20.7.03

Domingo de la Decimosexta Semana: Jeremías 23, 1-6; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

El profeta Jeremías vivió en tiempos catástroficos para el reino de Judá, tiempos de invasión y de corrupción. Jeremí­as se dedicaba, como otros profetas, a la proclamación del castigo de Dios para el pecado y para la corrupción en el individuo y en la nación. Hoy también muchos de nosotros vivimos en naciones que han abandonado la ley moral de Dios. Y vemos en todas partes las consecuencias desastrosas. En la lectura de hoy, Jeremí­as condena los pastores malos que han dejado al pueblo confuso y perdido. A la misma vez, proclama la promesa de un futuro rey justo que guardará las ovejas de todo peligro y confusión. Hoy mismo vemos algunos pastores falsos en la misma Iglesia que han dejado al pueblo de Dios en confusión hasta el punto de hacer olvidar la realidad grave del pecado como ofensa al Dios Creador. A la misma vez, tenemos por la gracia de Dios pastores fieles-- principalmente al Papa Juan Pablo II que sigue, aunque fí­sicamente agotado, con gran fuerza y vigor espiritual proclamando la verdad profética que tenemos que reconocer y abandonar el pecado contra la ley moral y objetiva de Dios y que a la misma vez tenemos la esperanza de la llegada del Rey Justo, Jesucristo, al fin del mundo.

En la Épistola a los Efesios, San Pablo nos habla de como Cristo ha destruido la división entre los judíos y las naciones para crear un hombre nuevo, reconciliados en un solo cuerpo (Efesios 2, 15-16). Aquí tenemos la realización de la vision mesiánica de los profetas de la antigua alianza. Dios anula la guerras antiguas entre los judíos y las naciones que les atacaban, creando un solo cuerpo, la Iglesia, en que todas las naciones, incluso los judíos propios, encontrarán la salvación y la paz. Igual que Jeremías, nosotros también vivimos en tiempos de inestabilidad, de exilio, y de guerra entre naciones y pueblos. Pero sabemos que pertenecemos a una sociedad permanente y divina que conquistará al mundo entero con la segunda llegada de Jesucristo. Tenemos que mantener esta perspectiva profética sobre todo el desorden que vemos en las sociedades y entre las sociedades: que en fin somos ciudadanos del Cuerpo de Cristo que nunca perecerá.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús enseña a la gente que están hambriente por un pastor autoritativo que enseñe la verdad. Jesús pone el ejemplo para los apóstoles que el ministerio y sacerdocio cristiano es una entrega completa para alimentar al pueblo de Dios. Por eso, hoy cuando vemos algunos pastores corruptos que anulan la palabra de Dios con sus enseñanzas falsas y hasta con su conducta inmoral, tenemos que entregarnos más que nunca a la tarea apóstolica de enseñar la verdad y condenar la corrupción que procede del pecado que no reconoce la ley moral de Dios, una ley que nunca perecerá.

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