27.6.04

Decimotercero Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:16, 19-21; Gálatas 5:1, 13-18; Lucas 9:51-62

Las lecturas de hoy dan un gran contraste entre la vocación profética bajo la Vieja Alianza y la vocación apostólica en la Nueva Alianza de Jesucristo. En el libro de Reyes, Elias apunta al profeta que tomará su lugar: Eliseo que se encuentra con la mano en el arado. Eliseo pide y recibe permiso para despedirse de sus familiares antes de tomar su nueva vocación profética.

Al contrario, Jesucristo no da semejante permiso a los que el llama a una vida apostólica. Famosas son las palabras de Jesús: "Deja que los muertos entierren a los muertos." También dice: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios." Como en sus otras enseñanzas, Jesucristo exige mas que la ley del Viejo Testamento. Jesús exige una lealtad semejante a la de Abrán que estuvo dispuesto a sacrificar todo, incluso a su hijo, para obedecer la llamada de Dios.

En la carta a los gálatas, san Pablo le pide a los gálatas que no caigan otra vez bajo el yugo de la esclavitud de la ley. Les pide que vivan en el Espíritu Santo, no con espiritu de esclavitud. En la historia de Eliseo, también se habla de un yugo sobre bueyes abandonados por Eliseo para abrazar su vocación nueva de profeta. San Pablo esta llamando a los nuevos cristianos a esa misma libertad que viene con la nueva vocación de cristiano.

Esa libertad se funda en obediencia a la misión dada por Dios a cada uno de nosotros por medio de Jesucristo. Esa misión es nuestra vocación profética y apostólica. Es nuestro destino. Es la razón de nuestra existencia. Por eso, obediencia a esa misión de Dios es superior a los lazos mas familiares que tengamos. Todos ahora tienen que relacionarse con nosotros a base de esa nueva misión. Los que no reconocen a nuestra misión quedan atrás porque no podemos mirar hacia atrás. Quedan como muertos para el nuevo cristiano. Es parte inevitable y escandalosa de la conversión.

20.6.04

Duodécimo Domingo del T.O.: Zacarías 12:10-11;13:1; Gálatas 3:26-29; Lucas 9:18-24

El profeta Zacarías anuncia lo que comunica el Señor. Y el Señor comunica que su Pueblo hará duelo sobre el que «traspasaron con la lanza», sobre el Cristo, como un padre que llora un hijo muerto. En la Carta a los Gálatas, san Pablo completa la profecia de Zacarías cuando dice que ahora todos los pueblos son hijos de Dios por medio de su Bautismo que los incorpora en Cristo. Por medio de Cristo, el Hijo traspasado con la lanza, podemos ser también hijos de Dios y conocer a Dios como un padre intimo. Esa intimadad del Padre se significa en la manera distintiva con que Cristo llamaba al Padre: «Abba».

En el Evangelio, Cristo hace su propia profecia cuando anuncia su sufrimiento, su muerte, y su Resurrección. Cristo no murió inesperadamente. Cristo sabía lo que tenía que pasar porque era la misión que recibió del Padre. Por eso, Cristo nos llama en el Evangelio a tomar nuestra cruz y a perder nuestra vida por la causa de Cristo. La causa de Cristo es la misión del Padre. Como Cristo, encontraremos nuestra vida cuando la entregamos por esa misión. En nuestras vidas, por el Bautismo, duplicamos la forma de la vida de Cristo: obedeciendo la misión que el Padre nos da y tomando nuestra cruz personal.

13.6.04

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Génesis 14:18-20; 1 Co. 11:23-26; Lucas 9:11-17

En Génesis, tenemos a Melquisedec ofreciendo con pan y vino la primera "eucaristía," que en griego indica dar gracias. Esta conexión de los elementos del pan y el vino con dar gracias obviamente prefigura la Eucaristía instituida por Cristo en el Evangelio. En la Carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento, se refiere a la acción de gracias de Melquisedec:

[C]uyo nombre significa, en primer lugar, «rey de justicia» y, además, rey de Salem, es decir «rey de paz», sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.

Hb 7:2b-3 (énfasis original).

Las Escrituras claramente asemejan a Cristo con Melchisedec. Cristo, como la Palabra de Dios, que siempre existió con el Padre es como Melquisedec el rey de justicia y de paz sin genealogía humana en su preexistencia divina. Ese Melquisedec, en mi opinión privada y personal, es Cristo. Y nota que Melquisedec como Cristo es sacerdote. El sacerdocio y la Eucaristía estan ligados estrechamente desde el Viejo Testamento, y esa conexión es el tema notable de la Carta a los Hebreos.

En la lectura de Corintios, san Pablo transmite la tradición de la institución por Cristo de la Eucaristía. Ahora vemos la significacíon del sacrificio de Melquisedec: Dios mismo se sacrifica por nosotros. Abram respondió a la bendición de Melquisedec con «el diezmo de todo lo que había rescatado». Nosostros hoy sabemos que la bendición prefigurada por Melquisedec incluye el sacrificio extravagante del cuerpo y la sangre del Hijo de Dios. Por eso, como una gente eucarística inevitablemente respondemos con la misma generosidad agradecida que Abram mostró toda su vida.

En el Evangelio, Cristo multiplica los cinco panes y los dos pescados para la gente que se encontraba en un lugar solitario. Cristo satisface la hambre de la gente y nuestra hambre también. Como el Nuevo Melquisedec que existe sin comienzo y sin fin, el Alfa y el Omega, Cristo, la Palabra de Dios, es nuestro Creador. Como Creador, solamente él puede satisfacer la hambre de nuestros corazones. Ninguna criatura, ningún objeto de este mundo puede satisfacer el corazón humano. Como la gente, cuando nos encontramos con hambre en un lugar solitario, nos damos cuenta que solo Dios puede resolver nuestra hambre. En la agitación de la vida, finalmente nos damos cuenta en esos momentos solitarios que la Satisfacción siempre estuvo ahí, tranquila y serena, en los tabernáculos de nuestras iglesias esperando para saciar nuestros corazones intranquilos.

6.6.04

La Santísima Trinidad: Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15

La lectura de Proverbios, que habla de la Sabiduría de Dios que estuvo presente con Dios en la creación, presagia la revelación completa de la Trinidad que vemos en los primeros versos del Evangelio de san Juan:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada.

Jesús es esa Sabiduría y Palabra de Dios siempre junto a Dios.

En la lectura de la Carta a los Romanos, san Pablo menciona en cinco versos las tres personas de la Trinidad: Dios, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo. En el uso paulino, la palabra «Dios» se reserva tradicionalmente para indicar el Padre sin disminuir la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. Ese modelo trinitario se repite varias veces en el Nuevo Testamento y confirma que la doctrina de la Trinidad es una doctrina de origen bíblico.

En el Evangelio de san Juan, Jesús mismo une las tres personas de la Trinidad en una sola divinidad. Jesús dice que el Espíritu de verdad lo «glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando». Después añade Jesús que «[t]odo lo que tiene el Padre es mío». Jesús tiene todo lo que tiene el Padre, y el Espíritu Santo comunica todo lo que tienen Jesús y el Padre juntos. De los mismos labios de Jesús tenemos la descripción de las relaciones intimas en la Trinidad: una sola divinidad en tres personas.