10.10.04

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: 2 Reyes 5:14-17; 2 Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19

Nos tenemos que preguntar hoy si nos damos cuenta cuando Jesús nos cura y nos bendice. En el Evangelio, Jesús cura a diez leprosos, pero solo uno, un samaritano o extranjero, volvió a darle las gracias a Jesús. Y Jesús respondió con una curación adicional y más definitiva: «Tu fe te ha salvado».

Pero cuantas veces somos nosotros como los otros nueve leprosos que se fueron por su camino olvidandose de Jesús. Y con su olvido se robaron ellos mismos de una curación mas grande: la salvación por la fe. A nosotros también Jesús nos da bendiciones y curaciones, hasta cada día, pero nos olvidamos de Jesús y nos imaginamos que nos hemos curado nosotros mismos con nuestras calculaciones y nuestros proyectos. Y por eso perdemos la oportunidad de obtener la bendición y la transformación más espectacular de la salvación.

En el libro de Reyes, tenemos otro extranjero leproso, Naamán, curado. Como el samaritano, Naamán reconoce la fuente de su curación, a Dios, y se dedica a sacrificar solo a ese Dios poderoso. En su curación, la piel leprosa de Naamán se «quedó limpia como la de un niño».

Esta transformación del cuerpo de Naamán es una indicación de la resurrección del cuerpo al cual se refiere san Pablo en 2 Timoteo. Pablo nos habla del Cristo resucitado con cual viviremos y reinaremos si lo reconocemos. Y también dice Pablo que aunque seamos infieles, Cristo «permanece fiel».

Aunque a veces no reconocemos las bendiciones de Cristo, Cristo se mantiene fiel y nos cura y nos bendice verdaderamente. Pero, como los nueve leprosos ingratos, perdemos la oportunidad y rechazamos la invitación a una curación más espectacular, prodigiosa, y definitiva.

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