28.12.03

La Sagrada Familia: 1 Samuel 1, 20-22.24-28; 1 Juan 3, 1-2.21-24; Lucas 2, 41-52

La Sagrada Familia es un ejemplo poderoso para nuestras familias: un ejemplo de lealtad, cooperación, responsabilidad, obediencia, y castidad. Pero también la fiesta de la Sagrada Familia nos indica que nuestra verdadera familia es una familia divina. Los lazos que nos unen a nuestras familias terrenas son importantes, pero la filiación mas importante es la filiación que tenemos como hijos e hijas de Dios.

En la lectura sobre Ana y Samuel, tenemos el reconocimiento que en cierto modo el padre de Samuel es Dios quien respondió a la petición de Ana por un hijo. Nota que el esposo de Ana, Elcaná, queda marginalizado. Ana toma la iniciativa de ir a entregar Samuel a Elí en el templo para servir a Dios por vida. Esta lectura prefigura el evento único de la concepción virginal de Jesús, el hijo único de Dios.

En el salmo responsorial también se habla de vivir, no en la casa de Israel o de David, pero en la casa de Dios (Salmo 83). En la Primera Carta de San Juan, el apóstol nos anuncia que actualmente somos «hijos de Dios».

Este tema de nuestra filiación con Dios se manifiesta en la filiación única de Jesús con el Padre en el Evangelio. José y María encuentran al joven Jesús en el templo, en la casa de su Padre. Estos temas nos indican que, aunque nuestros lazos familiares son importantes, el lazo más importante es que somos hijos de Dios, que nuestro hogar verdadero es la casa o templo de Dios, que nuestro padre verdadero es Dios, que nuestro hermano verdadero es Jesucristo, y que nuestra familia más significante es la comunión de los santos. En otro punto en su ministerio, Jesús aclara que en el cielo no existe el matrimonio. Asi vemos que nuestra verdadera familia eterna será algo diferente de lo que tenemos en este mundo. Por eso a veces, en algunos casos dificiles, hasta es necesario romper ciertos lazos familiares que interfieren con la voluntad de Dios porque nuestra familia más significante e importante es la familia que se reune alrededor de la familia divina que es la Trinidad. Somos primero hijos de Dios y nunca debemos de olvidarlo.

21.12.03

Último Domingo de Adviento: Miqueas 5, 1-4; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

La humildad de una semilla o grano que acaba en grandeza es un tema profundo y extenso en las Escrituras, sea en el Viejo o en el Nuevo Testamento, consumido en la parábola del grano de mostaza de Jesucristo (Lucas 13, 19).

El profeta Miqueas transmite lo que le dice el Señor: que de «Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá» vendrá el rey de Israel. Belén, la ciudad de David, pequeña y humilde como David mismo quien, aunque de ser el mas insignificante de sus hermanos, fue elegido como rey. También Miqueas habla que «el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz». La que ha de dar a luz es, como opinan los comentaristas de La Biblia Nueva de Jerusalén, «la madre del Mesías . . . . Miqueas piensa quizá en el oráculo» de Isaías 7,14. En ese oráculo, Isaías habla de la doncella o muchacha que será la madre del Mesías. En la versión griega del Antiguo Testamento se traduzco la palabra hebrea «muchacha» por la palabra «virgen». Los mismos comentaristas notan que esa traducción «es un testimonio de la interpretación judía antigua, consagrada por» San Mateo (Mt. 1,23) que aplica esa profecía a la Virgen María.

En la Carta a los Hebreos, San Pablo nos habla del cuerpo de Cristo por cuyo sacrificio «quedamos santificados». En la misma carta (Hb 7), Pablo muestra que Jesucristo es el Sumo Sacerdote, eterno y divino, en la linea de Melquisedec (Génesis 14, 18). Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio Eterno de su cuerpo, el mismo cuerpo nacido en la aldea humilde de Belén en circunstancias de gran humildad.

