5.10.03

Vigésimo Séptimo Domingo del T.O.: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16

Hoy el tema es el matrimonio, un tema que viene a propósito en estos tiempos en que el mundo quiere continuar cambiando la esencia del matrimonio. En primer lugar, vemos en la lectura de Génesis que fue Dios quien creó el matrimonio, no el hombre. Es una institución divina, no humana. También vemos que el matrimonio es esencialmente entre hombre y mujer. La mujer esta creada de la costilla del hombre. Cuando el primer hombre ve a la primera mujer, él reconoce que esta es "hueso de mis huesos y carne de mi carne" y se unen para ser "una sola carne" (Gen. 2:23, 24).

Por eso, la enseñanza católica es que el matrimonio puede ser solamente la unión de varón y mujer porque de esa maner se completan uno al otro. Es una unión complementaria en la cual se completan uno al otro. Esa complementaridad es imposible entre dos varones o entre dos mujeres, diga lo que diga la modernidad confusa y ciega.

La lectura de la Epístola a los Hebreos nos habla del sufrimiento de Cristo quien fue hecho perfecto en el sufrimiento "en su papel de santificador y salvador" (Nota editorial a Heb. 2:10 en la Nueva Biblia de Jerusalén). Nosotros también, especialmente en el matrimonio, tenemos que buscar la perfección mediante el sufrimiento en un amor sacrificial que imita al amor salvífico de Cristo.

En el Evangelio, Jesús le proclama a los fariseos el origen divino del matrimonio usando las mismas palabras leídas hoy en el libro de Génesis referiendose a la unión carnal del hombre y la mujer. Jesús también anuncia que el matrimonio es permanente e indisoluble: "Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre" (Marcos 10:8). Para mantener el cáracter indisoluble del matrimonio los esposos tienen que ser perfeccionados mediante el sufrimiento y el sacrificio celebrado en la lectura de Hebreos. Si rechazamos ser perfeccionados mediante el sufrimiento en un amor sacrificial y huimos con miedo el sufrimiento, llegaremos al divorcio y sus consecuencias graves a nosotros y a nuestros hijos.

También en el Evangelio de hoy, tenemos la historia de Jesús regañando a sus discípulos por impidir que los niños lleguen a él. Jesús les dice: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios" (Marcos 10:14). A primera vista esta historia no parece tener relación al tema del matrimonio. Hasta encontré un comentarista norteamericano que recomienda que no se lea hoy en la misa la versión larga de la lectura del Evangelio que incluye esta historia de Jesús y los niños. El comentarista notaba que el tema de los niños es una "distracción" del tema del matrimonio que predomina en las lecturas de hoy.

La observación del comentarista es absurda para quien tenga oidos para oir. El Concilio del Segundo Vaticano enseña que el matrimonio es ordenado para la procreación y la educación de los niños (Gaudium et Spes, 48). Por tal razón es perfectamente pertiniente que los versos en que Jesús da su enseñanza sobre el matrimonio sean seguidos por estos versos en que Jesús nos llama a recibir a los niños. Aquí se ve el origen de la enseñanza de la Iglesia que el acto matrimonial por cual el hombre y la mujer se hacen una sola carne tiene que siempre estar abierto a la vida nueva, a la posibilidad de dar vida a un niño. Por eso la condenación de los contraceptivos es una condenación evangélica y bíblica y no inventada por la Iglesia.

No hay comentarios: