Las Bienaventuranzas en el Evangelio siempre nos perplejan porque llaman dichosos a los que son pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran, y a los que son insultados y odiados. La lectura de Jeremías nos da una manera de entender las paradojas anunciadas por Jesús en las Bienaventuranzas. Jeremías nota que el Señor dice que maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos--los pobres, los hambrientes, los que lloran, los insultados--ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho malditos. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos.
Son dichosos porque su confianza en Dios lleva un promesa escatológica: que los que confían en Dios serán satisfechos y glorificados por Dios. Por eso, en mi opinión, las Bienaventuranzas son una profecía de la pasión y crucifixión de Cristo. Cristo se hizo «maldito» por nosotros en su agonía antes de ser detenido por los soldados y también en los insultos y el odio que recibe de la muchedumbre, de los líderes judíos, y del los soldados romanos y que acaba en la crucifixión brutal. Pero esa maldición también acaba en la gloria de la Resurrección.
La lectura de San Pablo nos habla de esa glorificación por medio de la resurrección. Y claramente nos dice que si confiamos solamente en «las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres». En otras palabras, si confiamos solamente en las cosas de los hombres seremos los verdaderamente malditos, como nos dice Jeremías.
14.2.10
7.2.10
Quinto Domingo del T.O.: Isaías 6:1-2, 3-8; 1 Co. 15:1-11; Lucas 5:1-11
Estas lecturas hablan de nuestra misión por medio de las misiones entregadas por Dios a Isaías, a Pablo, y a Simón Pedro. Todos estos hombres primero reciben una manifestación de la gloria de Dios. Isaías ve al Señor en su trono con los serafines. Pablo menciona como el Cristo resucitado se manifestó a él aún cuando estaba persiguiendo a los cristianos. Pedro ve la gloria de Dios cuando Jesús le manda a volver a pescar después de pasar una noche entera sin tener éxito. El resultado es que «las redes se rompían». Todos ven la gloria de Dios.
Y cada uno de estos hombres reconoce su condición de pecador. Isaías dice «¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros . . . .» Pablo reconoce que él fue «como un aborto . . . . el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol». Simón Pedro respondió: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»
Pero la gracia de Dios los purificó y les dio su misión. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar comentó como, antes de encontrarse con Cristo, Simón no pudo descrubrir su misión particular por medio de sus propios esfuerzos como pescador. Solamente por medio de Cristo pudo Simón descrubrir que su destino eterno y verdadero era de ser Pedro y no simplemente el pescador Simón. También cada uno de nosotros se descubrirá solamenta por medio de un encuentro con Cristo quien nos da nuestra misión particular y eterna.
Y cada uno de estos hombres reconoce su condición de pecador. Isaías dice «¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros . . . .» Pablo reconoce que él fue «como un aborto . . . . el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol». Simón Pedro respondió: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»
Pero la gracia de Dios los purificó y les dio su misión. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar comentó como, antes de encontrarse con Cristo, Simón no pudo descrubrir su misión particular por medio de sus propios esfuerzos como pescador. Solamente por medio de Cristo pudo Simón descrubrir que su destino eterno y verdadero era de ser Pedro y no simplemente el pescador Simón. También cada uno de nosotros se descubrirá solamenta por medio de un encuentro con Cristo quien nos da nuestra misión particular y eterna.
31.1.10
Cuarto Domingo del T.O.: Jeremías 1:4-5, 17-19; 1 Co. 12:31-13; Lucas 4:21-30
Hoy en día tenemos que defender contra la mentira y la traición el derecho fundamental a la vida, un derecho que pertenece a todos los seres humanos desde el momento de la concepción. El Papa ha declarado que este derecho a la vida es «primero y fundamental». Las Escrituras de hoy anuncian esta verdad. El profeta Jeremías repite las palabras de Dios: «Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones». No hay duda que la vida y el derecho a la vida existen en el seno materno antes de nacimiento.
En el salmo responsorial (Salmo 70), dice el salmista: «Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías». Antes de nacer, el niño ya tiene una relación íntima con Dios. El salmista es también un profeta como Jeremías porque se dedica a proclamar «siempre tu justicia y a todas horas, tu misericordia».
