10.8.03

Domingo de la Decimonovena Semana: 1 Reyes 19, 4-8; Efesios 4, 30- 5, 2; Juan 6, 41-51

Como el domingo anterior, las lecturas de hoy se enfocan en la eucaristía. Elías está agotado y deprimido por la persecución que le ha caído por la maldad de la reina Jezabel. Cansado de la persecución, pide que Dios lo mate. Pero un ángel viene y le da comida, una torta, que le da fuerza para continuar su jornada, como Moisés, al monte de Horeb donde Dios se le había aparecido a Moisés.

En el evangelio, Jesucristo proclama que él es ciertamente el pan de vida y también se refiere al tiempo de Moisés al decir que los padres de los judíos habían comido el maná en el desierto pero habían muertos. Jesús continua: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo" (Jn 6, 51). Amenazados como todo hombre por la muerte, sufriendo persecución como Elías, sintiendo desesperación en frente a las desgracias de la vida y del pecado, necesitamos como Elías un alimento divino que nos da la fuerza para continuar nuestra jornada al monte de Dios. Este alimento divino, un alimento que nos alimenta por la eternidad, es la carne de Cristo en el maná nuevo de la eucaristía. Por eso, la eucaristía es el gran don y privilegio sagrado de cada católico que se convierte del pecado y que recibe la absolución sacramental por sus pecados graves. La eucaristía es el gran alimento que nos da vida eterna, empezando aun en nuestra vida terrestre. La vida eterna de la eucaristía empieza aquí en la tierra y acaba en el cielo y finalmente en la resurrección del cuerpo. Esta transformación surge de una eucaristía verdadera que nos da la carne de Cristo, no una eucaristía simbólica come en el protestantismo, sino una eucaristía verdadera consagrada por los herederos legítimos de los apóstoles.

En la carta a los efesios, San Pablo nos describe, como en la lectura del domingo pasado, la transformación radical que surge en los que comparten de Jesucristo, el pan de vida. En esta transformación somos "imitadores de Dios" que abandonamos todo tipo de maldad. Es una transformación posible solamente por el alimento milagroso del Pan de Vida.

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