25.1.04

Tercera Semana del T.O.: Nehemías 8:2-4, 5-6, 8-10; 1 Co. 12:12-30; Lucas 1:1-4; 4:14-21

Despues del exilio, Esdras llega a Jerusalén y lee el libro de la Ley. Los comentaristas llaman a Esdras el padre del judaísmo fundado en el pueblo especial y escogido de Dios, en la Ley, y en el Templo. El pueblo se pone de pie cuando Esdras abre el libro de la Ley. El pueblo llora cuando se lee del libro. ¿Porqué lloran? Supongo que reconocen la belleza de la palabra de Dios, el esplendor de la verdad, y se entristecen por su ignorancia y negligencia de la ley. La asamblea responde con conversión a oir la palabra de Dios. En el salmo 18, que también se lee hoy, el salmista alaba la ley perfecta de Dios que hace al pueblo llorar.

En el Evangelio, Jesús también lee la palabra de Dios antes de una asamblea. Jesús lee las palabras de Isaías describiendo el jubileo en que llega la salvación a todos y en que se remedia todas las injusticias del pueblo. Pero cuando comenta, Jesús se atreve a decir que «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». El pueblo no llora. Si se lee más adelante en este mismo capítulo de San Lucas, se ve que el pueblo de Nazaret finalmente responde con odio y trata de matar a Jesús. No puede aceptar que este hombre que salió de entre ellos mismos puede ser el que inaugura el reino de Dios. En contraste con Esdras, Jesús no reestablece la religión vieja: Jesús es la realización completa y final del judaísmo.

El nuevo pueblo, la nueva asamblea, inaugurada por Jesús no se limita a una sola raza. Es una asamblea que incluye a todos, como anuncia San Pablo en la lectura de corintios, «seamos judíos o no judíos, esclavos o libres». Este nuevo pueblo es el cuerpo de Cristo sin envidia o resentimiento, un cuerpo en que todas las partes sufren y se alegran juntas. Aunque muchos tratan hoy en día de dividir la Iglesia con envidia y resentimiento, hasta tratando de derrumbar la jerarquía establecida por Jesucristo, el cuerpo sigue unido por un solo Espíritu.

18.1.04

Segunda Semana del Tiempo Ordinario: Isaías 62, 1-5; 1 Co. 12, 4-11; Lucas 2, 1-11

En Isaías, el Señor Dios es el Esposo de Israel: «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo». En el resto del Viejo Testamento, Dios también es el Esposo de Israel. Por eso, cuando llegamos al Nuevo Testamento donde se le llama a Jesús el Esposo de la Iglesia tenemos una afirmación clara de la divinidad de Jesucristo, de la identidad de Jesús con el Señor Dios del Viejo Testamento.

En el Evangelio de San Juan, Jesús es un invitado a la boda en Caná. Pero Jesús es más que un invitado. Él, y no el novio, es responsable por la abundancia del vino nuevo y mejor que se le da a todos los invitados. El mayordomo, que no sabe del milagro de Cristo, felicita al novio por guardar el vino mejor para lo último. Pero, como saben los sirvientes y como sabemos nosotros, el novio no tuvo papel ninguno en la provisión del vino mejor. Sabemos nosotros que el esposo verdadero no es el novio, pero Jesús, y los invitados son la Iglesia a cual Jesús le da el vino mejor y nuevo de su sangre. A la mentalidad judía sumergida en las Escrituras de su religión es claro que el Esposo es una figura de Dios mismo. Por eso, San Juan nos está diciendo en este milagro que Jesús es Dios.

Y como católicos, no podemos olvidar el papel clave de María. Ella es la que intercede por los invitados necesitados. Hoy le pedimos a María que sigua orando por nosotros a su hijo como hizo en la boda de Caná por los invitados. Y nos acordamos de lo que ella nos aconseja: «Hagan lo que él les diga». María siempre apunta a Jesús y nunca a sí misma.

Vemos también en el episodio de Caná algo importante sobre el sacerdocio católico. El sacerdote es el imagen de Jesús el Esposo de la Iglesia. Por eso, el sacerdote es varón. El aspecto femenino y fundamental de la Iglesia se ve en María, la Madre de la Iglesia, que pide por los invitados que somos nosotros. El aspecto varonil y el aspecto femenino funcionan en concordia por medio del Espíritu de Dios. Son aspectos diferentes pero están de acuerdo. Esta visión de la concordia de los diferentes aspectos de la Iglesia se ve claramente en la Primera Carta a los Corintios, en cual San Pablo habla de diferentes dones, diferentes servicios, y diferentes actividades que son manifestaciones cooperativas de un mismo Dios y Espíritu.

