26.10.03

Domingo, Trigésima Semana: Jeremías 31, 7-9; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10, 46-52

En las sociedades avanzadas del occidente, hay una tendencia, hasta legal en algunos paises, a mirar toda incapacidad e imperfección física como un defecto que roba a la vida de todo valor. Por eso vemos la tendencia a la eutanasia. La sociedad sin fe juzga que la vida débil e imperfecta no vale nada y por eso debe de ser eliminada para no imponer cargos al placer y a la conveniencia de los supuestos perfectos. Este tema encuentra su respuesta definitiva en las Escrituras que nos enseñan que el poder de Dios se manifiesta precisamente en los débiles e incapacitados.

El profeta Jeremías nos pinta un retrato dramático de la salvación de Israel. Esta salvación incluirá a los ciegos, los cojos, y a las mujeres encinta y que acaban de dar a luz ( Jr. 31, 8). Estos son por su condición física los vulnerables y débiles. Jeremías afirma que hasta estos son salvos y que Dios con solicitud por su debilidad los lleva "por camino llano, en que no tropiecen" (Jr. 31, 9).

En el Evangelio, Jesús sana al ciego Bartimeo, que aunque ciego, es el único que ve que Jesús es el Mesías, el Hijo de David (Mc 10,46-47). El ciego se levanta, brinca hacia Jesús, "arrojando su manto" (Mc 19, 50). Como comentó un cura en su homilía, el ciego era un mendigo que arrojó su única propriedad, el manto, para llegar a Jesús. Vemos al débil preparado a abandonar a todo lo poco que tiene porque está tan consciente de su necesidad de ser curado. Vemos la sabiduría del débil en su fe.

En la carta a los hebreos, el autor nos habla otra vez de Jesús como el sumo sacerdote llamado por Dios. Unos pocos versos siguiente a la lectura de hoy, el autor nos recuerda que Jesús llegó a la perfección por sus sufrimientos y su experiencia de la debilidad (Hb. 5, 7). Nuestro sumo sacerdote primero pasó por la experiencia de la debilidad y del sufrimiento.

Por eso, el creyente no se queda hipnotizado por la debilidad física del mismo o de otros. El creyente reconoce y confía en la promesa de Dios, la promesa de salvar con solicitud especial a los que son llamados débiles e imperfectos por el mundo. Esta promesa se confirma en que Jesús despues de su sufrimiento y de su experiencia de la debilidad humana resuscitó y llego a ser nuestro sumo sacerdote en el templo celestial. Por eso rechazamos la eutanasia que es en sí misma un rechazo a la voluntad salvadora de Dios.

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