En el Evangelio, tenemos a María, la muchacha virgen y humilde, visitando a Isabel que la saluda con las palabras que ahora rezamos en el Santo Rosario: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» La humilde María, una muchacha, es la escogida por el Señor para recibir la semilla divina por medio del Espíritu Santo. María responde al saludo de Isabel con su Cántico de gracias al Señor por haber escogido su esclava humilde para salvar a Israel (Lc 1, 46-55). En ese Cántico, María, como la primera cristiana, participa en la primera acción de gracias eucarística al recibir el cuerpo de Jesucristo en su vientre por medio del Espíritu Santo. Ella responde plenamenta a Jesucristo, el divino y eterno Sumo Sacerdote, que ofrece su cuerpo al mundo por medio del Espíritu Santo. Belén, María, la semilla: todos de génesis humilde pero de todos estos vendrá el rey del universo, Jesucristo.

14.12.03

Domingo «Gaudete»: Sofonías 3, 14-18; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

¡Que felicidad! Estamos salvos. El profeta Sofonías nos manda a cantar, da gritos, gozar, regocijar.
¿Porqué? Porque el Señor «ha expulsado a todos tus enemigos».

En el salmo de hoy, el profeta Isaías, llamado el «quinto evangelista», también nos anuncia la razón: «El Señor es mi Dios y salvador, con él estoy seguro y nada temo».

San Pablo nos da un nuevo mandamiento: «Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense!» En el griego original, esta orden imperativa denota que es una acción que se tiene que repetir siempre, en cada ocasión. No es una celebración que se limita a una instancia.

San Juan Bautista eleva la exitación del pueblo cuando les dice que vendrá alguien quien «los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

Seremos obedientes. Nos alegramos hoy y siempre que ha llegado y va llegar la salvación. Todos nuestros enemigos, incluso la muerte, están derrotados.

7.12.03

Segunda Semana de Adviento: Baruc 5, 1-9; Filipenses 1, 4-6.8-11; Lucas 3, 1-6

La primera lectura es del profeta Baruc, otro libro bíblico despojado de la Biblia por el protestantismo aunque los padres de la Iglesia, como Atenagoras, San Ireneo, y Clemente de Alexandria lo consideraban como libro inspirado por Dios (vea Antonio Fuentes, Que Dice La Biblia [Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 1983], sobre Baruc). Otras fuentes académicas indican que Baruc representa la situación de los judíos en la diáspora en el siglo antes de la venida de Cristo. De todo modo, Baruc nos indica la esperanza mesiánica que anticipa el Nuevo Testamento.

Por cuenta mía, se encuentra la palabra «gloria» cinco veces en la lectura de Baruc. ¿Qué es la gloria? Un diccionario propone el sentido de lo que «ennoblece o ilustra». Baruc habla de la gloria que es nuestro destino prometido por Dios. En esta gloria, nuestra humanidad estará elevada e ilustrada en toda nobilidad por la gracia de Dios. La ansia por el Mesías surge por nuestra hambre para satisfacer nuestra humanidad en la nobleza completa.

En el Evangelio, San Juan Bautista predica sobre «las predicciones del profeta Isaías» que todo será reparado, recto, rellenado, y derecho cuando llegará la salvación de Dios. Todos los defectos de nuestra presente humanidad seran reparados. Y esto será la salvación de Dios.

San Pablo también nos habla de la gloria, de nuestro destino de dar gloria a Dios. Pablo nos dice que si siguen creciendo nuestro amor, conocimiento, y sensibilidad espiritual llegaremos «limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo . . . para gloria y alabanza de Dios». La gloria nuestra será la gloria de Dios.

Por esta razón, el padre de la Iglesia, San Ireneo (130-200 A. de C.) es famoso por su refrán que la gloria de Dios es el hombre viviente o plenamente vivo (Gloria Dei vivens homo)-- uno de los mismos padres de la Iglesia que testifica por la inclusión del profeta Baruc en el canon bíblico.