29.11.09

Primer Domingo de Adviento: Jeremías 33:14-16; 1 Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-28, 34-36

Ya viene el Señor. Viene hoy si declaramos que él es la única esperanza que tenemos en esta vida. Eso es lo que se llama la «escatología realizada». En esta venida, Cristo entra en las entrañas de nuestro ser que se abre en arrepentimiento y conversión continua. También viene en la hora desconocida de la muerte de cada uno que lee estas palabras. En esa hora tendremos un encuentro con Cristo quien nos juzgará en un juicio particular. Al fin de este mundo, los muertos serán resucitados y todos serán juzgados por Cristo en el juicio general. Y también viene Cristo en el recuerdo de la Encarnación que es el evento clave de la historia mundial, la precondición de todas estas venidas. Estos son todos los aspectos de Adviento, de la Venida de Cristo, y los vemos en las Escrituras. El profeta Jeremías apunta a la Encarnación cuanda predice el rey «del tronco de David». También apunta a la Segunda Venida de Cristo cuando inaugurará su reino final de justicia total. San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses nos advierte que estemos preparados con «corazones irreprochables» para el día en que venga Jesucristo. En el Evangelio, Cristo mismo nos urge que estemos despiertos y alertos para su llegada que «caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra». Todos estos aspectos de la Venida de Cristo surgen de la revelación bíblica. Para ser fieles a esa revelación, tenemos que tener todos estos aspectos de la Venida de Cristo presentes en nuestras vidas: el recuerdo de la Encarnación histórica, la venida de Cristo en nuestros corazones (vea Lucas 17, 21), el encuentro con Cristo en la hora de la muerte (vea Lucas 23, 43), y la Segunda Venida de Cristo al fin del mundo. La visión católica incluye a todos estos aspectos bíblicos de la Venida de Cristo.

22.11.09

Solemnidad de Cristo Rey: Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37

Lo hemos oído muchas veces: Cristo es rey. Todas las lecturas de hoy hablan de su reinado y su autoridad. En Daniel 7 (mencionado en mi último comentario de la semana pasada), vemos al Mesías ("Cristo" en griego) llegando a su puesto de autoridad a la diestra del Dios Padre. En la lectura de Apocalipsis, vemos otra vez las palabras de Daniel 7, ahora aplicadas explícitamente a Jesucristo como rey. En el Evangelio, Jesús le confiesa su identidad como rey a Poncio Pilato. En Daniel 7:14, se dice «gente de todas las naciones y lenguas le servían». En Apocalipsis 1:5, se dice que Jesucristo «tiene autoridad sobre los reyes de la tierra». En Juan 18:37, Jesús dice: «soy rey». No es solamente otro rey entre otros reyes: es el Rey de los reyes. En ese sagrario que visitas está el más potente del mundo entero, del universo entero. Jesús no solamente es amor; él es el amor de la persona más poderosa del universo. Por eso, el enfrentamiento con el representante romano Poncio Pilato es tan significante: Jesús es el verdadero rey; no lo es el emperador romano y sus representantes. Cuando confesamos a Cristo Rey, a la misma vez proclamamos algo verdaderamente revolucionario--más revolucionario que todos los otros gritos de la historia. Proclamamos que este Jesús es el único Rey y no hay otro. Cuando afirmamos el reinado de Cristo, afirmamos que todos que se creen poderosos son mentirosos y falsos. Reconoce la realidad explosiva que anuncias cuando proclamas a Cristo Rey.

15.11.09

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Daniel 12:1-3; Hebreos 10:11-14, 18; Marcos 13:24-32

En el Evangelio, Jesús dice que "no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla». ¿Qué es el «todo esto» a que se refiere? En la primera parte de la lectura, Jesús usa palabras de estilo apocalíptico para describir el gran acontecimiento. Al primer paso, el lector piensa primero en el fin del mundo cuando viene el juicio final. Pero después de considerarlo mejor con todos los datos bíblicos en mente, vemos que Jesús mismo parece tener en mente un panorama más grande que incluye más que un solo punto al final de la historia del mundo viejo. Jesús se refiere a la caída y destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 D.C. Eso es la catástrophe que esa generación, que escuchaba el discurso de Jesús en el Evangelio, vió. Pero esa catástrophe es parte del inicio de un proceso que vivimos ahora y que acabará con el Hijo viniendo por segunda vez «sobre las nubes con gran poder y majestad». Jesús nos da un vistazo panorámico de muchos siglos en un solo discurso. Nosotros hoy somos parte de ese proceso histórico. La carta paulina a los hebreos confirma esta interpretación que lo que «esta generación», que escuchaba el discurso de Jesús, iba a ver era la destrucción del Templo de Jerusalén. En la carta a los hebreos, se ve que los sacrificios del templo ya los acabó Cristo con el sacrificio perfecto y final de la cruz. Por eso, el Templo de Jerusalén fue destruido: ya no se necesitaba. Y Jesús ascendió a sentarse «a la derecha de Dios», en posición de autoridad plena sobre sus enemigos. El mismo estilo e idioma apocalíptico se ve en la lectura del profeta Daniel. En la lectura de Daniel se habla del juicio final acompañado por la resurrección de los muertos. El proceso apocalíptico que se finaliza en el juicio final empezó cuando Jesús se ofreció como el sacrificio perfecto y final en la cruz, cuando resucitó de entre los muertos, y cuando ascendió a sentarse a la derecha de Dios. Este mismo proceso apocalíptico continuó con la destrucción del templo en el año 70 y continua ahora cuando esperamos el juicio final. En otra lectura famosa del profeta Daniel en el capitulo 7, vemos estas palabras: «Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él. Le dieron poder, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino no será destruido» (Daniel 7:13-14; Nueva Biblia de Jerusalén; énfasis añadido). Ese «alguien parecido a un ser humano» fue Jesús ascendiendo al Padre («el anciano») después de su Resurrección y también será Jesús cuando acabe el juicio final. Vemos entonces que en el discurso apocalíptico de Jesús en el capitulo 13 de San Marcos tenemos que adaptar una interpretación panorámica que considera la apocalipsis como un proceso largo que empieza con el sacrificio perfecto de Jesús en la cruz, un mismo hecho apocalíptico, que hizo del Templo de Jerusalén, destruido en el año 70 D.C., algo ya no necesario en el plan de la salvación.

8.11.09

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44

«Ha echado todo lo que tenía para vivir». Así dijo Jesús sobre la viuda que «echó dos moneditas de muy poco valor» en las alcancías del templo. En la lectura del Viejo Testamento, tenemos otra viuda que le da todo lo que tiene de comer al profeta Elías. Dos profetas, y dos viudas que lo dan todo con abandono y confianza en Dios. ¿Somos capaces nosotros de darlo todo aunque parezca cosa imposible y estemos llenos de miedo? Estamos en mejor situación que esas dos viudas porque somos testigos por medio del Evangelio que Jesús ya «se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos» (la segunda lectura que proviene de la carta a los hebreos). ¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! No es cosa solamente de palabras y sentimientos bonitos. Es cosa del sacrificio de la vida del Hijo de Dios, un sacrificio acompañado por agonía, tortura, y humillación. Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo. Como dicen las Escrituras en otra parte (Romanos 8:32; énfasis añadido): «Él que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» Estamos en mejor situación que las dos viudas porque conocemos lo que Dios hizo por cada uno de nosotros en el Calvario. Sabemos que darlo todo por Dios no es gasto o locura.

1.11.09

Solemnidad de Todos Los Santos: Apocalipsis 7:2-4, 9-14; 1 Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12a

En esta fiesta de todos los santos, muchos nos acordamos de la costumbre muy católica de visitar las tumbas de los nuestros. Pero hay también mucho para nosotros vivos hoy en la tierra. Primero, vemos en la lectura primera de hoy que un día estaremos en la corte real de Dios en el nuevo cielo y la nueva tierra cuando la historia al fin se acabe. Pero también oimos en la segunda lectura que seremos bendecidos ahora mismo en nuestras vidas terrenas como hijos de Dios en el presente, no solamente en el fúturo. Es un error grande promover un cristianismo que solo nos bendice despúes de la muerte: las bendiciones empiezan antes de morir e incluyen alegría, paz, y hasta sanación. En el Evangelio, oimos las grandes palabras de Jesucristo, las bienaventuranzas que conocemos muy bien. Lee las de nuevo porque son para ti y tu situación personal. Y lo que prometen te llegará antes de morir y despúes de morir.

