28.11.04

1.o Domingo de Adviento: Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14; Mateo 24:37-44

Isaías nos dice que la paz mundial vendrá por medio de la ley y de la palabra de Dios. En el Evangelio de san Mateo, Jesús, la Palabra de Dios, anuncia que él volverá como el Hijo del hombre. Este Hijo del hombre es el Mesías que inaugura la paz mundial en la profecía de Isaías. Isaías y el Evangelio tienen temas tan similares que, a veces, se refiere al libro de Isaías como el «Quinto Evangelio».

Para que venga esa paz mundial se necesita la paz en el corazón individual. En Romanos, san Pablo nos propone la conversión radical del individuo: abandonar el egoísmo para tirarnos en las manos de Jesucristo.

Pablo dice: «Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias. Revístanse más bien, de nuestro Señor Jesucristo y que el cuidado del cuerpo no dé ocasión a los malos deseos» (Romanos 13:13-14).

Estas lineas fueron las que completaron la conversión dramática de san Agustín. Agustín leyó estas palabras de san Pablo en obedencia a una voz que le mandaba a «Recoger y leer». Agustín recogió las Escrituras, leyó este pasaje de san Pablo, y el cristianismo cambió por siempre. A fondo, las palabaras contra las lujurias y los desenfrenos, contra los pleitos y las envidias, nos llaman a abandonar el egoísmo. A revestirnos con Jesucristo abandonamos lo que nos quita la paz individual y mundial.