Estas Escrituras apuntan al Evangelio en cual Jesús le anuncia a su pueblo de crianza que él es el profeta y Mesías prometido por Dios. Como el profeta más grande Jesús obviamente tenía una relación intima con Dios en el seno de María. Como el Hijo de Dios nacido de la Virgen por el poder del Espíritu Santo sabemos que esta relación era en realidad una identidad con Dios. Dios mismo entró en el seno maternal. Dios mismo se identificó con los niños atacados hoy en día por el aborto. Además vemos que el pueblo donde se crió Jesús lo rechaza y trata de matarlo. Jesús nota «que nadie es profeta en su tierra». Los de su propia tierra rechazan a Jesús como desgraciadamente muchas madres confusas rechazan por medio del aborto a los niños en sus senos maternales. El niño en el seno de su madre es un tipo de profeta que proclama por su propia existencia el poder y la gloria de un Dios que puede crear una vida nueva con una alma eterna. El aborto es el rechazo violento a esos profetas pequeños.
Ese rechazo es lo opuesto a la caridad celebrada por San Pablo en el décimotercio capítulo de la primera carta a los corintios. «El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites». Ese es al amor que debe de recibir a cada niño creciendo en el seno maternal.
En el salmo responsorial (Salmo 70), dice el salmista: «Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías». Antes de nacer, el niño ya tiene una relación íntima con Dios. El salmista es también un profeta como Jeremías porque se dedica a proclamar «siempre tu justicia y a todas horas, tu misericordia».
Estas Escrituras apuntan al Evangelio en cual Jesús le anuncia a su pueblo de crianza que él es el profeta y Mesías prometido por Dios. Como el profeta más grande Jesús obviamente tenía una relación intima con Dios en el seno de María. Como el Hijo de Dios nacido de la Virgen por el poder del Espíritu Santo sabemos que esta relación era en realidad una identidad con Dios. Dios mismo entró en el seno maternal. Dios mismo se identificó con los niños atacados hoy en día por el aborto. Además vemos que el pueblo donde se crió Jesús lo rechaza y trata de matarlo. Jesús nota «que nadie es profeta en su tierra». Los de su propia tierra rechazan a Jesús como desgraciadamente muchas madres confusas rechazan por medio del aborto a los niños en sus senos maternales. El niño en el seno de su madre es un tipo de profeta que proclama por su propia existencia el poder y la gloria de un Dios que puede crear una vida nueva con una alma eterna. El aborto es el rechazo violento a esos profetas pequeños.
Ese rechazo es lo opuesto a la caridad celebrada por San Pablo en el décimotercio capítulo de la primera carta a los corintios. «El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites». Ese es al amor que debe de recibir a cada niño creciendo en el seno maternal.
24.1.10
Tercer Domingo del T.O.: Nehemías 8:2-4, 5-6, 8-10; 1 Co. 12:12-30; Lucas 1:1-4; 4:14-21
Despues del exilio, Esdras llega a Jerusalén y lee el libro de la Ley. Los comentaristas llaman a Esdras el padre del judaísmo fundado en el pueblo especial y escogido de Dios, en la Ley, y en el Templo. El pueblo se pone de pie cuando Esdras abre el libro de la Ley. El pueblo llora cuando se lee del libro. ¿Porqué lloran? Supongo que reconocen la belleza de la palabra de Dios, el esplendor de la verdad, y se entristecen por su ignorancia y negligencia de la ley. La asamblea responde con conversión a oir la palabra de Dios. En el salmo 18, que también se lee hoy, el salmista alaba la ley perfecta de Dios que hace el pueblo llorar.
En el Evangelio, Jesús también lee la palabra de Dios antes de una asamblea. Jesús lee las palabras de Isaías describiendo el jubileo en que llega la salvación a todos y en que se remedia todas las injusticias del pueblo. Pero cuando comenta, Jesús se atreve a decir que «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». El pueblo no llora. Si se lee más adelante en este mismo capítulo de San Lucas, se ve que el pueblo de Nazaret finalmente responde con odio y trata de matar a Jesús. No puede aceptar que este hombre que salió de entre ellos mismos puede ser el que inaugura el reino de Dios. En contraste con Esdras, Jesús no reestablece la religión vieja: Jesús es la realización completa y final del judaísmo.
El nuevo pueblo, la nueva asamblea, inaugurada por Jesús no se limita a una sola raza. Es una asamblea que incluye a todos, como anuncia San Pablo en la lectura de corintios, «seamos judíos o no judíos, esclavos o libres». Este nuevo pueblo es el cuerpo de Cristo sin envidia o resentimiento, un cuerpo en que todas las partes sufren y se alegran juntas. Aunque muchos tratan hoy en día de dividir la Iglesia con envidia y resentimiento, hasta tratando de derrumbar la jerarquía establecida por Jesucristo, el cuerpo sigue unido por un solo Espíritu.
