13.7.03

Domingo de la Decimoquinta Semana: Amós 7, 12-15; Efesios 1, 3-14; San Marcos 6, 7-13

Amasías, el sacerdote de Betel, ordena al profeta Amós que se vaya del santuario real de Betel y que pare de profetizar en Israel. Amós responde que él no pertenece a los profetas profesionales que profetizan por utilidad y para ganancia. Al contrario, Amós le responde que Dios mismo lo sacó de su trabajo como pastor y vaquero para proclamar la palabra de Dios y el castigo que caerá sobre Israel.

En la Epístola a los Efesios, San Pablo describe a los cristianos como nuevos profetas que conocen el misterio de la voluntad de Dios "según el benévolo designio que en él [Cristo] se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza . . . ."(Efesios 1, 9-10).

En el evangelio, Jesús le da la misión profética a los Doce enviándolos "de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos" (Mc 6, 7). Como son apoderados y protegidos por Dios, los Doce solamente necesitan llevar un bastón para su viaje y serán testigos autoritativos de Dios con el poder de dar testimonio contra los pueblos que rechazen su mensaje profético. Como Amós, los Doce son escogidos por Dios. No son escogidos por su propria cuenta. Los frutos de esta misión son la expulsión de los demonios y la curación de los enfermos que ungían con aceite.

En este panorama bíbilico vemos la vocación e identidad profética del cristiano que es profeta porque conoce el designio divino de recapitular toda realidad en Cristo como cabeza de todo en el cielo y en la tierra. Específicamente, vemos la misión apóstolica que se continua hoy en los obispos de la Iglesia como sucesores de los Doce y especialmente en el sucesor de Pedro en Roma. Como Amós y los Doce, los obispos son escogidos por Dios por medio de la Iglesia y no se escojen ellos mismos para ganancia o utilidad personal. También vemos ya el sacramento de la Unción de Enfermos ordenado por Jesucristo. Tenemos el privilegio de contar como católicos con la continuación de la misión profética y apóstolica en el obispado y con el mismo poder sacramental manifestado en el ministerio apóstolico original.

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