30.11.03

Primera Semana de Adviento: Jeremí­as 33, 14-16; 1 Ts 3, 12 - 4, 2; Lucas 21, 25-28.34-36

Ya viene el Señor. Viene hoy si declaramos que él es la única esperanza que tenemos en esta vida. Eso es lo que se llama la «escatología realizada». En esta venida, Cristo entra en las entrañas de nuestro ser que se abre en arrepentimiento y conversión continua. También viene en la hora desconocida de la muerte de cada uno que lee estas palabras. En esa hora tendremos un encuentro con Cristo quien nos juzgará en un juicio particular. Al fin de este mundo, los muertos serán resucitados y todos serán juzgados por Cristo en el juicio general. Y también viene Cristo en el recuerdo de la Encarnación que es el evento clave de la historia mundial, la precondición de todas estas venidas.

Estos son todos los aspectos de Adviento, de la Venida de Cristo, y los vemos en las Escrituras. El profeta Jeremías apunta a la Encarnación cuanda predice el rey «del tronco de David». También apunta a la Segunda Venida de Cristo cuando inaugurará su reino final de justicia total. San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses nos advierte que estemos preparados con «corazones irreprochables» para el día en que venga Jesucristo. En el Evangelio, Cristo mismo nos urge que estemos despiertos y alertos para su llegada que «caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra».

Todos estos aspectos de la Venida de Cristo surgen de la revelación bíblica. Para ser fieles a esa revelación, tenemos que tener todos estos aspectos de la Venida de Cristo presentes en nuestras vidas: el recuerdo de la Encarnación histórica, la venida de Cristo en nuestros corazones (vea Lucas 17, 21), el encuentro con Cristo en la hora de la muerte (vea Lucas 23, 43), y la Segunda Venida de Cristo al fin del mundo. La visión católica incluye a todos estos aspectos bíblicos de la Venida de Cristo.

23.11.03

Cristo Rey: Daniel 7, 13-14; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33-37

Nuestro rey es Jesucristo. El profeta Daniel anticipa el reino de Cristo en cual «todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo» sirven. En la Apocalipsis, San Juan llama al Cristo soberano «el testigo fiel.» En el evangelio, San Juan da énfasis a Cristo como rey de la verdad: «Yo nací­ y vine al mundo para ser testigo de la verdad.» Es San Juan también que nos dice en su primera epí­stola que Dios es amor (1 Jn 5, 8).

Jesucristo, nuestro Dios, es Verdad y Amor. Su soberaní­a y su poder son inseparables de la Verdad. Y la Verdad es inseparable del Amor. Nosotros a veces nos engañamos que el amor y la verdad se pueden separar y sustituimos una llamada compasión sin verdad por un amor verdadero. La compasión sin verdad es mentira, y la mentira no es compasión sino un fraude. El reino de Cristo se funda en su testimonio fiel a la verdad. Ese testimonio es amor. Se probó en la cruz.

No tenemos derecho de separar el amor de la verdad. Cuando lo hacemos, estamos atacando al reino de Cristo y quedaremos derrotados.

16.11.03

Trigésima Semana: Daniel 12, 1-3; Hebreos 10, 11-14.18; Marcos 13, 24-32

El profeta Daniel nos habla de Miguel, el arcángel, al cual se refiere en el Nuevo Testamento (Épistola de San Judas 9). Daniel describe «un tiempo de angustia» (traducción del Misal Romano Diario).

En la Épistola a los Hebreos, el escritor paulino habla de Cristo que se sentó «a la derecha de Dios» hasta «que sus enemigos sean puestos bajo sus pies.»

En el evangelio, San Marcos transmite un discurso complejo de Jesucristo sobre los mismos temas escatalógicos. Jesucristo describe las tribulaciones que llegarán antes de la venida en gloria del Hijo del hombre. Es un discurso complicado porque se reunen en un solo discurso referencias a la llamada «crisis mesiánica» (la crucifixión, muerte, y resurrección de Cristo seguida después por su ascensión al cielo y la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70) y referencias al fin del mundo propio.

Por eso, Cristo dice que la generación que lo escucha no pasará sin ver la gloria del Hijo del hombre. Esta gloria es la gloria del Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Cristo.

