8.6.03

Domingo de Pentecostés: Hechos 2, 1-11; Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20, 19-23

En la primera lectura de los Hechos, el don del Espíritu Santo hace posible la proclamación de "las maravillas de Dios" a los judíos y prosélitos congregados en Jerusalén por la fiesta judí­a de Pentecostés desde las diversas naciones de la diaspora (Hechos 2, 11). Los comentaristas nos indican que en esta proclamación en todas las lenguas del mundo conocido tenemos la revelación de la unidad nueva por medio del Espí­ritu Santo que surge en el mundo en contraste con la división original de los pueblos que se ilustra en la historia de la torre de Babel (Génesis 11, 1-9). Esta memoria de la división lingüistica original queda recordada en manera curiosa por el hecho que en España todaví­a se conoce el dialecto de los asturianos come el "babel."

Para nosotros, "babel" todaví­a significa confusion. Con el Espí­ritu Santo, llega finalmente la claridad. ¿Cuál es el contenido de esta proclamación que nos trae la claridad universal? La referencia en esta parte de los Hechos es a la proclamación de "las maravillas de Dios." En el discurso de Pedro a la gente despúes de la llegada del Espí­ritu con el don de lenguas, Pedro proclama a "Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos . . . . " (Hechos 2, 22). El contenido de las lenguas de Pentecostés es la proclamación, llamada en el griego neotestamentario el kerygma, de las maravillas de Dios en la vida y muerte de Jesús culminando con la maravilla de las maravillas, la Resurrección.

En la Primera Epí­stola de San Pablo a los Corintios, Pablo nos dice claramente que "nadie puede decir: `¡Jesús es Señor¡ sino movido por el Espí­ritu Santo" (Corintios 12, 3). La manifestación del Espí­ritu Santo es fundamentalmente esta proclamación de la señorío universal de Jesucristo. Las maravillas proclamadas en Pentecostés afirman esta señoria de Jesucristo sobre todas las naciones.

En el evangelio, San Juan transmite la historia de la aparición del Jesús resucitado a los discí­pulos. Lo primero que occure es que Jesucristo les muestra "las manos y el costado" para confirmar su identidad. Otra vez, se muestra el papel clave de la realidad de la Resurrección verdadera y corporal de Jesucristo. Jesús entonces les otorga el don del Espí­ritu Santo diciendoles que "[a] quienes perdonéis los pecados, se quedan perdonados, a quienes se los retengéis, les quedan retenidos" (Juan 20, 23). En la tradición de la Iglesia, aquí­ Jesús instituye el sacramento de la confesión por cual los successores de los apóstoles en el sacerdocio ministerial perdonan los pecados en el nombre de Jesucristo actuando en la persona de Cristo. Aquí­ también esta otro tema esencial de la proclamación apostólica de Pentecostés: la conversión y el perdón de los pecados en Jesucristo también indicado en el discurso de Pedro (Hechos 2, 38).

En resumen, las lecturas de hoy nos indican el contenido comunicado a los peregrinos de la diaspora en el dí­a de Pentecostés: este Jesús aprobado por Dios por el hecho de las maravillas de Dios terminando en la maravilla de las maravillas, la Resurrección, es el Señor de la creación entera y por este mismo viene el perdón de los pecados por medio del ministerio apostólico.

Nota: De ahora en adelante, la edición de la Biblia usada en estos comentarios dominicales es la Biblia de Jerusalén, nueva edición revisada y aumentada (Bilbao: Desclée de Brouwer 1998). Se puede obtener en Pauline Books & Media (www.pauline.org).

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