22.2.04

Séptima Semana del T.O.: Samuel 26:2, 7-9, 12-13, 22-23; 1 Co. 15:45-49; Lucas 6:27-38

David no mata a su enemigo declarado, Saúl, porque David no quiere «atentar contra el ungido del Señor». Esa misericordia contradice el consejo normal y lógico de su consejero Abisay.

En el Evangelio, Jesús nos llama a ser gente de una misericordia «extraordinaria»: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Esta misericordia extraordinaria contradice la lógica ordinaria de atacar al enemigo.

San Pablo proclama que los que están vivificados por el Espíritu serán «semejantes al hombre celestial». Ese hombre celestial es el último Adán, Jesucristo. En el Evangelio, el hombre celestial nos llama a una misericordia extraordinaria.

¿Es la llamada a tal misericordia ilógica? Si hay un solo Dios, autor de una sola verdad, esa verdad divina no puede ser ilógica. Tenemos una instancia de paradoja, pero no un mandamiento ilógico. Si somos pecadores, tenemos un interes lógico en tratar a los otros pecadores con misericordia porque seremos medidos con la misma medida con que medimos a otros. Si nos presentamos antes de Dios y pedimos ser medidos por una medida diferente a la que medimos a otros pecadores, seremos entonces nosotros los que estaremos en una contradicción lógica. ¿Entonces que es lo que debemos pedirles a nuestros enemigos? Le debemos pedir que reconozcan la verdad como David le pidió a Saúl que reconozca que David no se merecía la envidia de Saúl.

Eso es la misericordia extraordinaria: no destruir o matar al enemigo, pero llamar al enemigo a la verdad. No es condena llamar el pecador a la verdad. Al contrario, la Iglesia enseña que instruir al ignorante--ser profeta--es precisamente un esfuerzo misericordioso. No debemos de destruir al enemigo porque nosotros también fuimos enemigos de Dios y seremos otra vez enemigos de Dios cuando pecamos en el futuro. Debemos de tratar a los enemigos como queremos ser tratados. Y lo profundamente lógico es que queremos que alguien nos proclame la verdad, especialmente cuando estemos hundidos en el pecado. Por eso Jesús llamó a cada pecador al arrepentimiento y a creer en el evangelio. Esa llamada arrepentir no es condena. Esa llamada es precisamente la misericordia que nos enseña como escapar la condena de Dios. Eso es lo que debemos hacerles a los enemigos: el gran favor o gracia de la verdad.


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