11.1.04

Bautismo del Señor: Isaías 42, 1-4.6-7; Hechos 10, 34-38; Lucas 3, 15-16.21-22

Es impresionante que en las lecturas relacionadas con esta fiesta se manifiesta en forma explícita la Santa Trinidad. En Isaías, habla el Señor, el Padre de Israel, sobre su siervo en cual ha puesto su espíritu. Ese siervo es el mesías real. El espíritu es el Espíritu Santo.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro le predica a los gentiles «cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret» quien Pedro llama «Señor de todos». Otra vez vemos a la Trinidad divina: Dios Padre, el Espíritu Santo, y Jesús. Nota que a Jesús se le llama Señor como en Isaías se le llama a Dios Señor. Es claro que la convicción apóstolica es que Jesús es Dios. Tenemos las tres personas de la Trinidad identificadas y la afirmación que los tres son divinos. Esto es la fuente de la doctrina y dogma de la Trinidad.

En el evangelio, tenemos una manifestación clara de la Trinidad en el bautismo de Jesús. Baja el Espíritu Santo «en forma sensible», y la voz del cielo declara que Jesús es su Hijo. Al declararlo Hijo, la voz se declara Padre. (Al contrario de ciertos sectores que se declaran «femenistas», no se puede decir que la voz del cielo es «Madre» porque sabemos por el testimonio bíblico que Jesús tiene una sola madre-- la Virgen María.) Y asi tenemos: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Por eso, al final del Evangelio de San Mateo, Jesús manda a los apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia reconoce como bautismo válido solamente la aplicación de agua invocando a las personas de la Trinidad. Algunos protestantes han llegado al punto a rechazar la invocacíon tradicional y bíblica de la Trinidad y por eso han abandonado el bautismo auténtico y apóstolico. Pero, gracias a Dios, la majoría de los protestantes todavía mantienen fidelidad al bautismo trinitario, aunque a veces sin darse cuenta de su importancia.

Los católicos si saben el papel clave de la Trinidad en el bautismo. Por eso recordamos frecuentemente a nuestro bautismo cuando nos cruzamos, invocando a la Trinidad, con agua bendita al entrar a nuestras iglesias. Sabemos apreciar esta manifestación central de Dios en la Biblia y en nuestras vidas.

4.1.04

La Epifanía del Señor: Isaías 60, 1-6; Efesios 3, 2-3.5-6; Mateo 2, 1-12

La Epifanía o «manifestación» del Señor es el cumplimiento de la profecía de Isaías que todos los pueblos caminarán a la luz de Jerusalén. En el Catecismo de la Iglesia Católica, se habla de la Iglesia como la Nueva Jerusalén (n. 756). Esta Iglesia universal atrae todos los pueblos de todas las idiomas, razas, y culturas. Pero la profecía de Isaías no se ha acabado. Al fin de la historia, el mundo completo estará bajo el reino de Dios. Es una profecía que se ha cumplido pero que sigue cumpliendose.

San Pablo en la Carta a los Efesios reconoce su papel clave en la explosión del cristianismo en el mundo. Él reconoce el impacto revolucionario de su apostolado a los paganos. La Iglesia nunca puede perder ese ardor evangélico hacia todos los pueblos de cualquier religión. El Evangelio no reconoce persona o religión que queda afuera de la llamada a la conversión cristiana. Se tiene que combatir la mentira que el catolicismo es algo solamente para los que se han criado como católicos. No, el cristianismo es para toda persona aunque sea de origen judío o musulmán o pagano o que sea. El Evangelio no reconoce barreras culturales y costumbristas.

En el Evangelio de San Mateo, vienen los magos de Oriente buscando a Cristo. No eran de la religión de Cristo. No eran judíos. Los primeros cristianos judíos tuvieron que llegar a entender que el Mesías era para todos. Hoy también los cristianos tienen que entender que Cristo no es solamente para los que ya son cristianos. Cristo llama a la conversión a todos en todas las religones del mundo, incluso a los millones tras millones en el Oriente. Ese es el impulso revolucionario y esencial de la Iglesia.