25.10.09

Trigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52

En Jeremías, tenemos un retrato del retorno de los judíos del exilio. A cada uno de nosotros, Dios nos promete liberación de nuestro «exilio» de confusión, error, ignorancia, y hasta de maldad. Salimos de ese exilio personal por medio del Sumo Sacerdote Jesucristo, cuyo sacrificio perfecto ha ganado nuestra liberación personal y colectiva.

En el Evangelio, el ciego Bartimeo nos da la oración llamada por algunos la Oracion «Jesús», en cual se repite tranquilamente la frase tan simple pero honda del ciego: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Es una oración recomendada en el propio Catecismo de la Iglesia Católica, Sección 2667. Como dijo Jeremías, la salvación de Dios incluye al ciego. Y el ciego soy yo, y el ciego eres tú. Todos tenemos que orar constantemente la misma demanda del ciego: «Maestro, que pueda ver». Que pueda ver muchas cosas: que hago en mis dificultades; que hago con individuos difíciles; que hago con las consecuencias del pecado; que hago cuando viene, como siempre viene, la tentación fuerte; que hago para evangelizar; que hago para vivir la vida abundante de liberación prometida por Jesús. Jesús nos pregunta a cada uno como le preguntó al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Nos quedamos callados, o tenemos la audacia de Bartimeo de contestar?

18.10.09

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45

El tema de este domingo es redención por medio del sufrimiento, por medio de las pruebas de la vida. No es una idea popular: nadie quiere sufrir. Pero la verdad tiene una forma más particular: nadie quiere sufrir por nada. Pero hoy muchos sufren, precisamente, por nada, nada que puede dar la satisfacción del gozo auténtico: el vicio de la droga o el alcohol, la promiscuidad y el libertinaje que nunca satisfechan y solo humillan a uno mismo y a otros, el fanatismo para adquirir más dinero y más poder hasta el punto de destruir nuestra salud y nuestro honor.

Pero si hay una forma de sufrimiento que da satisfacción que nunca se disminuye, que da un gozo misterioso que dura, que honra nuestra dignidad humana y de otros, que es un heroísmo auténtico por cual fuimos creados: sufrir por amor. Una madre o un padre normal sufren con abandono por sus hijos. El enamorado da todo y sacrifica todo por la mujer que posee su corazón. El amor apasionado es la lógica del sufrimiento redentor. En Isaías, vemos al siervo del Señor que sufre como expiación por otros: por sus descendientes y por muchos. Tiene que ser por amor. En la carta a los hebreos, San Pablo (en mi opinión fue Pablo quien escribió esta carta aunque muchos lo niegan) lo hace explícito: Jesús sufrió para que recibiramos la misericordia y ayuda «en el momento oportuno». En el Evangelio, Jesús le aclara a los apóstoles que tienen que pasar por la prueba del sufrimiento para compartir de su gloria y que tienen que ser los servidores y esclavos de todos. ¿No es eso precisamente la mejor descripción del amor? El que ama sirve al amado. Si no sirve al amado, no se trata de amor. Se trata de manipulación que es solamente una forma de sufrimiento por nada y por eso sin el fruto de la redención.

11.10.09

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30

Él que sinceramente le pide a Dios la sabiduría, el conocimiento profundo de la verdad de su vida y de la vida, lo recibirá: eso es la promesa del Dios para quien todo bueno es posible. En el libro de Sabiduría, se celebra que asombroso es la experiencia de la epifanía de la Sabiduría de Dios. Él que tiene experiencia de esa sabiduría divina y verdadera sabe que nada se compara con eso porque la sabiduría divina revela lo que es la realidad de todo, incluso de nosotros. En ese momento la persona se rinde antes la Verdad y queda saciado en plena paz porque en fin ha conocido lo que siempre ha buscado como ser humano.

En la carta a los hebreos, San Pablo (conozco que muchos dicen que Pablo no escribió esta carta: no estoy de acuerdo con esa teoría) expone la palabra de Dios como la llave a la Sabiduría que se describe en la primera lectura. Y no se trata solamente de leer la palabra de Dios en la Biblia, porque la "palabra de Dios" también se oye personalmente en el alma y la conciencia, se oye en la profecía actual de estos días, se oye y se ve en las vidas de muchos cristianos. La palabra de Dios está en la Biblia y en la Iglesia y su tradición. En lo más fundamental, la palabra de Dios es el Evangelio de Jesucristo, es Jesucristo mismo.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús advierta, en la escena famosa del hombre rico que no quiso vender sus posesiones materiales, la gran dificultad que tienen los que poseen riquezas materiales. Esas riquezas los han esclavizado y ciegado en una manera que no pueden reconocer y responder a la riqueza verdadera de la Sabiduría de cual leimos en la primera lectura. Ahí está la tentación: pensamos en escoger algo más bajo y nos olvidamos que lo que ofrece Cristo tiene un valor incomparable con cualquier posesión material, prestigio social, popularidad, o placer sensual. Dios nos da, si cooperamos, experiencia de la maravilla de su Sabiduría verdadera. Con la memoria viva de esa experiencia, entonces podemos rechazar con conocimiento las ofertas falsas de la sabiduría falsa.

4.10.09

Vígesimo Séptimo Domingo del T.O.: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16

¡Qué frase tan profunda al decir que el hombre y la mujer en el matrimonio son «una sola cosa»! Así lo cuenta la lectura de Génesis y así lo cuenta Jesús invocando al primer matrimonio de Génesis en su recuperación del sentido original del matrimonio. ¿Qué es ser «una sola cosa»? Obviamente se realiza en forma concreta en la unión sexual de esposo y esposa. Pero no es algo solamente físico y carnal. Todos sabemos que la unión sexual en muchos casos hoy en día carece de cualquier sentido profundo, serio, o verdaderamente humano. En muchos casos es una forma de explotación rutinaria sin fondo emocional y sin unión personal. Esta superficialidad es algo muy común hoy en día en las relaciones fuera del matrimonio y hasta en las relaciones que se llevan a cabo en muchos matrimonios superficiales.

Ser «una sola cosa» es estar dispuesto a dar la vida por el otro. El sentido profundo del matrimonio se encuentra en el amor que se hace realidad en la cruz. Por eso, Jesús es «una sola cosa» con cada cristiano y con la Iglesia, que es el cuerpo mismo de Jesús. El hombre que verdaderamente ama a su mujer está dispuesto a morir para salvarla. Igualmente, la mujer que de veras ama a su esposo está dispuesta a morir para salvarlo. El amor auténtico no se esconde del sacrificio total, no vacila enfrente del peligro al amado.

Por eso, el matrimonio humano en su plenitud de gracia y regocijo propiamente requiere la castidad. El hombre especialmente está más dispuesto al sacrificio total para la mujer que ha sido solamente suya. Es una realidad de la humanidad. Lo mismo en modo diferente por parte de la mujer que está segura que el corazón de su esposo no ha conocido otro amor tan profundo. El matrimonio en su plenitud como fue creado por Dios llama al sacrificio total de una vida por otra vida. Por eso, la Iglesia siempre ha enseñado que la mejor preparación para el matrimonio es la castidad donde se preserva todo lo que uno es en exclusividad para el esposo y la esposa futura. El patriota auténtico no tiene lealtad a varias patrias. No está dispuesto morir por diferentes patrias. El patriota conserva su lealtad para una sola patria. Es igual en el ideal del matrimonio. Hoy en día la cultura engaña a muchos con ignorar esta realidad y necesidad para que un matrimonio tenga toda la gloria y alegría que se merece como sacramento.

