12.12.04

Nuestra Señora de Guadalupe: Sirácide 24:1-2, 5-7, 12-16; Rom. 8:28-30; Lucas 1:39-48

En la primera lectura de Sirácide (Eclesiástico), vemos a la Sabiduría femenina en «la asamblea del Altísimo» que echó «raíces en el pueblo que Dios ha colmado, el pueblo que es su herencia y su parte propia». En este pueblo Israel, Dios glorifica a la mujer en una manera excepcional en comparación a las otras culturas antiguas. La celebración del matrimonio como institución clave en la cultura, el cuidado de la familia y los descendientes, y la protección dada la virginidad femenina en el Viejo Testamento nos señalan una renovación positiva de la condición de la mujer en el mundo antiguo.

Esta renovación culmina con la figura de María, siempre Virgen y Madre. La gloria de María viene de su Hijo. En Romanos, san Pablo escribe que somos predestinados a reproducir «la imagen» del Hijo y a ser glorificados. María en su gloria reproduce en una manera única y excepcional la imagen de su Hijo. Ella es la primera de los glorificados por su Hijo.

En Lucas, vemos que las promesas a Abraham se cumplen en María como madre del Salvador prometido. Una mujer toma el papel central en el drama de la salvación que empezó con las promesas a Abraham. Ella es dichosa porque Dios «ha hecho en [ella] . . . grandes cosas». Aquí esta la culminación de la santidad de la mujer.

Por eso, a alabar a María, en cierto modo anunciamos el valor de todas las mujeres en los ojos de Dios. Respetar a la mujer, su cuerpo, y su maternidad son nuestras respuestas a la glorificación de María. María es nuestra Madre, y todas las otras mujeres son nuestras hermanas. No puede ver devoción auténtica a María sin respetar a sus hijas en este mundo. Cada insulto a la mujer y a su castidad es un insulto a María. Por eso la liberación definitiva de cada mujer se encuentra en María. Esto es un femenismo cristiano y verdadero superior a cualquier otro tipo de femenismo.

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