19.12.04

4o Domingo de Adviento: Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24

Lo central en las lecturas de hoy es la concepción virginal de Jesús como descendiente de David. En Isaías, el profeta dice que «la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros» (Is. 7:14).

Aquí viene al tanto una controversia falsa por parte de algunos que tratan de convencernos que la referencia hebrea original (la palabra hebrea «'almah») no es a una virgen sino a una muchacha joven de edad de matrimonio, sea virgen o no virgen, casada o no casada. Pero como dice el comentario en la Nueva Biblia de Jerusalén la traducción tradicional como virgen «es un testimonio de la interpretación judía antigua» de los judios que primeron traducieron sus Escrituras del hebreo al griego en la famosa traducción antigua llamada la Septuaginta. Esa traducción judía occurió antes de la llegada del cristianismo. Por eso, no es asunto de los cristianos tratando de imponer una traducción favorable al relato evangélico sino de una traducción judía que ya existía antes del cristianismo.


En su carta a los romanos, san Pablo advierte al nacimiento de Jesús del linaje de David como cumplimiento de las profecías de las Escrituras que ahora conocemos como el Antiguo Testamento (Rom. 7:2-3). Una de esas profecías era la misma profecía de Isaías en cual una virgen concebirá a un futuro rey del linaje de David. Pablo, indirectamente, se refiere a esta profecía de Isaías.

En el Evangelio, tenemos la historia propia de la concepción virginal de Cristo. Hasta ahora no se ha descubierto referencia en la literatura judía o pagana antigua a una ocurrencia semejante. Existen cuentos de nacimientos milagros, pero nunca se relata una concepción virginal sin contacto sexual.

Por eso, la concepción virginal de Jesús afirma dramáticamente la identidad única de Cristo como Dios, aunque la prueba definitiva al mundo entero no fue la concepción virginal sino la resurrección de Cristo de entre los muertos, como afirma san Pablo (Rom. 7:4). Y también se puede concluir que el hecho que no ocurren referencias a la concepción virginal de cualquier otra persona en el mundo antiguo significa que no se puede decir en manera convincente que el testimonio evangélico es un mero invento literario incorporado a la vida de Jesús por influencia de otras fuentes literarias. Como afirma la Iglesia en el Credo, Jesús fue encarnado de la Virgen María.

12.12.04

Nuestra Señora de Guadalupe: Sirácide 24:1-2, 5-7, 12-16; Rom. 8:28-30; Lucas 1:39-48

En la primera lectura de Sirácide (Eclesiástico), vemos a la Sabiduría femenina en «la asamblea del Altísimo» que echó «raíces en el pueblo que Dios ha colmado, el pueblo que es su herencia y su parte propia». En este pueblo Israel, Dios glorifica a la mujer en una manera excepcional en comparación a las otras culturas antiguas. La celebración del matrimonio como institución clave en la cultura, el cuidado de la familia y los descendientes, y la protección dada la virginidad femenina en el Viejo Testamento nos señalan una renovación positiva de la condición de la mujer en el mundo antiguo.

Esta renovación culmina con la figura de María, siempre Virgen y Madre. La gloria de María viene de su Hijo. En Romanos, san Pablo escribe que somos predestinados a reproducir «la imagen» del Hijo y a ser glorificados. María en su gloria reproduce en una manera única y excepcional la imagen de su Hijo. Ella es la primera de los glorificados por su Hijo.

En Lucas, vemos que las promesas a Abraham se cumplen en María como madre del Salvador prometido. Una mujer toma el papel central en el drama de la salvación que empezó con las promesas a Abraham. Ella es dichosa porque Dios «ha hecho en [ella] . . . grandes cosas». Aquí esta la culminación de la santidad de la mujer.

Por eso, a alabar a María, en cierto modo anunciamos el valor de todas las mujeres en los ojos de Dios. Respetar a la mujer, su cuerpo, y su maternidad son nuestras respuestas a la glorificación de María. María es nuestra Madre, y todas las otras mujeres son nuestras hermanas. No puede ver devoción auténtica a María sin respetar a sus hijas en este mundo. Cada insulto a la mujer y a su castidad es un insulto a María. Por eso la liberación definitiva de cada mujer se encuentra en María. Esto es un femenismo cristiano y verdadero superior a cualquier otro tipo de femenismo.

5.12.04

2o Domingo de Adviento: Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12

Se habla hoy del Reino de Dios. Isaías nos da un retrato maravilloso de la paz y la armonía honda de ese reino.Es una paz tan radical que los que eran enemigos ya no serán enemigos. Hasta la naturaleza misma no será de ninguna manera amenaza al hombre. Tendremos un rey lleno del espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios.

Estos son los dones del Espíritu Santo, las disposiciones de nuestra humanidad renovada que abren el camino a los frutos o perfecciones del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí (Gálatas 5:22-23). Por medio del Espíritu Santo, hoy mismo los cristianos participan en ese reino descrito por el profeta.

En la carta a los romanos, san Pablo describe a la comunidad cristiana disfrutando de los frutos del Espíritu Santo. Precisamente en esa comunidad nueva, en esa Israel Nueva, se ve el Reino de Dios prometido a los patriarcas. El reino mesiánico del Antiguo Testamento ya se encuentra en la comunidad cristiana.

En Mateo, se habla de san Juan el Bautista que anuncia que está cerca el Reino de Dios. Este profeta del Nuevo Testamento condena a los fariseos y saduceos que no cambian su modo de vivir, que no dan evidencia en sus vidas de la transformación del Espíritu Santo que vendrá en su plenitud por medio de Jesús. Por medio de la renovación del Espíritu Santo se inaugura el Reino de Dios ya en este mundo.