24.8.03

Domingo de la Vigésima Primera Semana: Josué 24, 1-2, 15-18; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

En la lectura primera, Josué da un discurso a los israelitas que estan a la orilla de la Tierra Prometida. Estan ya al entrar a esa tierra despues de los 40 años en el desierto. Josué les presenta el momento de la decisión en el cual tienen que elegir si van a seguir al Señor o si van a seguir a otros dioses. El pueblo declara su decisión para el Señor dando sus razones. Estas razones surgen de su experiencia de conversión, en la cual el Señor los sacó "de la casa de servidumbre" en Egipto y los protegió contra los peligros que les amenazaban en su escape de Egipto. Nosotros también si vamos a escoger al Señor como nuestro dios y abandonar los dioses de la secularidad, del materialismo, del prestigio, del vicio, y de las religiones falsas tenemos que escoger a base de nuestra conversión. Si escogemos a base solamente de razones sociales o por costumbre ciega, la decisión no será permanente. Tenemos que tener experiencia personal de la conversón del pecado. El pecado es nuestro Egipto. Y tenemos que abandonarnos a la voluntad de Dios y dejar la mentalidad del pecado. Y Dios nos salvará y nos dara el poder de conquistar nuestras tentaciones por medio de la renovación de nuestras mentes. Si escogemos al Señor a base de esa conversión personal, entraremos en una tierra nueva y prometida. La recepción de la Eucaristía es el sello de esa conversión y decisión.

En su Epístola a los Efesios, San Pablo compara la relación entre marido y mujer con la relación de Cristo con la Iglesia. El marido es la cabeza del matrimonio, como Cristo es la cabeza de la Iglesia. El marido tiene una relación eucarística con su esposa: es una carne con ella en la misma manera que Cristo tiene la Iglesia como su cuerpo realizado en manera poderosa en la Eucaristía. En las sociedades avanzadas del occidente, la declaración de Pablo que el marido es la cabeza de la mujer se considera un error ofensivo.

En el Evangelio de hoy, los discípulos también consideraron la declaración de Cristo de la realidad de la Eucaristía un escándalo ofensivo. En la lectura de Juan, se recuerda la reacción de los discípulos a su declaración que hay que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. Las Escrituras indican que muchos de los discípulos lo abandonaron después de esta declaración. Igualmente, hoy muchos abandonan las enseñanzas claras del Nuevo Testamente porque se ofienden de las partes que no reciben la aprobación de la cultura moderna del occidente, especialmente en Norteamérica y en Europa.

Como los discípulos, esta cultura moderna se ofiende de la realidad de la Eucaristía. El marido solamente puede ser cabeza de la mujer en una manera cristiana si es una relacion basada en la Eucaristía. Digo esto porque San Pablo claramente indica que la relación entre marido y mujer es la misma entre Cristo y la Iglesia. La Eucaristía es el vínculo esencial entre Cristo y la Iglesia: es una unidad eucarística. No se puede entender la concepción cristiana del matrimonio si no se entiende como una relación eucarística en la cual el marido da su cuerpo y su vida entera en sacrificio para la mujer. Este sacrificio total es la fundación esencial de la autoridad del marido sobre la mujer en la familia. Sin ese sacrificio de carácter eucarístico no se puede entender las palabras de San Pablo. Sin ese aspecto de sacrificio, la autoridad del marido queda solamente como un gesto tiránico. Sin ese sacrificio, el marido no es el salvador de la familia y queda como carga en la familia--un resultado aparente en el problema grave del abandono de mujeres y niños.

Igual que como los discípulos no pudieron entender las declaraciones eucarísticas de Jesucristo en el evangelio, también muchos hoy no entienden la autoridad del marido como cabeza de la familia. No entienden la enseñanza sobre la familia porque no entienden la relación eucarística de Cristo y su Iglesia. Si no entienden la Eucaristía, no entienden que la autoridad del marido y todas las otras formas de autoridad cristiana son esencialmente sacrificio y no poderío. Se necesita autoridad en toda realidad humana, incluso la familia, pero el cristianismo ofrece una concepción de la autoridad que no surge de nuestra mentalidad humana. Como los israelitas escuchando al discurso de Josué, tenemos que escoger a cual mentalidad y visión nos vamos a entregar.


No hay comentarios: