo Tuyo").

27.3.05

Domingo de Resurrección: Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; 1 Corintios 5:6-8

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos la realidad de la Resurrección de Cristo: no era la vuelta de un mero fantasma o espíritu, pero una resurrección corporal y verdadera. Pedro dice en su sermón «que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos». No se come y bebe con un fantasma o con una mera visión. Se come y se bebe con un Jesús que ha vuelto con su cuerpo propio, un cuerpo verdadero, pero ahora inmortal y transformado en gloria.

Esto no fue invento. El Evangelio nos dice que los apóstoles Pedro y Juan «hasta entonces [hasta el momento de ver la tumba vacía] no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos». Fueron sorprendidos. No inventaron nada. No esperaban la Resurrección. Fueron convencidos por la tumba vacía y por sus encuentros con el Jesús resucitado que comió y bebió con ellos.

Pero hay mas. San Pablo escribe en la lectura de hoy que en el momento de nuestra conversión y bautismo hemos resucitado con Cristo. En el momento de nuestro bautismo ya empieza la transformación que acaba y que se completa en la resurrección de nuestros cuerpos cuando Jesús vuelva por segunda vez y cuando nosotros también nos manifestaremos gloriosos.

20.3.05

Domingo de Ramos (De la Pasión del Señor): Mateo 21:1-11 (Entrada); Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27, 66

El Evangelio principal de hoy no trata de la entrada a Jerusalén con los ramos, sino con la Pasión de Cristo. Esa Pasión es una llamada a cada uno de nosotros a estirar nuestros brazos entre la tierra y el cielo en imitación de Cristo con sus brazos abiertos en la cruz. Es una llamada a un abandono total a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Vemos ese abandono total en la vida del Papa Juan Pablo II que muestra su devoción a María con la frase en latín Totus Tuus («Todo Tuyo»). Nosotros también decimos, en imitación de María y de Jesús, en abandono total a la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: Totus Tuus.

13.3.05

5o Domingo de Cuaresma: Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45

Anticipamos la celebración de Pascua con estas lecturas sobre la resurrección. En Ezekiel, vemos que ya existía en Israel la esperanza de la resurrección de los muertos «por obra» del Espíritu Santo. En Romanos, san Pablo le dice a los cristianos que ya habita el Espíritu Santo en ellos, pero que en el futuro ese mismo Espíritu nos resucitará de entre los muertos. En el Evangelio, Jesús vuelve a la vida el cuerpo muerto de su amigo Lázaro. Este milagro no es precisamente lo mismo que la resurrección porque Lázaro volvería a morir otra vez en el futuro. En la resurrección no moriremos otra vez. Pero, de todos modos, el milagro de Lázaro apunta a la resurrección de Cristo y de todos nosotros--es una anticipación imperfecta de la resurrección de los muertos que destruye la muerte por siempre.

6.3.05

4o Domingo de Cuaresma: 1 Samuel 16:1b, 6-7, 10-13a; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41

Las lecturas de hoy tienen un tema sacramental. Cuando el profeta Samuel ungió a David, el Espíritu de Dios reposó en David. Cuando Jesús le puso lodo en los ojos del hombre ciego y cuando el ciego se lavó en el agua, el ciego comenzó a ver. San Pablo describe la transformación del convertido que sale de las tinieblas y entra en la luz. Pablo exhorta a sus oyentes que se levanten de entre los muertos para que Cristo sea su luz. En Romanos 6, Pablo describe esta misma transformación por medio del bautismo en cual morimos, somos enterrados, y resucitamos como Cristo cuando descendemos en las aguas del bautismo y cuando salimos de esas mismas aguas. Dios nos cura por medio de gestos materiales. Dios trabaja por medios sacramentales. No se puede ignorar. El tema sacramental es un tema bíblico. No fue inventado siglos después.

3.3.05

3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2, 5-8; Juan 4:5-42

Vamos a empezar con el Evangelio. ¡Qué encuentro! Jesús se atreve a tratar a una raza odiada por los judíos. Jesús se atreve a hablar con una mujer. Jesús le pide un favor a la mujer. Y se interesa en la vida de la mujer samaritana. Le hace la pregunta clave que revela el problema de su vida: el hombre que tiene no es su marido. Y por el poder del Espíritu Santo la mujer dice la verdad. Una vida de confusión y mentira acaba en la confesión de la realidad que el hombre que tiene ahora no es su marido. Ahí en esa confesión verdadera empieza su conversión y su misión evangélica.

Nosotros también tenemos que enfrentar la verdad en nuestras vidas. La verdad es la realidad. Cristo no nos llama a escapar la realidad, sino a ver por primera vez la realidad de nuestras vidas y vivir en esa realidad. La mujer samaritano se dio cuenta de la contradicción central de su vida y cambió. La verdad es realismo. El cristianismo nos llama al realismo. En la sociedad, hay cierta idea que el cristianismo es una fantasía que no refleja las dificultades de la vida. Al contrario, somos nosotros, en una cultura sin Dios, que tapamos la verdad de nuestras vidas. Cristo nos abre los ojos.

En el libro del Éxodo, Moisés le abre los ojos a los israelitas dudosos de la providencia de Dios cuando produce agua de la piedra. San Pablo habla que la muerte de Jesús por nosotros «cuando aún éramos pecadores» prueba el amor de Dios. Ese mismo amor que iba acabar en la muerte le abrió los ojos con sus preguntas insistentes a la mujer samaritana. Y hoy nos abre nuestros ojos a la verdad, a la dignidad, y a la esperanza que tenemos en Cristo.

21.2.05

2a Semana de Cuaresma: Génesis 12:1-4; 2 Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9

Abram hizo algo extraordinario. Recibió promesas ambiguas de un Dios que en verdad él no conocía muy bien, y dejo su país, su parentela, y la casa de su padre. Lo dejo todo. Hizo el papel de un ridículo. Pero ese ridículo llego a ser el padre de la nación de donde surgió Cristo, el Mesías. Abram es en verdad nuestro padre en la fe porque no tuvo miedo de aparecer ridículo.

San Pablo escribe a Timoteo que estamos llamados a esa misma fe que acaba en entregar y consagrar nuestras vidas enteras a Dios. Esta salvación es por medio de Cristo, el descendiente prometido de Abram por cual todas las naciones son bendecidas.

En el Evangelio, Jesús se reune con los dos grandes profetas de la Vieja Alianza, Moisés y Elías, en la Transfiguración. Jesús es el cumplimiento de la promesa original al patriarca Abram. Ahora conocemos lo que Abram no conocía. Vale la pena dejarlo todo por una promesa tan clara de un Dios que llegó a ser hombre.

13.2.05

1er Domingo de Cuaresma: Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11

Las lecturas nos hablan de la tentación. En Génesis, la primera pareja deja de confiar en la providencia de Dios y se lanza a tomar la situación en sus proprias manos. Por eso comen de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal. Además de la desconfianza en lo que Dios planea para ellos, quieren usurpar el lúgar de Dios y llegar a ser como dioses. Finalmente, no quieren obedecer y servir a Dios. Quieren solamente complacerse. Por eso acaba que el primer hombre y la primera mujer ya no pueden confiar en el otro y tienen que cubrir su desnudez. La inocencia y la confianza mutua se acaban.

Pero en el Evangelio, viene otro hombre, Jesús, que resiste las mismas tentaciones del mismo diablo. Jesús confía en Dios para aliviar su hambre y no se atreve a tomar la situación en sus proprias manos en desconfianza de la providencia de su Padre. Jesús no se atreve a manipular al Padre como le pide el diablo hacer si se tira de la altura del templo. Jesús no se atreve a someterse al diablo porque sabe que se tiene que servir solamente al Padre. Jesús lo hace todo en una manera opuesta a la primera pareja humana.

Por eso san Pablo puede decir con confianza que la obediencia del Segundo Adán nos hace justos y por eso empezamos a recobrar poco a poco la inocencia perdida-- una inocencia que tendremos en su plenitud cuando se renova todo el mundo a la segunda venida de Cristo.

6.2.05

5o Domingo del T.O.: Isaías 58:7-10; 1 Cor. 2:1-5; Mateo 5:13-16

The midday sunImage by play4smee via Flickr
Isaías habla en manera casi poética cuando nos dice que «tu oscuridad será como el mediodía». Eso pasará si primero compartimos, si abrimos nuestras casas y nuestras vidas al otro, si vestimos al desnudo, y si no le damos la espalda a nuestros hermanos (nota que en el uso bíblico «hermano» incluye mas, mucho mas, que solamente otro hijo o hija de nuestros mismos padres). 


En el Evangelio, Jesús dice que sus seguidores son como la sal que sana y da sabor a la vida. Somos como la luz que no se puede esconder. Esa luz completa la profecía de Isaías que la oscuridad se convertirá a mediodía. Y san Pablo apunta precisamente la encarnación de la generosidad, la compasión, y la luz que alumbra al mundo: Jesucristo «más aun, . . . Jesucristo crucificado».


Por eso, nosotros los católicos no escondemos el cuerpo torturado de Cristo en la cruz. Tenemos crucifijos, no solamente cruces brillantes sin un cuerpo sufriendo, porque sabemos que es la pasión y el sufrimiento del Cristo crucificado que alumbra al mundo. Él que lee las cartas de san Pablo reconoce claramente que Pablo era católico, muy católico, y se gloriaba solamente en Cristo crucificado y en mostrarlo a todos (Gálatas 6:14).

30.1.05

40 Domingo del T.O.: Sofonías 2:3; 3:12-13; 1 Co. 1:26-31; Mateo 5:1-12

En el profeta Sofonías se habla que «los humildes de la tierra» serán protegidos por Dios. San Pablo escribe en la primera carta a los corintios que «Dios ha elegido . . . a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes». Todo apunta al Evangelio cuando Cristo dice en las bienaventuranzas que «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mateo 5:4).

Los mansos no son simplemente los débiles. El erudito escocés William Barclay hizo, hace años, un análisis de la palabra griega (prautes) que se traduce como «los mansos». El concluyó que el manso es también una persona de fuerza. Él notó que las Escrituras llaman a Moisés el hombre más manso o humilde de todos los hombres (Números 12:3). Barclay indica que ese mismo Moisés era un líder fuerte como saben todos que han leído el libro del Éxodo. El mismo Jesús era manso y también de muy fuerte carácter como nos indican los Evangelios en muchas ocasiones.

Barclay nos explica en su libro que el manso es la persona que se puede controlar sus pasiones y que sabe cuando se debe de actuar propiamente con ira (Barclay, Flesh and Spirit, p. 120). El manso se controla pero también sabe actuar en una manera decisiva.

23.1.05

3er Domingo de T.O.: Isaías 8:23-9:3; 1 Cor. 1:10-13, 17; Mateo 4:12-23

Empezamos hoy con el Evangelio porque explícitamente cita a la primera lectura del profeta Isaías que Dios dará «una luz» a «los que vivían en tierra de sombras» en «Galilea de los paganos». Se cumple la profecía cuando Jesús evangeliza a toda Galilea. En la segunda lectura, san Pablo afirma que vino, primero de todo, a «predicar el Evangelio . . . no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo».

Estas lecturas nos llaman a evangelizar hasta los rincones más oscuros del mundo. En el mundo occidental que era en un tiempo pasado tan cristiano, ha caído una gran sombra. Los que vivimos en esa sombra tenemos que ser luces para curar, como Jesús, « toda enfermedad y dolencia». Y como san Pablo no nos enorgullecemos de nuestras propias palabras y elocuencia porque sabemos que toda sabiduría verdadera surge solamente del amor que es la cruz de Cristo.

16.1.05

Segundo Domingo del T.O.: Isaías 49:3, 5-6; 1 Cor. 1:1-3; Juan 1:29-34

Las lecturas de hoy se enfocan en el cumplimiento de la promesa de salvación anunciada en el Viejo Testamento. Isaías anuncia la salvación no solamente de Israel pero también de «los últimos rincones de la tierra». En el Evangelio, san Juan Bautista completa el ciclo de los profetas antiguos, cuando identifica Jesucristo como el Profeta final que bautiza con el Espíritu Santo. Por eso, es apto que la segunda lectura es el saludo apóstolico de san Pablo a los corintios. En ese saludo, Pablo se identifica como el mensajero especial de Jesucristo. San Pablo es el que trae el mensaje de salvación a todas las naciones y así cumple la profecía antigua. La tradición hasta indica que san Pablo llegó a visitar España. En los tiempos antiguos, antes de los viajes de Colón, España se conocía como el límite occidental del mundo conocido--como se decía en el antiguo escudo español «ne plus ultra» o «no hay más allá». San Clemente de Roma escribió más tarde, también a los corintios, que san Pablo llegó al «extremo occidente», una frase que se puede tomar como referencia antigua a España. San Pablo llevó la promesa de salvación hasta el último rincón del mundo antiguo.

9.1.05

Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4, 6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17

La epifanía o manifestación de Cristo continúa con su bautismo en el río Jordán a manos de san Juan Bautista. El profeta Isaías habla de este momento cuando el Padre públicamente reconoce a su Siervo que trae la salvación. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro habla del bautismo de Juan después de cual se inició el ministerio público de Jesús. En el Evangelio, tenemos un panorama trinitario: la voz del Padre proclama a su Hijo, y desciende el Espíritu Santo «en forma de paloma».

Tenemos todos los elementos de la manifestación de Cristo. Primero, Cristo es el Mesías esperado por los profetas antiguos de Israel. Segundo, Jesús es el Hijo de Dios y por primera vez se anuncia el misterio de la Trinidad divina de Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Finalmente, el bautismo de Jesús empieza su trabajo público de sanar, salvar, y enseñar. La respuesta a esta triple manifestación es nuestro proprio bautismo donde reconocemos al Mesías de Israel, donde entramos en una nueva vida en el nombre de la Trinidad, y donde empezamos una vida de conversión continua por medio de cual Cristo nos sana y nos instruye, como hizo en sus viajes por toda la Tierra Santa.

2.1.05

Epifanía: Isaías 60:1-12; Efesios 3:2-3, 5-6; Mateo 2:1-12

En la Epifanía celebramos el hecho que Cristo es el único Salvador de todo el mundo, sea judío o no judío. Conocemos muy bien las Escrituras que leemos hoy. Pero como muchos se opusieron al apostolado de san Pablo a los paganos, hoy muchos se oponen al lo que enseña la Iglesia Católica: que Jesucristo es el único Salvador de toda la humanidad, hasta de la humanidad que no conoce a Cristo. La salvación de los que no son cristianos se logra por medio de la muerte salvadora de Cristo. La gracia de salvación que pueden recibir, en sus propias circunstancias, los que no son cristianos proviene objectivamente de Jesucristo y de su muerte aunque ellos no conozcan a Cristo en una manera explícita.

Por eso, como san Pablo predicó el Evangelio a los paganos, hoy se tiene que predicar el Evangelio a los que no son cristianos de cualquier tradición religiosa. El que pertenece a otra religión está en una situación objetivamenta defectuosa porque la plenitud de la verdad está en Cristo por el cual todo vino a existir. Cristo completa los elementos de verdad que existen en otras religiones y elimina los errores mezclados con esos mismos elementos de verdad. Las aspiraciones de todas las culturas y religiones se completan solamente en Jesucristo. Por eso, no podemos excluir a ninguna persona o ninguna religión del evangelismo. La única via a la salvación pasa por Cristo.