29.6.03

San Pedro y San Pablo, Apóstoles: Hechos 12, 1-11; 2 Tm 4, 6-8.17-18; Mateo 16, 13-19

En esta solemnidad celebramos los dos apóstoles más grandes de la Iglesia. Pedro, la piedra de la Iglesia, que ejerce los supremos poderes pastorales dados a él por el mismo Jesucristo, y Pablo el apóstol destinado por Dios para predicar el evangelio a todas las naciones. En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos como el ángel de Dios libera a Pedro que se encontraba en la cárcel de Herodes. Ya vemos la providencia divina preservando a Pedro hasta que llegue a Roma donde sufrirá el martirio que establece la preeminencia de Roma en la Iglesia. A la misma vez, vemos la potencia real de la oración intercesoria de los cristianos cuando San Lucas escribe que "la iglesia oraba insistentemente por él a Dios" (Hechos 12, 5). En este detalle, San Lucas nos confirma que como cristianos afirmamos que nuestras oraciones toman un papel efectivo en los diseños de la providencia divina que cambia la historia de los hombres.

En la lectura de la Segunda Carta a Timoteo, San Pablo escribe las palabras lí­ricas que resumen emocionalmente su vida como apóstol a los gentiles. Como en la vida de Pedro, vemos en la vida de Pablo la intervención de Dios para preservarlo de todo peligro hasta el momento determinado de su martirio, también en Roma. Pablo escribe que "[e]l Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial" (2 Tm 4, 18). Otra vez vemos la fe en la providencia de Dios que nos protege para poder alcanzar nuestro destino y vocación como cristianos y apóstoles.

En el evangelio de San Mateo, Jesucristo declara a Pedro la piedra donde edificará su Iglesia (Mateo 16:18). Desde los primeros siglos de la Iglesia, se ha entendido que la "piedra" significa la fe de Pedro en Cristo, el Hijo de Dios, y también el primado personal de Pedro como pastor supremo de la Iglesia. El primado personal dado a Pedro se manifiesta también en la declaración siguiente en versículo diecinueve donde Jesucristo le da a Pedro "las llaves del Reino de los Cielos" y declara que "lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos." El comentario sobre este versí­culo de la Biblia de Jerusalén indica la importancia de tal declaración: "Atar y desatar, en el lenguaje de los rabinos, es condenar y absolver, prohibir y permitir. Pedro, mayordomo de la Casa de Dios, tiene el poder disciplinar de abrir or cerrar el acceso al Reino, . . . , y de administrar la comunidad con decisiones, que serán ratificadas por Dios."

Consecuentemente, vemos en las lecturas de hoy el desarollo de la providencia divina que preserva a Pedro de todo peligro hasta que llegue a Roma donde con su martirio quedará el legado de su primado para el futuro. También vemos la protección divina de San Pablo que igual que Pedro será protegido hasta su martirio en Roma. La preeminencia de Roma asi queda establecida por la sangre de los dos apóstoles más grandes de la Iglesia: con la sangre de Pedro que establece la preeminencia de Roma en el gobierno de la Iglesia y con la sangre de Pablo que establece la preeminencia de Roma en la predicación del evangelio a todo el mundo.

22.6.03

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Éxodo 24, 3-8; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12-16, 22-26

En el libro del Éxodo, Moisés "tomó la sangre, rocío con ella al pueblo y dijo: 'Ésta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras' ". Las palabras que habían oído eran los mandamientos y las normas del Señor.

La sangre usada por Moisés para ratificar la Alianza con el Señor era la sangre de animales sacrificados en un altar "con doce estelas por las doce tribus de Israel". En el evangelio, vemos la preparación de la cena pascual que Jesús comerá con los doce apóstoles. La mesa de la cena pascual será el nuevo altar con "doce estelas" nuevas que serán los doce apóstoles. En esa cena, Jesús proclamará con palabras que recuerdan a las mismas usadas por Moisés: "Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos" (Marcos 14, 24). Este nuevo sacrificio, ya no de animales pero del único Hijo de Dios, ocurre después que han recibido los apóstoles los nuevos mandamientos de Dios durante el ministerio público de Jesucristo.

En la Epístola a los Hebreos, se celebra la mayor potencia de la sangre de Cristo comparada con la sangre de los animales sacrificados bajo la vieja alianza: "¡cuanto más la sangre de Cristo . . . purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo!" (Hebreos 9, 12).

Esto es lo que celebramos con alegría hoy: que estamos purificados por la sangre de Cristo "consiguiendo una liberación definitiva" (Hebreos 9, 12). La nueva alianza es definitiva porque vino por el sacrificio del Hijo de Dios. Nos trae la liberación de la muerte que es producto del pecado. Y con esta purificación empezamos a vivir aun en la tierra en el reino nuevo de Dios que será realizado completamente cuando este mundo material será convertido a una nueva creación al fin de la historia.



15.6.03

La Santísima Trinidad: Deuteronomio 4, 32-34.39-40; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos expone el corazón literal de la doctrina cristiana. Hoy en día la gran mayoria de los que se llaman cristianos, sean católicos, protestantes, pentecostales o de las iglesias orientales, afirman que hay tres personas, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, en un solo Dios todopoderoso. El bautismo en el nombre de la Trinidad nos une con millones afuera de la Iglesia Católica. La Iglesia enseña que tal bautismo común crea una relación imperfecta e incompleta pero todaví­a verdadera para cada unos de estos millones con la Iglesia Católica. Es ciertamente un milagro que tantos, a pesar del desarollo de tantas diversas doctrinas y costumbres, han mantenido la fe en la Trinidad. Por cierto podemos decir que esta solemnidad que celebaramos hoy es una celebración profundamente ecuménica.

En Deuteronomio, vemos la proclamación de Dios todopoderso "alla arriba en el cielo, y aquí­ abajo en la tierra" (Dt 4, 39). Igualmente oimos las palabras del Jesús resucitado a los apóstoles: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Jesús es igual a ese mismo Dios todopoderoso proclamado en la Torá que domina el cielo y la tierra. En su Carta a los Romanos, San Pablo entonces nos habla del Espíritu de Dios que nos permite "exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 15) juntos con Cristo el Hijo de Dios (Rm 1, 1-4). Y finalmente con las palabras del formulario bautismal Jesucristo proclama juntos: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28:19). Las Escrituras nos gritan de la Trinidad, aunque tomó varios siglos para que la Iglesia hablara con precisión sobre las relaciones de las personas de la Trinidad. Pero como católicos también creemos que ese proceso de expresar con más precisión el misterio de la Trinidad fue producto del mismo Espíritu Santo que forma parte de la Trinidad bíblica.

8.6.03

Domingo de Pentecostés: Hechos 2, 1-11; Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20, 19-23

En la primera lectura de los Hechos, el don del Espíritu Santo hace posible la proclamación de "las maravillas de Dios" a los judíos y prosélitos congregados en Jerusalén por la fiesta judí­a de Pentecostés desde las diversas naciones de la diaspora (Hechos 2, 11). Los comentaristas nos indican que en esta proclamación en todas las lenguas del mundo conocido tenemos la revelación de la unidad nueva por medio del Espí­ritu Santo que surge en el mundo en contraste con la división original de los pueblos que se ilustra en la historia de la torre de Babel (Génesis 11, 1-9). Esta memoria de la división lingüistica original queda recordada en manera curiosa por el hecho que en España todaví­a se conoce el dialecto de los asturianos come el "babel."

Para nosotros, "babel" todaví­a significa confusion. Con el Espí­ritu Santo, llega finalmente la claridad. ¿Cuál es el contenido de esta proclamación que nos trae la claridad universal? La referencia en esta parte de los Hechos es a la proclamación de "las maravillas de Dios." En el discurso de Pedro a la gente despúes de la llegada del Espí­ritu con el don de lenguas, Pedro proclama a "Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos . . . . " (Hechos 2, 22). El contenido de las lenguas de Pentecostés es la proclamación, llamada en el griego neotestamentario el kerygma, de las maravillas de Dios en la vida y muerte de Jesús culminando con la maravilla de las maravillas, la Resurrección.

En la Primera Epí­stola de San Pablo a los Corintios, Pablo nos dice claramente que "nadie puede decir: `¡Jesús es Señor¡ sino movido por el Espí­ritu Santo" (Corintios 12, 3). La manifestación del Espí­ritu Santo es fundamentalmente esta proclamación de la señorío universal de Jesucristo. Las maravillas proclamadas en Pentecostés afirman esta señoria de Jesucristo sobre todas las naciones.

En el evangelio, San Juan transmite la historia de la aparición del Jesús resucitado a los discí­pulos. Lo primero que occure es que Jesucristo les muestra "las manos y el costado" para confirmar su identidad. Otra vez, se muestra el papel clave de la realidad de la Resurrección verdadera y corporal de Jesucristo. Jesús entonces les otorga el don del Espí­ritu Santo diciendoles que "[a] quienes perdonéis los pecados, se quedan perdonados, a quienes se los retengéis, les quedan retenidos" (Juan 20, 23). En la tradición de la Iglesia, aquí­ Jesús instituye el sacramento de la confesión por cual los successores de los apóstoles en el sacerdocio ministerial perdonan los pecados en el nombre de Jesucristo actuando en la persona de Cristo. Aquí­ también esta otro tema esencial de la proclamación apostólica de Pentecostés: la conversión y el perdón de los pecados en Jesucristo también indicado en el discurso de Pedro (Hechos 2, 38).

En resumen, las lecturas de hoy nos indican el contenido comunicado a los peregrinos de la diaspora en el dí­a de Pentecostés: este Jesús aprobado por Dios por el hecho de las maravillas de Dios terminando en la maravilla de las maravillas, la Resurrección, es el Señor de la creación entera y por este mismo viene el perdón de los pecados por medio del ministerio apostólico.

Nota: De ahora en adelante, la edición de la Biblia usada en estos comentarios dominicales es la Biblia de Jerusalén, nueva edición revisada y aumentada (Bilbao: Desclée de Brouwer 1998). Se puede obtener en Pauline Books & Media (www.pauline.org).

6.6.03

Artículos de New Oxford Review en Español


La revista norteamericana New Oxford Review, una revista católica de perspectiva ortodoxa (en el mundo del católicismo norteamericano es lamentablemente necesario definir la perspectiva con precisión), anuncia en su más reciente edición que ofrece gratis artículos de sus páginas en español en su sitio de internet. El enlace es www.newoxfordreview.com. O puede usar este enlace para llegar directamente a la sección en español: New Oxford Review.

1.6.03

La Ascensión del Señor: Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

La oración colecta de hoy nos da un prisma de gran alcance para comprender las lecturas de hoy: "su triunfo es también nuestra victoria, pues a donde llega el, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo." Este acoplamiento profundo entre la colecta y las tres lecturas bí­blicas acenta la esencia bí­blica de la Misa: los rezos litúrgicos señalan a las Escrituras, y las Escrituras apuntan a los rezos litúrgicos, formando juntos un servicio bí­blico integrado.

En la primera lectura de los Hechos, los apóstoles preguntan a Jesús si va a restablecer el reino a Israel. Jesús en efecto les dice que ellos son los que establecerán el Reino de Dios, la nueva creación, como testigos a "los últimos rincones de la tierra" después de que hayan recibido el Espí­ritu Santo. Siendo testigos en el Espí­ritu Santo, los apóstoles causarán la entrada de la nueva creación en la tierra, "el Reino del Dios" de cual Jesús les dio instrucciones por cuarenta dí­as después de su pasión. Este periodo de la preparación de cuarenta dí­as recuerda los cuarenta dí­as que Moisés pasó en el monte de Sinai­ recibiendo instrucciones de Dios (Éxodo 24, 18) y los cuarenta dí­as de la tentación de Jesús en el desierto al principio de su ministerio (Lucas 4, 1-2).

En la segunda lectura de la carta de Pablo a los efesios, Pablo ruega que Dios le conceda el Espíritu Santo a los efesios para aclararles que son parte de la iglesia, el cuerpo de Cristo. Los efesios a través de la iglesia son parte del cuerpo y "la plenitud del que lo consuma todo en todo" (Efesios 1, 23). La iglesia es la plenitud o, en griego, pleroma de Cristo en la nueva creación.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús, antes de su ascensión al cielo, pide que los apóstoles "prediquen el Evangelio a toda criatura" (Marcos 16, 15). Una vez más son los apóstoles, a través de las muestras que se presentan por el poder del Espí­ritu Santo, que establecerán la nueva creación por la predicación del Evangelio a toda la creación. En conclusión, testificando al Evangelio, nosotros seguimos, según lo indicado en la oración colecta, a Jesús en la nueva creación como su cuerpo en la tierra.