21.3.04

Cuarta Semana de Cuaresma: Josué 5:9, 10-12; 2 Co. 5:17-21; Lucas 15:1-3, 11-32

La lectura del libro de Josué ilustra el momento en que Israel salió del desierto y empezó a vivir en la Tierra Prometida: «desde aquel año comieron los frutos que producía la tierra de Canaán». Dios le quitó «el oprobio de Egipto».

San Pablo proclama con entusiasmo que en Cristo «todo es nuevo». En la película «La Pasión del Cristo», hay un momento singular cuando en la via crucis Jesús se encuentra con su Madre, nuestra Madre, y le dice, «Hago nuevo todas las cosas». Como dice san Pablo, Cristo hace nuevo «todo» sin excepción ninguna. Por eso tenemos que estar dispuestos a las sorpresas. Nuestros pecados viejos, nuestras costumbres, y nuestros vicios serán renovados y convertidos en la fuerza de la virtud. Tal transformación será una sorpresa asombrosa. Entraremos en la Tierra Prometida.

El Evangelio nos cuenta la parábola del hijo pródigo que gastó los bienes recibidos de su padre en mujeres malas. Bueno, también es una parábola del padre pródigo que le dió esos bienes al hijo sabiendo que tomaba el riesgo que el hijo lo gastara todo en cosas malas. Pero el padre sigue siendo pródigo. Cuando vuelve el hijo del desierto del pecado a su casa verdadera, el padre hace una gran fiesta y gasta sin pensar. Es verdad que en nuestros pecados y nuestra ignorancia hemos gastado los dones extravagantes que el Padre nos dió originalmente. Pero también es verdad que cuando volvemos al Padre, el Padre otra vez será generoso y pródigo en hacer todo nuevo en nuestras vidas. Lo que nos espera al volver al Padre son cosas verdaderamente asombrosas que nunca podíamos esperar después de nuestra estancia en el desierto. Dios es pródigo. No es miserable con nosotros.

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