19.10.03

Domingo, Vigésima Novena Semana: Isaí­as 53, 10-11; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

El tema de estas lecuturas nos lleva al centro de la vida cristiana, al sufrimiento. El profeta Isaí­as nos habla del Siervo que sufre, que se hace sufrir por los otros, y nos da la promesa del Señor que él que se atreve a entregarse al sufrimiento "verá descendencia, alargará sus dí­as, y lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano" (Is. 53, 10).

En la carta a los hebreos, el autor nos presenta Jesús como nuestro gran sumo sacerdote que puede "compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado"(Hb. 4, 15). Por esa identidad de Jesucristo con los sufirmientos de nuestra humanidad, nos podemos unir con su sacrificio eterno en la cruz.

En el evangelio, Jesús le responde a los apóstoles que piden lugares de honor en el reino de Cristo si están preparados a sufrir come él. Entonces les instruye a todos los apóstoles que él que quiera ser el más grande tendrá que ser el escavo de todos (Mc 10, 43-44). Otra vez el camino del sufrimiento se abre como la vía verdadera a la grandeza auténtica.

Por este modo, transforma Jesús la realidad inevitable del sufrimiento humano a un sacrificio lleno de significado eterno. Esta transformación se hace en la cruz. Por eso vemos el significado eterno de nuestros sufrimientos en este mundo en esa cruz, en el crucifijo. Al unir nuestros sufrimientos a la cruz de Cristo, entraremos en la vida descrita por el profeta Isaí­as, una vida en que veremos el fruto--la "descendencia"-- del sufrimiento nuestro.

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