En el Evangelio, Jesús también lee la palabra de Dios antes de una asamblea. Jesús lee las palabras de Isaías describiendo el jubileo en que llega la salvación a todos y en que se remedia todas las injusticias del pueblo. Pero cuando comenta, Jesús se atreve a decir que «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». El pueblo no llora. Si se lee más adelante en este mismo capítulo de San Lucas, se ve que el pueblo de Nazaret finalmente responde con odio y trata de matar a Jesús. No puede aceptar que este hombre que salió de entre ellos mismos puede ser el que inaugura el reino de Dios. En contraste con Esdras, Jesús no reestablece la religión vieja: Jesús es la realización completa y final del judaísmo.
El nuevo pueblo, la nueva asamblea, inaugurada por Jesús no se limita a una sola raza. Es una asamblea que incluye a todos, como anuncia San Pablo en la lectura de corintios, «seamos judíos o no judíos, esclavos o libres». Este nuevo pueblo es el cuerpo de Cristo sin envidia o resentimiento, un cuerpo en que todas las partes sufren y se alegran juntas. Aunque muchos tratan hoy en día de dividir la Iglesia con envidia y resentimiento, hasta tratando de derrumbar la jerarquía establecida por Jesucristo, el cuerpo sigue unido por un solo Espíritu.
17.1.10
Segundo Domingo del T.O.: Isaías 62:1-5; 1 Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11
En Isaías, el Señor Dios es el Esposo de Israel: «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo». En el resto del Viejo Testamento, Dios también es el Esposo de Israel. Por eso, cuando llegamos al Nuevo Testamento donde se le llama a Jesús el Esposo de la Iglesia tenemos una afirmación clara de la divinidad de Jesucristo, de la identidad de Jesús con el Señor Dios del Viejo Testamento.
En el Evangelio de San Juan, Jesús es un invitado a la boda en Caná. Pero Jesús es más que un invitado. Él, y no el novio, es responsable por la abundancia del vino nuevo y mejor que se le da a todos los invitados. El mayordomo, que no sabe del milagro de Cristo, felicita al novio por guardar el vino mejor para lo último. Pero, como saben los sirvientes y como sabemos nosotros, el novio no tuvo papel ninguno en la provisión del vino mejor. Sabemos nosotros que el esposo verdadero no es el novio, pero Jesús, y los invitados son la Iglesia a cual Jesús le da el vino mejor y nuevo de su sangre. A la mentalidad judía sumergida en las Escrituras de su religión es claro que el Esposo es una figura de Dios mismo. Por eso, San Juan nos está diciendo en este milagro que Jesús es Dios.
Y como católicos, no podemos olvidar el papel clave de María. Ella es la que intercede por los invitados necesitados. Hoy le pedimos a María que sigua orando por nosotros a su hijo como hizo en la boda de Caná por los invitados. Y nos acordamos de lo que ella nos aconseja: «Hagan lo que él les diga». María siempre apunta a Jesús y nunca a sí misma.
Vemos también en el episodio de Caná algo importante sobre el sacerdocio católico. El sacerdote es el imagen de Jesús el Esposo de la Iglesia. Por eso, el sacerdote es varón. El aspecto femenino y fundamental de la Iglesia se ve en María, la Madre de la Iglesia, que pide por los invitados que somos nosotros. El aspecto varonil y el aspecto femenino funcionan en concordia por medio del Espíritu de Dios. Son aspectos diferentes pero están de acuerdo. Esta visión de la concordia de los diferentes aspectos de la Iglesia se ve claramente en la Primera Carta a los Corintios, en cual San Pablo habla de diferentes dones, diferentes servicios, y diferentes actividades que son manifestaciones cooperativas de un mismo Dios y Espíritu.
También podemos poner una nota más personal al milagro de Caná: el vino mejor apareció a lo último. En la vida, hay muchas desilusiones inevitables. Pero el creyente que ora fielmente sabe que Jesús sabe darnos al fin lo mejor. Esperamos en nuestras circunstancias personales la intervención de ese mismo Jesú del Evangelio que vive aún hoy mismo y para siempre. Invocamos a María que le pida a Jesús, igual como ella hizo en Caná, que nos de el vino mejor. Esa misma María todavía vive y todavía intercede por nosotros, para cambiar el agua al vino de alegría, hasta el último momento de nuestras vidas.
En el Evangelio de San Juan, Jesús es un invitado a la boda en Caná. Pero Jesús es más que un invitado. Él, y no el novio, es responsable por la abundancia del vino nuevo y mejor que se le da a todos los invitados. El mayordomo, que no sabe del milagro de Cristo, felicita al novio por guardar el vino mejor para lo último. Pero, como saben los sirvientes y como sabemos nosotros, el novio no tuvo papel ninguno en la provisión del vino mejor. Sabemos nosotros que el esposo verdadero no es el novio, pero Jesús, y los invitados son la Iglesia a cual Jesús le da el vino mejor y nuevo de su sangre. A la mentalidad judía sumergida en las Escrituras de su religión es claro que el Esposo es una figura de Dios mismo. Por eso, San Juan nos está diciendo en este milagro que Jesús es Dios.
Y como católicos, no podemos olvidar el papel clave de María. Ella es la que intercede por los invitados necesitados. Hoy le pedimos a María que sigua orando por nosotros a su hijo como hizo en la boda de Caná por los invitados. Y nos acordamos de lo que ella nos aconseja: «Hagan lo que él les diga». María siempre apunta a Jesús y nunca a sí misma.
Vemos también en el episodio de Caná algo importante sobre el sacerdocio católico. El sacerdote es el imagen de Jesús el Esposo de la Iglesia. Por eso, el sacerdote es varón. El aspecto femenino y fundamental de la Iglesia se ve en María, la Madre de la Iglesia, que pide por los invitados que somos nosotros. El aspecto varonil y el aspecto femenino funcionan en concordia por medio del Espíritu de Dios. Son aspectos diferentes pero están de acuerdo. Esta visión de la concordia de los diferentes aspectos de la Iglesia se ve claramente en la Primera Carta a los Corintios, en cual San Pablo habla de diferentes dones, diferentes servicios, y diferentes actividades que son manifestaciones cooperativas de un mismo Dios y Espíritu.
También podemos poner una nota más personal al milagro de Caná: el vino mejor apareció a lo último. En la vida, hay muchas desilusiones inevitables. Pero el creyente que ora fielmente sabe que Jesús sabe darnos al fin lo mejor. Esperamos en nuestras circunstancias personales la intervención de ese mismo Jesú del Evangelio que vive aún hoy mismo y para siempre. Invocamos a María que le pida a Jesús, igual como ella hizo en Caná, que nos de el vino mejor. Esa misma María todavía vive y todavía intercede por nosotros, para cambiar el agua al vino de alegría, hasta el último momento de nuestras vidas.
10.1.10
Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4, 6-7; Hechos 10:34-38; Lucas 3:15-16, 21-22
La epifanía o manifestación de Cristo continúa con su bautismo en el río Jordán a manos de san Juan Bautista. El profeta Isaías habla de este momento cuando el Padre públicamente reconoce a su Siervo que trae la salvación. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro habla del bautismo de Juan después de cual se inició el ministerio público de Jesús. En el Evangelio, tenemos un panorama trinitario: la voz del Padre proclama a su Hijo, y desciende el Espíritu Santo «en forma de paloma».
Tenemos todos los elementos de la manifestación de Cristo. Primero, Cristo es el Mesías or Rey esperado por los profetas antiguos de Israel. Segundo, Jesús es el Hijo de Dios y por primera vez se anuncia el misterio de la Trinidad divina de Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Finalmente, el bautismo de Jesús empieza su trabajo público de sanar, salvar, y enseñar. La respuesta a esta triple manifestación es nuestro proprio bautismo donde reconocemos al Mesías (Rey) de Israel, donde entramos en una nueva vida en el nombre de la Trinidad, y donde empezamos una vida de conversión continua por medio de cual Cristo nos sana y nos instruye, como hizo en sus viajes por toda la Tierra Santa.
Tenemos todos los elementos de la manifestación de Cristo. Primero, Cristo es el Mesías or Rey esperado por los profetas antiguos de Israel. Segundo, Jesús es el Hijo de Dios y por primera vez se anuncia el misterio de la Trinidad divina de Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Finalmente, el bautismo de Jesús empieza su trabajo público de sanar, salvar, y enseñar. La respuesta a esta triple manifestación es nuestro proprio bautismo donde reconocemos al Mesías (Rey) de Israel, donde entramos en una nueva vida en el nombre de la Trinidad, y donde empezamos una vida de conversión continua por medio de cual Cristo nos sana y nos instruye, como hizo en sus viajes por toda la Tierra Santa.