En la carta a los hebreos se habla de como Cristo en su muerte y sufrimiento se unió a nuestra condición humana para que tengamos parte de su gloria. El matrimonio humano es una sombra de esa entrega total y completa por el amor que nos lleva a la gloria eterna.

27.9.09

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43, 45, 47-48

Se habla del Espíritu del Señor, del Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, San Pablo le ordena a los cristianos: «¡Aspirad a los carismas surperiores!» (1 Corintios 12:31a). También, manda el Apóstol: «Buscad la caridad; pero aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía» (1 Cor. 14:1). No se puede pretender que estos dones eran solamente para los tiempos antiguos de la Biblia. No se puede pretender que son dones solo para sacerdotes, los consagrados en la vida religiosa, y los santos canonizados. Son dones para todo cristiano bautizado. En la lectura de Números, tenemos el don de profecía cayendo sobre los setenta ancianos en el tiempo de Moisés. Moisés se alegra que profetizan: «Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor». Pablo está de acuerdo con Moisés.

En el Evangelio, Jesús también celebra que otros fuera de su círculo hacen milagros en el nombre de Jesús. No se opone. Pero si se opone fuertemente a los que son ocasión de pecado para otros. Y le advierta a todos nosotros que debemos abandonar las ocasiones de pecado.

En la carta de Santiago, se condena ferozmente a los ricos que no son justos. Santiago los describe como «engordando como reses para el día de la matanza». El rico injusto, como cualquier injusto, lleva una vida que es ocasión de pecado para otros: primero en la injusticia propria que le impone a otros y también en el rencor que esa injusticia crea en el oprimido que a veces los lleva a responder con su propia injusticia. El injusto cree que se está beneficiando, pero esta avariciosa acumulación de beneficios ilusorios solo sirve para aumentar su condena en el juicio final.

¡Qué contraste en dos modos de vida tan diferentes! En un lado, él que aspira a profetizar y a los otros dones y carismas espirituales, y, en el otro lado, los que viven una vida injusta enfocada en la avaricia. Como humanos naturalmente aspiramos a algo. Todos nos tenemos que preguntar a que aspiramos. Nuestro fin depende de esas aspiraciones.

20.9.09

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Sabiduría 2:12, 17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37

No hay remedio que decir que estas lecturas son muy apropiadas para lo que está ocurriendo hoy en el mundo: el fanatismo islámico que se está luciendo en un odio irracional hacia la crítica necesaria del Papa a la violencia de muchos (no todos) en el mundo islámico. El Papa habló la verdad: hay un problema grave en el seno del mundo islámico. Y hizo su crítica en una manera civilizada y académica como es su costumbre, una manera que no se merece la reacción primitiva que se ha visto hasta ahora (noten: escribo esto el día 17 de septiembre).

En el libro de Sabiduría, se habla como los malos quieren matar al justo porque el justo los «molesta y se opone» a lo que hacen. En el Evangelio, Cristo, el hombre más justo, anuncia que tendrá que ser entregado a las manos de los injustos. En la carta de Santiago, el apóstol apunta el origen del odio irracional de los injustos que acaban asesinando a los inocentes: la envidia y las malas pasiones «que siempre están en guerra dentro de ustedes». Ahí está el problema grave del mundo islámico: el complejo de inferioridad, la envidia, las pasiones malas. Oramos que todos nuestros hermanos en ese mundo encuentren la paz verdadera en sus almas para que siembren «la paz» y cosechen los «frutos de la justicia». Para está conversión y para la protección del Papa y de todos los cristianos en peligro, invocamos a María, la Madre de Dios y la Madre de la Paz, la Paz verdadera y auténtica que es solamente Cristo Jesús.

13.9.09

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35

Estas lecturas tratan del coraje del cristiano. Conocemos el miedo porque somos humanos. No es causa de vergüenza. Al contrario, cierto miedo natural es parte indispensable de nuestra inteligencia y prudencia. Pero en este mundo, no podemos vivir bajo la autoridad del miedo. Conocemos la autoridad de un solo Señor, Jesús, no el miedo. El profeta Isaías con gran elocuencia habla de su confianza en la protección del Señor y hasta se atreve a decirles a sus enemigos que se enfrenten con él porque Isaías ya ha dejado el miedo atrás. Está dispuesto a enfrentar a todos y a todas sus acusaciones.

El apóstol Santiago escribe que la fe verdadera se demuestra en obras. Muchas veces no hacemos las obras que debemos no por falta de querer lo bueno pero porque tenemos miedo. Tenemos miedo de acusaciónes, calumnias, complicaciones, y de hacer enemigos de nuevo. Bueno, como dijo S. Josemaría Escrivá, tenemos que complicarnos la vida por Cristo. La fe tiene que acabar en obras y por eso tenemos que inevitablemente abandonar el miedo.

En el Evangelio, tenemos el modelo: Jesucristo. Cuando anunció a los discípulos que tenía que morir en Jerusalén, Pedro lo criticó. Y Jesús famosamente lo puso en su lugar. No dejo que hasta los que eran sus intimos le interrumpierán su misión. Y acabo anunciando que él que quiera salvarse la vida tiene que perder la vida por Él. Tenemos que llegar al punto de un abandono total a las manos de Dios para tener el coraje de vivir nuestro destino divino, nuestra misión. Ese coraje no puede surgir de nuestros planes o de nuestros esfuerzos y calculaciones. Ese coraje solo surge, como en el caso de Isaías y de Jesús, de un abandono y una entrega total a las manos y a la voluntad de Dios.

6.9.09

Vigésimo Tercer Domingo del T.O.: Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37

En estas lecturas tenemos que notar que hay por lo menos dos niveles de sentido: el literal y el simbólico. En Isaías y también en el Evangelio, vemos a la curación milagrosa. En Isaías, tenemos a los ciegos viendo, los sordos oyendo, los cojos saltando, y los mudos cantando. En el Evangelio, Jesús cura al hombre sordo y tartamudo. Acaba el hombre hablando sin dificultad. Pero también hay la curación milgarosa de las almas en Isaías: al tímido se le da animo. Se quita el miedo: esta es la curación más fundamental que todos necesitamos sin distinción de salud física. Estos son los sentidos literales: Dios verdaderamente cura a los enfermos en cuerpo y en alma. Tenemos que hoy rogarle a Dios con persistencia para la curación de las enfermedades e incapacidades físicas y psycológicas con una fe audaz pero siempre invocando que se cumple la voluntad de Dios como hizo Jesús mismo en las horas antes de su muerte. (Hasta algunos cristianos dan la recomendación que el cristiano primero le debe pedir a Dios iluminación para saber si la curación física es la voluntad de Dios en un caso particular.)

El nivel simbólico está presente cuando en Isaías se habla del agua en el desierto, torrentes en la estepa, y manantiales en el desierto.(Aunque también se puede ver hasta aquí un sentido literal cuando contemplamos que en la Israel de hoy hay tanto desarrollo en la agricultura en una zona tan árida.) En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo que nos da Cristo es una fuente de agua viva que surge en nuestras almas: convierte el desierto de nuestra desesperación y de nuestras ansiedades en la alegría de caminar en el Espíritu Santo que confiesa Cristo como Señor. Igualmente, Jesús nos quita nuestra condición de sordos espirituales y nos da lenguas que pueden comunicar claramente el sentido verdadero de nuestras vidas y de toda vida humana.

En la carta de Santiago, se condena el favoritismo al rico sobre el pobre, se rechaza los criterios falsos de la dignidad humana. Dios llena a los pobres, los que no tienen orgullo o prestigio humano, con sus bendiciones como dijo nuestra Madre María en el Evangelio de San Lucas. Por eso, no podemos ir contra de Dios mismo y favorecer a los ricos solo porque son ricos en dinero y prestigio social. El rico está en peligro de su vida porque sus posesiones lo amenazan con esclavitud e idolatría. El pobre no tiene remedio que tirarse a las manos de Dios y por eso es espiritualmente privilegiado comparado con el rico. Aquí hay una curación espiritual: Santiago nos quiere liberar de ser ciegos a la condición verdadera de los hombres para conocer que las riquezas materiales no definen la dignidad humana. Por eso en muchos países ricos hay tanta falta de dignidad humana y tantas cosas gravemente vergonzosas en la conducta. Esos países ricos tienen mucho que aprender de los inmigrantes pobres que les llegan a sus tierras con más sanas ideas sobre el honor personal.

Hay curaciones en todas las partes de estas lecturas y hay niveles simbólicos en algunas de las frases que leemos. Señor, abre los ojos de nuestros corazones para ver nuestras enfermedades verdaderas y no vivir en una maner que no es auténticamente ni humana y ni sana.

30.8.09

Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Deuteronomio 4:1-2, 6-8; Santiago 1:17-18, 21-22, 27; Marcos 7:1-8, 14-15, 21-23

En el Evangelio, Jesús le habla duro a los fariseos que son hipócritas (no todos los fariseos eran de ese tipo; muchos eran sinceros como el fariseo que acabó por convertirse en San Pablo). Los fariseos hipócritas siempre estaban buscando algo que criticar: eran apóstoles del sospecho. Por envidia, buscaban en cada detalle que observaban alguna manera de humillar y destruir a Jesús. Ellos convirtieron la religión dada a Moisés, una religión de mandatos y preceptos justos como se dice en la lectura de Deuteronomio, a una religión de peligros legales. Esa religión de apariencia puso toda la atención en lo de afuera y ignoró el corazón de la persona. Por eso, acabó en hipocresía. Jesús vuelve a la revelación original dada a Moisés: una revelación de sabiduría, prudencia, y justicia verdadera, una religión del corazón.

Por eso, el apóstol Santiago le advierte a los cristianos que practiquen el Evangelio por medio de los trabajos de la caridad práctica. En los hechos se ve el corazón. Por eso, él de buen corazón actua concretamente en caridad. Él que no da fruto de caridad no la tiene. Y él que no tiene la caridad no tiene a Cristo. Tenemos que siempre estar alertos para no acabar trágicamente como nuevos fariseos cristianos: siempre criticando a los otros, siempre sospechando a todos, siempre investigando por envidia las vidas de otros, siempre pescando por el escándalo. La mejor manera de evitar la tragedia de repetir el fracaso de los fariseos hipócritas es en mostrar generosamente en hechos concretos la caridad a los que encontramos por el camino de la vida sin hacer muchas preguntas e investigaciones. Y parte de esa caridad generosa no es solo dar dinero o comida al pobre. Parte importante de esa caridad, como enseño San Josemaría Escrivá, es no sospechar sin necesidad, no criticar por gusto y envidia, no hacerle la vida más difícil a los que necesitan nuestra ayuda y oraciones. Esa cardidad activa nos transforma en otros Cristos y no en copias repugnantes de los fariseos hipócritas.

23.8.09

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Josué 24:1-2, 15-17, 18; Efesios 5:21-32; Juan 6:60-69

Veo estas lecturas como una llamada a escoger radicalmente. Josué le pone las opciones claramente a los israelitas: ¿Quieren servir a los dioses de sus padres o a los dioses del país donde habitan o al Señor? En palabras memorables, Josué habla por su familia propia y dice, «En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor.» Si nuestros antepasados no eran cristianos, tenemos que decidir si nos vamos a quedar con su religión no cristiana. En muchos casos entre cristianos, se trata de escoger entre imitar el cristianismo superficial de nuestros padres o de entrar más profundamente en la llamada de Cristo. En otros casos, se trata de inmigrantes que tienen que decidir si van a seguir siendo católicos o se van a submitir a una denominación norteamericana en el nuevo país que habitan. Las opciones son varias dependiendo de nuestras circunstancias particulares. Pero en todas las circunstancias, tenemos que escoger.

En efesios, San Pablo nos transmite la enseñanza sobre el matrimonio y cita a las palabras del libro de Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa». Pablo asemeja el matrimonio con nuestra unión con Cristo. Por eso, unirse a Cristo requiere abandonar el pasado y romper con el pasado para entrar en una familia nueva y más importante que nuestras asociaciones del pasado. Unirse a Cristo requiere escoger entre Cristo y los compromisos en que nos encontramos. No es cosa de abandonar los lazos de nuestras familias de crianza (aunque en algunos casos excepcionales de maldad hasta eso puede ser necesario y prudente en ciertas circunstancias trágicas). Pero si es cosa de poner la relación con Cristo primera igual como un esposo o esposa le da prioridad a sus obligaciones en su nuevo matrimonio sobre las obligaciones a su familia de crianza.

En el Evangelio, Jesús, como Josué, enfrenta a los judíos con la opción de seguir al Señor o quedarse en las tradiciones de sus padres. Josué prefigura a Jesús: hasta sus nombres tienen el mismo sentido porque los dos nombres significan la frase «Dios salva». El nombre «Jesús» es la forma griega del nombre «Josué». Jesús le presenta a los judíos la opción de reconocer que su carne es verdadera comida y que su sangre es verdadera bebida o de rechazar tal creencia. Todavía hoy Jesús nos pregunta si vamos a reconocer su cuerpo y sangre en la Eucaristía . Los protestantes tienen que decidir si van a dejar sus tradiciones para aceptar esta enseñanza de Jesús. Los católicos tienen que decidir si van a seguir siendo católicos que aceptan esta enseñanza escandalosa de Jesús. Él que no es cristiano también no puede ignorar lo que enseña Jesús. Para aceptar la doctrina eucarística de Jesús tenemos que abandonar un pasado protestante o no creyente. Tenemos que abandonar el esceptisimo racionalístico.

En todas las lecturas de hoy Dios nos presenta la necesidad de escoger entre los compromisos del pasado y presente, y el futuro nuevo que Dios propone. ¿En tus propias circunstancias qué es lo que Dios te está proponiendo abandonar para entregarte completamente a Jesús?

16.8.09

Vigésimo Domingo del T.O.: Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58

Es un domingo de lecturas eucarísticas. El católico puede entender profundamente las palabras de hoy. La ironía es que los protestantes que tanto hablan de la Biblia solamente le pueden dar un sentido superficial a estas lecturas bíblicas. El católico afirma que el pan y el vino se convierten en la carne y la sangre de Cristo. Lo tenemos muy claro y literalmente en la lectura del Evangelio de San Juan: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». No se puede decir más claro que eso. No se puede negar que estas palabras se refieren a la Santa Cena cuando Jesús anticipó su sacrificio en la cruz declarando que este pan es su cuerpo y que la copa es la copa de su sangre (vea Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-25). Si tomamos en serio las palabras mismísimas de Jesús, vemos que el pan es su cuerpo y que la copa es la sangre. El testimonio del Nuevo Testamento está claro y seguro. Y así la Iglesia primitiva lo entendía. Tomar el sentido de todas estas palabras como algo solamente simbólico es no tomar las Escrituras en serio y andar en juegos que no son serios.

En la lectura de los Proverbios, vemos que la Sabiduría pone la mesa con pan y vino. Con la venida de Cristo, podemos entender este pasaje: Jesús es la Sabiduría que nos da pan de comer y vino de beber. ¡Y qué pan y qué vino! Un pan y un vino que quita la ignorancia, da la plenitud de la vida, y nos avanza «por el camino de la prudencia». Eso no lo hace un pan normal o un vino normal: lo puede hacer solamente un pan y un vino sobrenatural que nos da una participación intima con la Sabiduría. ¡Al contrario el vino normal en muchos casos abusivos quita la sabiduría, la vida, y la prudencia!

La lectura escrita por Pablo nos enseña más sobre la Eucaristía. Pablo nos manda a llenarnos del Espíritu Santo, no del vino que solo emborracha. En la mentalidad bíblica, el vino es la alegría que da Dios (Salmo 104:15). Pablo nos enseña en Galatas 5:22 que la alegría es fruto del Espíritu Santo. Pablo nos apunta otro vino, no el vino ordinario de los borrachos sino el vino que es el Espíritu Santo. Pablo nos invita a emborracharnos con el Espíritu Santo. Por eso San Ambrosio de Milán, el mismo que famosamente bautizó a San Agustín de Hipona, llamaba la efusión del Espíritu Santo una embriaguez sobria. En la copa de la Eucaristía (y también en el pan) recibimos al Espíritu Santo (vea Catecismo de la Iglesia Católica, sección 1394). Y también sabemos que el Espíritu Santo nos da el don de la sabiduría que se celebra en los Proverbios (Isaías 11:1-2).

Todo se relaciona y se cumple en el milagro eucarístico: porque el pan es el cuerpo de Cristo y la copa es la sangre de Cristo, nos llenamos del Espíritu Santo y recibimos alegría, sabiduría, y prudencia. Como dice Pablo expresamos esa alegría en nuestro cantar y en dar gracias continuamente a Dios. Ese dar gracias es lo que literalmente significa la palabra Eucaristía en el griego original. Como dije, todo se relaciona en la revelación bíblica.

9.8.09

Decimonoveno Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:4-8; Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51

Como siempre, la lectura del Viejo Testamento y el Evangelio tienen el mismo tema: Dios da el pan que necesitamos para tener vida. Elías ya estaba cansado de la vida cuando se sentó bajo el árbol. En cierto modo, ya no tenía, no sentía vida. Pero el ángel le trajo el pan que necesitaba para caminar cuarenta días y noches para llegar al monte de Dios, el monte Horeb donde Dios había dado su Ley a los judíos. Pero ahora, viene Cristo, no un ángel, Cristo que procede directamente del Padre. Y Cristo ahora no da un pan mortal como el maná o el pan dado a Elías. Cristo se da él mismo, «el pan vivo que ha bajado del cielo». Este pan vivo es lo que apunta y anticipaba el maná y el pan de Elías del Viejo Testamento. El pan mortal, muerto, del Viejo Testamento trajo a los judíos a la iluminación de la Ley de Dios dada en el monte de Dios, Horeb. Pero esa Ley no puede dar vida, la vida que necesitamos. Cristo es él que da vida: «el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida».

Por eso San Pablo en su carta habla de la «liberación final» cuya marca es el don del Espíritu Santo. Pablo urge a sus oyentes que vivan anticipando la liberación final, imitando el amor de Dios y de Cristo. Ya no se trata de obedecer la Ley, pero de vivir en el Espíritu Santo, que es el amor divino propio. Esa es la liberación, liberación de la misión imposible de cumplir con la Ley sin el Espíritu Santo. Y tenemos el pan vivo: la Eucaristía, Cristo mismo y vivo, para darnos más y más ese Espíritu Santo que nos lleva hasta la liberación final en la presencia de Dios en el monte de Dios. Pero primero tenemos que reconocer como Elías que no tenemos vida, no tenemos valor aparte de Dios. De ese cansancio y esa desesperación espiritual, que ya no tiene la ilusión de vivir con recursos meramente humanos, viene la conversión que es la entrega total a Jesús, la conversión que se completa en el hecho de recibir el Pan de Vida en la Eucaristía.

2.8.09

Decimoctavo Domingo del T.O.: Éxodo 16:2-4, 12-15; Efesios 4:17, 20-24; Juan 6:24-35

Las lecturas para hoy son obviamente lecturas eucaristícas. Los cristianos protestantes que no celebran la Eucaristía como rito central de su culto no ven lo que es obvio al católico y lo que hubiera sido obvio a los primeros cristianos que se reunían para la Eucaristía en las primeras etapas de la Iglesia. En el evangelio, Jesús indica la manera de interpretar la lectura del libro de Éxodo. Jesús es el Pan de Vida verdadero que viene del Padre, prefigurado por la maná que Dios le dío a los israelitas en el desierto en el tiempo de Moisés.

Notamos que, como la Eucaristía, la maná se parece al pan pero en verdad no es pan. Igualmente en la Eucaristía lo que recibimos parece ser pan pero en verdad es el cuerpo de Cristo. También podemos notar que los israelitas preservaron parte de la maná que cayo del cielo (véase Éxodo 16, 32-34). Lo perservaron en el tabernáculo descrito en Éxodo 36, 8-19. Esto también prefigura los tabernáculos que tenemos en nuestras iglesias para preservar en una manera noble a Jesús presente en la nueva maná de la nueva alianza.

Si leimos más adelante en el Viejo Testamento, vemos que los israelitas no comieron mas de la maná cuando llegaron a la Tierra Prometida por Dios (Josué 5, 10-12). Igualmente, en la santa misa nosotros, como los israelitas en el desierto, viajamos a recibir al nuevo Pan de Vida. Cuando recibimos la Eucaristía, entramos como los israelitas a la Tierra Prometida. Así vemos una semejanza litúrgica entre la procesión para recibir la Eucaristía en la misa y la jornada de los israelitas hacía la Tierra Prometida. A cruzar esa frontera, estamos transformados en herederos de las promesas de Dios.

En la Épistola a los Efesios, San Pablo nos habla acerca de esta transformación y de esta conversión en la cual renovamos el espíritu de nuestras mentes y en que acabamos como hombres nuevos (Efesios 4, 24). En la Eucaristía, tenemos la culminación de la conversión cristiana. Antes de participar en la Eucaristía, tenemos que arrepentirnos y recibir en el confesionario la absolución de nuestros pecados mortales. Y cuando recibimos a la Eucaristía nos unimos a Jesús que nos protege contra fúturos pecados mortales y que nos quita los pecados veniales.

26.7.09

Decimoséptimo Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15

El profeta Eliseo y Jesús hacen dos milagros de multiplicar la comida para una multitud de gente. Son verdaderos milagros: hay que creerlo para ser cristiano sincero. Si no crees en milagros, entonces no eres de verdad cristiano porque nuestra fe se funde en el milagro de la resurrección corporal de Jesucristo. También se funde nuestra fe en el testimonio verídico de las Escrituras. Estos dos acontecimientos bíblicos no son solamente cuentos simbólicos o poéticos. Son acontecimientos históricos y verdaderos.Hay que notar que Jesús hace el milagro más grande: reparte cinco panes y dos pescados entre más que cinco mil personas. Eliseo reparte veinte panes entre solo cien hombres.

Pero estos milagros, como todos los otros milagros, también tienen un sentido espiritual. El milagro no occure en un vacío: siempre proclama algo, una palabra que nos salva. Los milagros son evangelistas. De las circunstancias materiales, Jesús multiplica los bienes. Su poder puede transformar los límites materiales en formas que nosotros ni esperamos ni pensamos posible. Toda vida cristiana conoce esa intervención milagrosa. Todo cristiano puede testificar que Jesús ha tomado poco y lo ha hecho mucho. Mi testimonio personal es este mismo trabajo apóstolico que Uds. leen hoy. Empezando con mucha ignorancia y poca fe, Jesús ha hecho posible que yo tenga el coraje de evangelizar sin pena ninguna. Muchos otros cristianos pueden contar lo mismo y otras cosas más asombrosas.

En la carta a los efesios, Pablo le recuerda a sus oyentes que deben de seguir en la unidad del Espíritu Santo. Eso se consigue con los frutos del Espíritu: ser humildes, amables, comprensivos, soportándose mutuamente con amor. Son imperativos: son ordenes, no opciones. Cuando los cristianos actúan de esa manera, se multiplica la comunidad cristiana, se impulsa con fervor y evangelización. Es un milagro más impresionante que los dos milagros de repartir comida. El amor mutuo nos reanima y nos da poder para hacer, con audacia, mucho con poco.

19.7.09

Decimosexto Domingo del T.O.: Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34

Somos ovejas. Es una identidad que no es prestigiosa: las ovejas son fácilmente manipuladas y son débiles físicamente. Pero si somos ovejas porque somos bien débiles, bien vulnerables, y bien limitados en nuestro saber y entendimiento como seres humanos. En el Evangelio, Jesús compadece por la «numerosa multitud» que lo buscaba porque la multitud andaba «como ovejas sin pastor».

Esa es la situación sin Jesús: anadamos sin pastor. El jefe en nuestro trabajo o profesión no es el pastor verdadero. Ni un caudillo politico ni un partido político es pastor verdadero. Los representates de otras religiones no son pastores verdaderos. Hasta los ministros de las comunidades protestantes no son los pastores verdaderos. Y tenemos que admitir que ni nosotros mismos podemos ser nuestro propio pastor. El único pastor es Jesús y los representantes instituidos por ese único pastor. Esos representantes son los obispos en comunión con el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro.

Jeremías proclama la promesa que se cumple en Jesús y en los representantes apóstolicos de Jesús: la promesa de un nuevo reino que empezó durante la predicación de Jesús y que se cumplirá totalmente cuando venga Jesús por segunda vez. San Pablo muestra que la profecía de Jeremías se ha cumplido en una manera sorprendente porque Jesús une a sus ovejas judías con sus ovejas gentiles. No es cosa de reunir solamente a los judíos que estaban en exilio fuera de Israel. Es cosa de reunir a la humanidad entera. Siempre seremos ovejas. Nuestra alegría es tener al Buen Pastor que da todo por y a sus ovejas, ovejas que se encuentran en todas las naciones y todas las razas.

12.7.09

Decimoquinto Domingo del T.O.: Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13

¿Cuál es el plan de Dios para ti? Esa pregunta era común en el pasado y todavía es en algunos rincones de la sociedad moderna. Pero para la mayoría, en realidad, los planes de Dios no vienen a mano. Para la mayoría, ni se cree que Dios, si existe, tiene un plan para ti o para mi. Si creen en Dios, creen en un Dios impersonal y ajeno que no tiene interés en ti o en mi: el Dios teórico de la ciencia. Pero las Escrituras de este domingo hablan de un Dios enfáticamente preocupado por cada uno de nosotros--un Dios que tiene un plan para cada uno de nosotros.

Al inconveniente profeta Amós, lo quieren sacar del reino norteño de Israel porque habla contra los planes del rey de Israel. Pero Amós no tiene intención de irse porque fue llamado por Dios para ir y profetizar al pueblo de Israel. No es cosa de los planes personales o las preferencias personales de Amós. Se trata de que Dios lo mandó a Israel y no a otro lugar.

En la carta a los efesios, Pablo escribe que Dios «nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo». Antes del mundo, ya eramos un pensamiento en la mente de Dios. Ya teníamos un papel para hacer, ya eramos un proyecto de Dios. La ciencia habla mucho del origén del mundo. Hasta algunos científicos creen en Dios porque no hay otra manera de explicar la complejidad del mundo actual. Pero, el cristiano va más alla que hasta ese científico: el cristiano cree que el mundo fue hecho precisamente para el desarollo abundante de cada ser humano en acuerdo con la mente de Dios. Lo humano tiene precedencia sobre el resto de la creación material. Especialmente escandaloso para el mundo moderno es la creencia cristiana que esa precedencia humana se aplica especificadamente a cada ser humano sin excepción. No se puede eliminar a la vida inocente de nadie, sea el niño en el vientre de la madre o el enfermo, el incapacitado, o el anciano que los ven como cargas económicas.

En el Evangelio, Jesús le da la misión a los Doce Apóstoles de ir, dos en dos, a predicar, a expulsar demonios, y a curar a los enfermos. Ellos cumplieron el proyecto de Jesús. Ellos mismos nunca hubieran iniciado tal proyecto. Además, Jesús les manda que no lleven nada para el camino, precisamente para que aprendan a confiar en Dios para todas sus necesidades. Y también se tiene que notar que Jesús «les dio poder sobre los espíritus inmundos». Así nosotros tenemos que vivir: buscando el proyecto de Jesús y no inventando el nuestro, confiando en Dios para lo que se necesita para cumplir la misión, y recibiendo el poder de Jesús para ganar contra los demonios que llenan el mundo. Sí, Dios tiene un proyecto para cada ser humano y también le da el poder y las instrucciones específicas para cumplirlo.

5.7.09

Decimocuarto Domingo del T.O.: Ezequiel 2:2-5; 2 Corintios 12:7-10; Marcos 6:1-6

Un tema clave de estas lecturas es la soberbia. En Ezequiel, Dios mismo llama a los israelitas una «raza rebelde» con hijos «testarudos y obstinados». A veces pienso que Dios escogió a los israelitas especialmente para demonstrar para nosotros hoy que rebeldes, testarudos, obstinados, y soberbios todos somos como humanos. Todavía hoy siguen los pueblos del medio oriente en luchas y conflictos intractables. Todavía siguen estos pueblos rebeldes y llenos de conflictos insaciables.

San Pablo les escribe a los corintios que es precisamente en la debilidad que se manifiesta el poder de Cristo. En la debilidad, se acaba el orgullo y la soberbia. En nuestra propia experiencia de la vida, seguramente hemos conocido individuos que necesitan la humillación de las circunstancias para adquirir un poco de humildad razonable y madura. Y también hemos visto que cuando las cosas se arreglan los mismos individuos en muchos casos vuelven a su soberbia irracional hasta la próxima temporada de necesidad. Para algunas personalidades, la debilidad tiene que acompañarlos constantemente para que eviten caer otra vez en la soberbia inmadura. Por eso, no es hacer un favor tratar de complacer a los soberbios e inmaduros.

En el Evangelio, vemos la soberbia del pueblo mismo de Jesús cuando Jesús vuelve a enseñar en la sinagoga de su pueblo de crianza, Nazaret. Inmediatamente los nazarenos atacan a Jesús, murmurando contra su audacia de enseñarles la verdad. Ellos no están dispuestos a reconocer que necesitan la enseñanza del hombre que se crió entre ellos como hijo del carpintero José. Su soberbia no quiere aceptar Jesús como maestro y profeta porque entienden ese gesto como una humillación propria. Entienden falsamente que escuchar a Jesús es rebajarse por nada que vale. La realidad es que escuchar a Jesús es rebajarse para recibir poder y gloria. En vez de ganar con Jesús, prefieren perder con su orgullo falso e irracional. Asi somos todos si no reconocemos que todo lo bueno que tenemos y podemos tener se debe solamente a Dios y no a nosotros mismos.

28.6.09

Decimotercero Domingo del T.O.: Sabiduría 1:13-15; 2:23-24; 2 Corintios 8:7,9,13-15; Marcos 5:21-43

La muerte y la fe. El libro de Sabiduría nos dice que Dios no hizo la muerte. La muerte entró por medio del diablo. Y en el Evangelio tenemos a Jesús levantando de la muerte la niña de uno de los jefes de la sinagoga. Pero también se trata de enfermedad y fe porque cuando primero vino el padre de la niña buscando Jesús la niña todavía estaba viva. Y en el mismo Evangelio tenemos la curación de la mujer con una hemorragia que se curó cuando tocó el manto de Jesús.

¡Qué simple que la fe es la llave a la curación! Decimos que tenemos fe pero seguimos enfermos. Hay un problema: ¿Es verdad que creemos que Jesús sigue curando hoy mismo? ¿O en realidad pensamos que todo eso pertenece (si en primer lúgar creemos que las curaciones de la Biblia de verdad ocurrieron) solamente al pasado bíblico? La fe verdadera que espera la curación es el primer requisito para él que pide curación.

Bueno, pero hay casos que, aunque haya gran fe, el enfermo no se cura. Un sacerdote astuto dijo esto: primero hay que pedirle a Jesús si Él quiere que haya una curación en este momento. Sabemos que la enfermedad es aveces la única manera para que corazones duros entren en la conversión. Debemos de consultar con Jesús antes de orar para la curación. Y si todavía no llega la curación entonces sabemos que la voluntad de Dios está tramando una curación diferente a la que deseamos.

Algunos entonces responden cínicamente diciendo que eso es darle un escape tan conveniente a Dios cuando no se cura alguien. Pero la realidad es que muchos se han curado por medio de la oración. Eso está probado sin duda. Dios ha mostrado su poder un gran número de veces. El cínico rechaza esas curaciones, y por eso su cinismo no nos convence.


En la lectura paulina, también hay otra circunstancia que requiere la fe: compartir nuestros bienes materiales. El cristiano está llamado a compartir con otros, especialmente con sus hermanos y hermanas en la fe. Dios nos presenta la necesidad de otro. Y nosotros necesitamos fe para responder a esa necesidad. Compartir los bienes materiales es otra forma de curación: nos cura del egoísmo, del temor al futuro, de falta de fe en la providencia divina. Y cura al hermano o hermana que recibe de su propio pesimismo, de la mentira que no es amado, de la mentira que Dios no lo va ayudar. Él que da se cura, y él que recibe se cura: los dos se curan de falta de confiar en la misericordia amable de Dios por nuestras dificultades y necesidades. Por eso el cristiano se conducta con optimismo cuando va por los caminos de Dios: Dios le habre los caminos a quien lo sigue en fe.


Si no resulta curación de una enfermedad o si no viene la ayuda esencial a una necesidad material entonces debemos de entrar en la oración pidiendo la iluminación de Dios sobre nuestra situación. Él nos alumbrará.

21.6.09

Duodécimo Domingo del T.O.: Job 38:1, 8-11; 2 Corintios 5:14-17; Marcos 4:35-41

Sin Cristo, vivimos en miedo. No es sorprendente porque, sin Cristo, evaluamos todo con criterios humanos basados en nuestros límites, nuestras debilidades, y nuestra arrogancia. Creemos solamente en nosotros y por eso vivimos en miedo.

En el libro de Job, el Señor del universo habla: «Aquí se romperá la arrogancia de tus olas». Solo ese Señor es verdaderamente poderoso, solo en Él no existe el miedo por que toda gloria y todo poder es del Creador. Esa verdad rompe las olas de nuestra arrogancia porque ahí reconocemos que la gloria no es la posesión de ninguno de nosotros. El poderoso del mundo o el rico no se merecen la gloria y no la poseen. La gloria pertenece solamente a Dios, como oramos al final del Padre Nuestro en la Misa. La gloria que nosotros podemos lograr como cristianos origina en la gloria única de Dios.

San Pablo nos manda abandonar los «criterios humanos» porque ahora somos creaturas nuevas. Los criterios humanos no pueden anticipar ni entender la renovación ganada por Cristo. Con Cristo, se acaba el miedo basado en nuestros límites humanos. Ahora todo es nuevo.

En el Evangelio, vemos a los discípulos llenos de miedo por la tormenta que se presentó en el lago. Los criterios humanos vieron peligro inescapable. Pero Jesús mandó que se terminara el viento y vino «una gran calma». Con Jesús, podemos librarnos del miedo que origina en nuestra debilidad humana. Jesús trae una gran calma a las ansiedades y a los temores que vivimos diariamente. Por eso es que con Cristo, podemos abandonar los criterios humanos que traen el miedo y el pesimismo.

14.6.09

El Cuerpo y la Sangre de Cristo: Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16, 22-26

Moisés «roció al pueblo con la sangre, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído». Jesús dice en el Evangelio: «Tomen: esto es mi cuerpo . . . .Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos». La alianza nueva de Jesús no es solamente para un pueblo particular, pero para todos. Por eso, evangelizamos a todos, no importa su origen étnico ni religioso. En la Eucaristía, tenemos la sangre verdadera de Cristo, la sangre de la Nueva Alianza. Por eso, también invitamos con afecto y respeto a los cristianos protestantes que entren primero en la unión completa con la Iglesia Católica para que puedan después recibir la sangre de Cristo en la Eucaristía.

¿Y para qué tanta cosa sobre la sangre de Cristo? Porque la sangre de Cristo hace lo que la sangre de los animales nunca pudo hacer: cambiar nuestos corazones y nuestras personalidades. La carta a los hebreos, de inspiración paulina, lo dice: «Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera . . . eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado . . . [y] de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!» (Hebreos 9:13-14; énfasis añadido).

La sangre de Cristo nos transforma interiormente para librarnos de las obras de la muerto para poder servir a Dios. Ya no es cosa de una ley exterior que no podemos cumplir. Ahora es cosa de un poder vivo que hace verdaderamente posible la vida abundante. Por eso, invitamos a los no católicos a unión plena con la Iglesia Católica para que puedan recibir la fuente de agua viva que es la sangre de Cristo en la Eucaristía.

7.6.09

La Santísima Trinidad: Deuteronomio 4:32-34, 39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20

Como cristianos, leemos lo que estaba escondido en el Viejo Testamento con ojos nuevos. Moisés proclama el único Dios que nos habla «desde el fuego». Dios Padre nos habla desde el fuego que es el Espíritu Santo. También se nos habla del Dios que «creó al hombre sobre la tierra». Sabemos como cristianos que esa creación del hombre fue por medio de Jesucristo, la Palabra de Dios (Juan 1:1-3). En Deuteronomio, podemos ahora reconocer la Trinidad divina.

En la carta a los romanos, también vemos a la Trinidad. Pablo nos habla del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios. Cuando, en esta lectura, Pablo se refiere a Dios, se está referiendo al Padre. Al final de la lectura, Pablo dice que como hijos de Dios somos coherederos con Cristo. Todas las personas de la Trinidad están presente.

Finalmente, la claridad completa viene de los labios mismos de Jesús cuando manda sus apóstoles a bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19). Como dijo San Agustín: lo que estaba escondido en el Viejo Testamento, se manifiesta abiertamente en el Nuevo Testamento. Creemos sin duda ninguna en la centralidad de creer en la Santa Trinidad. Esos que se llaman cristianos y rechazan a la Trinidad (como los discípulos del mormonismo o los Testigos de Jehová), no son cristianos y necesitan nuestra ayuda respetuosa y suave para conocer claramente esta verdad central de Dios.

31.5.09

Domingo de Pentecocostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

En Pentecostés, como en la Resurrección de Cristo, tenemos un evento histórico. En la Resurrección tuvimos la tumba vacía y las manifestaciones del Jesús resucitado. Precisamente en el Evangelio de hoy tenemos otra apariencia del Jesús resucitado. En Pentecostés tenemos un ruido que se oyó por muchos peregrinos judíos de varios paises que fueron «en masa» a donde estaban los discípulos. Y ahí los peregrinos a Jerusalén oyeron sus diferentes idiomas. No fue algo escondido: fue un evento histórico igual como la Resurrección de Cristo lo fue.

El cristianismo es manifestación del poder de Dios en esos tiempos igual que hoy. San Pablo nos dice en la primera carta a los corintios que «a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu». Eso se aplica también a los cristianos de hoy. En ningún lugar en el Nuevo Testamento se nos indica que las manifestaciones del Espíritu Santo son solamente para la iglesia primitiva. Al contrario, el Nuevo Testamento nos comunica la misma promesa del Espíritu a los cristianos actuales del presente.

En el Evangelio, se une la Resurrección de Cristo con el don del Espíritu Santo transmitido a los apóstoles, especificadamente el poder de perdonar los pecados, un poder que se conserva en el Sacramento de la Reconciliación que la Iglesia Católica le sigue ofreciendo a los cristianos de hoy. Igual como la Resurrección de Cristo fue una manifestación histórica en las apariencias del Jesús resucitado, también el Espíritu Santo se manifiesta en formas concretas en la historia. Cristo ascendió a su Padre, pero el Espíritu sigue manifestándose hasta hoy en día.

Si no esperamos manifestaciones concretas del Espíritu Santo en nuestra experiencia no tenemos la mente de Cristo, no tenemos la mente de San Pablo y de los otros apóstoles. Nosotros los católicos somos los pentecostales originales y tenemos que serlo hoy más que nunca en una forma muy pública y audaz. Esperen las manifestaciones del Espíritu Santo, ruegen por esas manifestaciones en nuestras vidas porque ser católico es ser en el sentido más hondo un verdadero cristiano pentecostal.

24.5.09

Séptimo Domingo de Pascua: Hechos 1:15-17, 20-26; 1 Juan 4:11-16; Juan 17:11-19

En los Hechos de los Apóstoles, leemos como los apóstoles eligieron a Matías para tomar el lugar del traidor Judas. Noten que reconocían la necesidad de llenar el puesto vacante. Ya se reconocía que los apóstoles tenían un cargo central en la Iglesia, que eran en realidad los primeros obispos. Hoy todavía la Iglesia consagra a hombres como sucesores de estos mismos apóstoles, imitando directamente el ejemplo bíblico de los apóstoles cuando escogieron a Matías. Estos apóstoles y sus sucesores son, como se dice en esta lectura, testigos de la resurrección de Jesús. La Iglesia vive y se perpetua solamente por el hecho histórico de la resurrección corporal de Jesús. Sin esa realidad histórica, no hay razón para perpetuar ninguna iglesia. Pero hoy, en la Iglesia Católica se perpetua ese testimonio apóstolico en los obispos que son como Matías sucesores de los apóstoles originales encabezados por el obispo de Roma, el sucesor del líder de los apóstoles, San Pedro. Noten que en esta lectura es precisamente Pedro que «se puso de pie en medio de los hermanos» para proponer la selección del sucesor del traidor Judas.

En la lectura de la primera carta de Juan, tenemos otra vez el énfasis en el amor y en la necesidad de permanecer en el amor porque Dios es amor. La Trinidad Divina es una comunión y relación de amor. Cristo nos invita a cada uno que entremos en esa relación de amor. Invita a todos. Por eso nos amamos unos a los otros: porque existimos como cristianos en ese amor trinitario. Es nuestra realidad. No es cosa de sentimiento efímero. Es una realidad objetiva.

En el Evangelio, Jesús ora por sus discípulos. Ya se ve claramente en el Evangelio que Jesús fundó una Iglesia y se preocupa por su destino. Por eso oraba al Padre por su Iglesia que se iba a quedar en el mundo sin ser parte del mundo. Algunos se imaginan que el proyecto de Jesús era un proyecto solitario sin ninguna institución eclesiástica. Es mentira. Claramente vemos que Jesús fundó su Iglesia en el Evangelio durante su vida en la tierra. La prueba es su oración por la protección de esa misma Iglesia que vemos en esta lectura de hoy. Jesús pide y habla sobre lo que se llama en el catolicismo los rasgos de la Iglesia: ser una como Jesús es uno con el Padre, tener custodia de la palabra y verdad dada por Jesús a los apóstoles (es decir, ser «apóstolica»), ser santificada o santa igual como Jesús, y ser enviada al mundo como el Padre envío Jesús al mundo (es decir, ser «católica» o universal en su evangelización). Ahí tenemos claramente en la Biblia lo que siempre decimos en el Credo duranta la Santa Misa: creemos en la Iglesia, una, santa, católica, y apóstolica. En esa Iglesia, está la plenitud del gozo que es la voluntad de Jesús para nosotros.

17.5.09

Sexto Domingo de Pascua: Hechos 10:25-26, 34-35, 44-48;1 Juan 4:7-10; Juan 15:9-17

Hoy hablamos del amor de Dios. En la lectura de Hechos, vemos que Dios ama a todos que lo temen (es decir, que le tienen reverencia) y practican la justica (es decir, le dan a cada uno lo que se le debe de dar). Pero en las otras lecturas, entramos más profundamente en lo que es en realidad el amor de Dios. San Juan lo dice claramente en su primera carta: «todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». ¿Cómo podemos nosotros los humanos tan imperfectos conocer algo sobre el amor de Dios, el amor que es Dios? Tenemos que empezar con nuestra experiencia personal del amor.

El enamorado--no lo vamos a confundir con el practicante de la lujuria que no tiene nada que ver con el amor--está dispuesto a sacrificarse completamenta por su enamorada. Está dispuesto a cualquier gasto, a enfrentar cualquier dificultad por el bien verdadero de su enamorada. Él que no sabe esto nunca ha amado. El enamorado verdadero hasta está dispuesto de perder la presencia de la enamorada si es necesario para el bien de la enamorada.

De esa experiencia muy humana del amor apasionado y puro, podemos empezar a tratar de comprender algo del amor de Dios por cada uno de nosotros. Dios envió a su Hijo por nuestro bien, para nuestra salvación aunque nosotros en realidad no nos merecimos tal sacrificio. Él nos amó primero como un enamorado que persigue su enamorada que inicialmente lo rechaza. Dios nos persigue, como dijo San Agustín. Y como el enamorado verdadero, Dios nos persigue siempre respetando nuestra libertad humana de rechazarlo.

En el Evangelio, Jesús dice que amar es cumplir los mandamientos del amado. En nuestra experiencia, ¿No es eso precisamente lo que hace el enamorado humano? Se decide a obedecer los deseos y cumplir las exigencias de su enamorada. Y en esa obediencia el enamorado tiene alegría. Igualmente, el cristiano tiene alegría cuando cumple los mandamientos de Jesús. No es una alegría barata basada en el egoísmo. Es una alegría en la verdad, en ser un humano completo cumpliendo la ley del amor que está inscrita profundamente en nuestra humanidad.

Y no somos siervos, somos amigos--nos dice Jesús. Igualmente, el enamorado no se considera siervo aunque se esclaviza por la enamorada. En el amor verdadero hay conversación intima y una comunión basada en las ideas y los pensamientos más profundos. De esa intimidad de dos mentes, surge la amistad verdadera que es el amor. En el Evangelio, Jesús nos designa sus amigos porque nos ha dado a conocer todo lo que el Padre le ha dicho. Entramos en la intimidad personal de la Trinidad. Asimismo los enamorados humanos crean una amistad basada en la comunión de sus pensamientos más intimos.

En latín, esta comunión se llama «comunio». Ese «comunio» es verdadero amor y verdadera amistad. Dios nos invita a ese «comunio» con Jesús y el Espíritu Santo.

10.5.09

Quinto Domingo de Pascua: Hechos 9:26-31; 1 Juan 3:18-24; Juan 15:1-8

La gloria de Dios es el discípulo que da fruto. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos el inicio del gran apostolado de Pablo. Primero tuvo que superar la sospecha de los cristianos que lo conocían como el enemigo que los perseguía. Nosotros también tenemos en muchas ocasiones de superar la sospecha, especialmente si hemos vivido aparte de Cristo en manera abiertamente. Pero con la ayuda de Bernabé, Pablo fue aceptado entre los cristianos, y el resto es la historia del hombre que tomó el imperio romana para Cristo.

En la primera carta de Juan, nos informa San Juan de la necesidad de obedecer los mandamientos del Señor para que el Espíritu Santo permanezca con nosotros. Nuestra gloria es hecho del Espíritu Santo. Es un gran error pensar que podemos lograr cualquier cosa que vale sin el Espíritu Santo. En la lectura de los Hechos, también se indica que es precisamente el Espíritu Santo que maneja todo cuando se describe la multiplicación de las comunidades cristianas «animadas por el Espíritu Santo».

San Juan en el Evangelio nos da las palabras tan simples y vivas de Jesús: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer». Estas palabras deben de estar grabadas en nuestras mentes y en nuestros corazónes. Sin Cristo, no podemos hacer nada. Sin el Espíritu Santo mandado por Cristo, no podemos hacer nada. A nosotros se nos puede parecer que estamos haciendo algo importante y bueno, pero la realidad es que sin Cristo todo eso es nada: no da fruto. El poder de Dios es esto: que lo que Dios manda si da fruto. Nuestros proyectos sin Dios (Padre, Hijo, y Espíritu Santo) no dan fruto. Tenemos la promesa que vamos a dar mucho fruto. Vamos a unirnos a Cristo para dar ese fruto abundante. Esa unión con Cristo en manera más concreta y poderosa se encuentra en la Eucaristía. Por eso, para dar fruto tenemos que ir a la Santa Misa y estar preparados para recibir la Eucaristía. Y entonces seremos la gloria de Dios cuando volvemos a nuestras vidas diarias.