25.7.04

Decimoséptima Semana del T.O.: Génesis 18:20-32; Colosenses 2:12-14; Lucas 11:1-13

En la lectura de Génesis, vemos que Abrahán es un intercesor magnífico y persistente que se atreve a repetir sus peticiones por los inocentes de Sodoma y Gomorra. Sabemos del Evangelio que Abrahán todavía vive. Jesús nos dice que Lázaro, el pobre, cuando murió fue al seno de Abrahán (Lc 16:22). También nos dice Jesús que el Dios de Abrahán es Dios de los vivos (Lc 20:37-38).

Los cristianos, incluso los protestantes, tienen la costumbre de pedirle a sus compañeros que oren por ellos. ¿Si Abrahán todavía vive, porqué no podemos pedirle a Abrahán, el famoso intercesor persistente, que también ore por nosostros? Hasta el hombre rico en el Evangelio le pide ayuda al «Padre Abrahán» (Lc 16:24). Así se manifiesta la doctrina católica de la comunión de los santos por cual le pedimos a los santos en la tierra y en el cielo que oren por nosotros. Pedirle la ayuda a intercesores es parte de la persistencia que debemos de tener en la oración.

En la Carta a los Colosenses, san Pablo repite un aparente himno cristiano sobre el bautismo en cual somos sepultados en Cristo y resucitados con Cristo a una vida nueva. Dios nos salvó en Cristo aunque estuvimos «muertos» en nuestros delitos. La persistencia no es solamente para nosotros los humanos que oramos. Tenemos un Dios persistente en salvarnos hasta cuando somos culpables. Dios sobrepasa a Abrahán porque Dios intenta salvar no solo a los aparentemente inocentes pero también a los muertos en el pecado. Este Dios es tan persistente en salvarnos que hasta se hizo hombre en Jesucristo.

En el Evangelio, Jesús nos da el Padre Nuestro como modelo de la oración y nos manda a persistir en presentar nuestras peticiones en la oración. No hay conflicto entre aceptar la voluntad de Dios cuando decimos en el Padre Nuestro «venga tu Reino» y seguir haciendo petición a Dios. Me acuerdo oir un sacerdote misionero, que trabaja en condiciones terribles en Africa, decirle a una congregación norteamericana, que la vida no significa nada sin la lucha. La oración es lucha como el ejemplo de Abrahán nos indica y como Jesús nos indica cuando nos manda a seguir molestando a Dios con nuestras peticiones. En esa lucha, llegaremos a conocer lo que significa nuestras circunstancias y entonces podremos orar autenticamente las palabras del Padre Nuestro «venga tu Reino» y «hágase tu Voluntad» (Mt 6:10).

Jesucristo es nuestro ejemplo, un ejemplo superior a Abrahán. El ejemplo de la oración persistente de Abrahán apunta a la oración perfecta de Jesús al Padre. En el monte de los Olivos, Jesús en su agonía y lucha oró que se apartará la copa de su sufrimiento, pero añadió que se haga la voluntad del Padre (Lc 22:42). En la lucha persistente de la oración, Jesús encontró su misión y el significado de su vida. Cristo es el intercesor, mediador, y abogado supremo frente al Padre. El sacrificio de su muerte fue la oración perfecta que nos dio a nosotros,  muertos en el pecado, la nueva vida.

 

 

 








No hay comentarios: