28.9.03

Vigésima Sexta Semana del T.O.: Números 11, 25-29; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43.45.47-48

En el libro de Números, Moisés se alegra que el espíritu de Dios, el Espíritu Santo, ha caído no solamente sobre él mismo pero también sobre los ancianos de Israel. Los ancianos de Israel tenían el deber de hacer decisiones y de ayudar a gobernar el pueblo. Igualmente, hoy nosotros los católicos reconocemos que nuestros "ancianos," los presbíteros y los obispos unidos en comunión con el papa reciben los dones del Espíritu Santo. Es significante que la palabra "presbítero" que usamos para referir a nuestros sacerdotes es una traducción de la palabra hebrea usada para significar "anciano."

En el evangelio, Jesús como Moisés también se alegra que otros están curando en su nombre. Pero en la lectura de hoy, Jesús también exige mucho a sus discípulos. Primero, Jesús declara que a la persona que escandalice a los pequeños sería mejor que "le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar" (Mc 9, 42). Él que causa otro a pecar por mal ejemplo, por mal enseñanza, por el silencia aprovador sufrirá consecuencias graves. Tenemos que entender que no es solamente él que actualmente peca que será castigado, pero todo quien coopera en el pecado. Por eso tenemos obligación a nosotros mismos y a nuestros hijos de separarnos de los que aprueban el pecado, aunque sean miembros de nuestras mismas familias o amigos del pasado. Esa separación puede ser verbal o física dependiendo de las circunstancias evaluadas por medio de la oración que pide la prudencia dada por el Espíritu Santo.

Por eso, Jesús nos indica usando imagenes retóricos que tenemos que abandonar todo lo que nos impide entrar en el reino de Dios (Mc 9, 43-49). Todo deseo, todo enviciamento, toda amistad, hasta cada familiar tiene que ser evaluado bajo esta norma por medio de la oración. Nuestras ambiciones por poder, dinero, y lujuria tienen que ser cortadas y sacadas de nuestras vidas para entrar al reino de Dios.

Santiago repite esta enseñanza con énfasis en la ambición materialista. El cristiano tiene que seguir una vida de simplicida, no de lujo. El dinero que no necesitamos para un estilo de vida simple se tiene que usar para avanzar al reino de Dios por medio de ayuda a los pobres y ayuda a trabajos apóstolicos.

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