7.9.03

Vigésima Tercera Semana del T.O.: Isaías 35, 4-7; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

El profeta Isaías nos da una visión escatológica de la intervención del Señor en la historia de su pueblo. En esa intervención, los ciegos verán, los sordos oirán, los cojos saltarán, y los mudos gritarán (Is. 35, 5-6). Como nos dicen los comentaristas, en Isaías, Dios es el Señor de la historia que controla los destinos de naciones y de toda gente. En el evangelio de hoy, la gente "se maravillaban sobremanera y decían: 'Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos' " (Mc. 7, 37).

¿Que aprendemos sobre Jesús cuando oímos estas dos lecturas? Aprendemos que Jesús es el mismo Señor de la historia proclamado en Isaías. Vemos que Jesús es el agente de la acción salvadora de Dios. Por eso, el credo mas primitivo de la cristiandad es la proclamación: "Jesús es Señor." En el evangelio de Juan, se declara explícitamente que Jesús es Dios (Jn 1, 1).

¿Que aprendemos sobre nuestra situación como humanos? Aprendemos que nuestro deseo natural por la perfección será satisfecha. En contra a las filosofías ateas y agnósticas del mundo, el cristiano afirma un optimismo sobre el proyecto humano que acabará en una transformación de nuestros cuerpos y nuestras mentes a la perfección. La prueba de este optimismo cósmico es la Resurrección de Cristo, confirmada históricamente en la tumba vacía y en las apariencias de Cristo a sus discípulos.

En la carta de Santiago, el apóstol nos obliga a rechazar el favoritismo a los ricos y a honrar a los pobres. Esta preferencia por los pobres está basada en la misma fe escatológica que hemos visto en las otras lecturas de hoy: "¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?" (St. 2, 5). La creencia cristiana en la acción de Dios en el los últimos tiempos es la fundación de nuestra preferencia por los pobres en este mundo. Como dijo Cristo: "Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros" (Mt. 19, 30).

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