4.4.04

Domingo de Ramos: Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Lucas 22:14-23:56

Hoy no es necesario comentar sobre la Pasión de Jesucristo según san Lucas. Sabemos lo que pasó. Lo sabemos en una forma especialmente expresiva e intensa este año en particular si hemos visto la película llamada La Pasión del Cristo. Y si no la hemos visto debemos de tratar de verla.

Hoy comento solamente sobre las otras dos lecturas. El tema es el conflicto, la batalla. Seguir a Cristo es una batalla espiritual contra el diablo y contra otros seres humanos que son por intención o por ignorancia instrumentos de la maldad del diablo. En Isaías el profeta ofrece «la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba». El profeta no aparta su «rostro de los insultos y salivazos». El profeta endurece su «rostro como roca» y sabe que no quedará «avergonzado». Es la hora de la batalla para Cristo y para nosotros. Oramos que tengamos el coraje de Cristo para endurecer nuestro rostro como roca.

San Pablo nos da el justamente famoso himno sobre la kenosis o humillación de Cristo en cual él «se anonadó a si mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres». Si Cristo que es Dios mismo no se agarró de sus prerrogativas divinas, nosotros ciertamente no debemos de agarrarnos de nuestro orgullo humano que nos empuja a evitar los insultos de la batalla. Entraremos en la batalla sabiendo que al final no quedaremos avergonzados. No le tenemos miedo a nada y a nadie porque Cristo ya abrió el camino y guarantiza la conquista. Por eso hoy empezamos la Semana Santa celebrando con gritos y gestos triunfales la victoria que ya es nuestra. En Cristo ya somos conquistadores.

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