También Cristo dice que ni el Hijo conoce el dí­a o la hora de llegada del Hijo del hombre sobre las nubes. ¿Si Cristo es, como creemos, Dios y uno con el Padre, cómo es que no sabe el dí­a o la hora? En la tradición cristiana se responde con la enseñanza que no es una ignorancia esencial pero una ignorancia «económica» por cual Jesús en su ministerio en el mundo difiere a la autoridad del Padre el dí­a y la hora del fin del mundo (vea Hechos 1, 7). Es una ignoriancia «económica» en el sentido que existe para cumplir la voluntad y el plan salvador del Padre en la historia humana. Pero queda la integridad de la enseñanza que, como Dios, Jesucristo tiene el mismo conocimiento que el Padre.

Al fin, el mensaje central de estos textos es que tenemos que estar alertos para ver la llegada de Cristo en las crisis de nuestras vidas como la generación que vió la destrucción del templo en Jerusalén. Más importante es que tenemos que estar alertos para la llegada final de Cristo cuando se acabe el mundo.

9.11.03

Dedicación de la Basílica de Letrán: Ezequiel 47, 1-2.8-9.12; Corintios 3, 9-11.16-17; Juan 2, 13-22

La Basílica de Letrán es la catedral del Papa en Roma y la iglesia llamada "Madre y Cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo," según el Misal Romano Diario publicado por la casa editorial estadounidense Our Sunday Visitor. Esta fiesta celebra nuestra unión con el Papa como obispo de Roma y también como nuestro pastor y obispo universal. Tenemos una relación directa con el Papa que es nuestro pastor igual que el obispo diocesano y el pastor parroquial. La única diferencia es que el Papa tiene el pastorado supremo.

El profeta Ezequiel proclama una visión del templo de Dios de donde surge un río que da vida abundante a todos y que sanea el mar. Igualmente, si estamos en comunión con el Papa, el obispo de Roma donde tenemos nuestro templo principal, tomaremos del río de su enseñanza que nos dará vida abundante.

En su carta a los corintios, San Pablo nos anuncia que cada uno de nosotros es un templo de Dios y del Espíritu Santo. El Papa Juan Pablo II ha enseñado constantemente sobre la llamada teología del cuerpo, una teología que es más nada que una exploración del mensaje de San Pablo que nuestros cuerpos son templos de Dios. Por eso San Pablo habla en el sexto capítulo de la misma carta sobre la necesidad de rechazar la inmoralidad sexual porque es violación del templo de Dios. Si escuchamos este mensaje del Papa, tendremos vida abundante porque glorificaremos a Dios con nuestros cuerpos que pertenecen a Dios. Por eso se puede decir que la inmoralidad sexual es un sacrilegio.

En el evangelio, Jesús les dice a los judíos que él levantará en tres días al templo destruido. Obviamente se refiere a su resurrección física. Esa resurrección fisíca verifica que nuestros cuerpos pertenecen a Dios, como dice San Pablo. San Pablo también se refiere a la resurrección fisíca como prueba que nuestros cuerpos fueron hechos para la santidad y no para la inmoralidad.

Desde el templo principal de Roma, la iglesia del obispo de Roma, el Papa, viene una enseñanza de vida abundante: nuestro cuerpo es el templo de Dios. Con esa enseñanza, usaremos nuestros cuerpos para cooperar con Dios en fundar familias físicas y espirituales, y no gastaremos nuestros cuerpos en la esterilidad de la inmoralidad.

2.11.03

Todos Los Fieles Difuntos: Isaías 25, 6.7-9; Romanos 5, 5-11; Marcos 15, 33-39;16, 1-6

El católico sigue obrando por sus familiares y amigos que han muerto. Por medio de la oración, el católico, siguiendo la costumbre de la iglesia primitiva, ora para asistir a los difuntos, pidiendo que lleguen a ver la cara de Dios. Creemos que después de la muerte muchos necesitan una purificación antes de ver la plenitud de Dios. Nuestras oraciones ayudan a los que están en ese proceso de purificación. Cuando ya lleguen a ver la cara de Dios, estos mismos difuntos, que hemos asistido con nuestras oraciones, ayudarán a los que quedamos todavía en la tierra. Esto es la comunión, los lazos, de los santos.

El profeta Isaías proclama que Dios "consumirá a la Muerte definitivamente" (Is. 25, 8). Esta profecia se cumplió en la Resurrección de Cristo anunciada por el joven vestido de blanco en la tumba vacía: "Ved el lugar donde lo pusieron" (Mc. 16, 6). Por eso, como dice San Pablo, "la esperanza no falla . . . ." (Rm. 5, 5). Y nuestra esperanza no falla por los fieles difuntos.