3.1.10
Epifanía: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3a, 5-6; Mateo 2:1-12
En la Epifanía celebramos el hecho que Cristo es el único Salvador de todo el mundo, sea judío o no judío. Conocemos muy bien las Escrituras que leemos hoy. Pero como muchos se opusieron al apostolado de san Pablo a los paganos, hoy muchos se oponen al lo que enseña la Iglesia Católica: que Jesucristo es el único Salvador de toda la humanidad, hasta de la humanidad que no conoce a Cristo. La salvación de los que no son cristianos se logra por medio de la muerte salvadora de Cristo. La gracia de salvación que pueden recibir, en sus propias circunstancias, los que no son cristianos proviene objectivamente de Jesucristo y de su muerte aunque ellos no conozcan a Cristo en una manera explícita.
Por eso, como san Pablo predicó el Evangelio a los paganos, hoy se tiene que predicar el Evangelio a los que no son cristianos de cualquier tradición religiosa. El que pertenece a otra religión está en una situación objetivamenta defectuosa porque la plenitud de la verdad está en Cristo por el cual todo vino a existir. Cristo completa los elementos de verdad que existen en otras religiones y elimina los errores mezclados con esos mismos elementos de verdad. Las aspiraciones de todas las culturas y religiones se completan solamente en Jesucristo. Por eso, no podemos excluir a ninguna persona o ninguna religión del evangelismo. La única via a la salvación pasa por Cristo.
Por eso, como san Pablo predicó el Evangelio a los paganos, hoy se tiene que predicar el Evangelio a los que no son cristianos de cualquier tradición religiosa. El que pertenece a otra religión está en una situación objetivamenta defectuosa porque la plenitud de la verdad está en Cristo por el cual todo vino a existir. Cristo completa los elementos de verdad que existen en otras religiones y elimina los errores mezclados con esos mismos elementos de verdad. Las aspiraciones de todas las culturas y religiones se completan solamente en Jesucristo. Por eso, no podemos excluir a ninguna persona o ninguna religión del evangelismo. La única via a la salvación pasa por Cristo.
27.12.09
La Sagrada Familia: 1 Samuel 1: 20-22, 24-28; 1 Juan 3:1-2, 21-24; Lucas 2:41-52
La Sagrada Familia es un ejemplo poderoso para nuestras familias: un ejemplo de lealtad, cooperación, responsabilidad, obediencia, y castidad. Pero también la fiesta de la Sagrada Familia nos indica que nuestra verdadera familia es una familia divina. Los lazos que nos unen a nuestras familias terrenas son importantes, pero la filiación mas importante es la filiación que tenemos como hijos e hijas de Dios.
En la lectura sobre Ana y Samuel, tenemos el reconocimiento que en cierto modo el padre de Samuel es Dios quien fue él que respondió a la petición de Ana por un hijo. Nota que el esposo de Ana, Elcaná, queda marginalizado. Ana toma la iniciativa de ir a entregar Samuel a Elí en el templo para servir a Dios por vida. Esta lectura prefigura el evento único de la concepción virginal de Jesús, el hijo único de Dios.
En el salmo responsorial también se habla de vivir, no en la casa de Israel o de David, pero en la casa de Dios (Salmo 83). En la Primera Carta de San Juan, el apóstol nos anuncia que actualmente somos «hijos de Dios».
Este tema de nuestra filiación con Dios se manifiesta en la filiación única de Jesús con el Padre en el Evangelio. José y María encuentran al joven Jesús en el templo, en la casa de su Padre. Estos temas nos indican que, aunque nuestros lazos familiares son importantes, el lazo más importante es que somos hijos de Dios, que nuestro hogar verdadero es la casa o templo de Dios, que nuestro padre verdadero es Dios, que nuestro hermano verdadero es Jesucristo, y que nuestra familia más significante es la comunión de los santos con María, nuestra Madre. En otro punto en su ministerio, Jesús aclara que en el cielo no existe el matrimonio. Asi vemos que nuestra verdadera familia eterna será algo diferente de lo que tenemos en este mundo. Por eso a veces, en algunos casos dificiles, hasta es necesario romper ciertos lazos familiares que interfieren con la voluntad de Dios porque nuestra familia más significante e importante es la familia que se reune alrededor de la familia divina que es la Trinidad. Somos primero hijos de Dios y nunca debemos de olvidarlo. Eso es la "filiación divina" celebarada y predicada por San Josemaría Escrivá como fundación de la espiritualidad del Opus Dei. Pero esa filiación divina es nada menos que el corazón del Evangelio que es para todos.
En la lectura sobre Ana y Samuel, tenemos el reconocimiento que en cierto modo el padre de Samuel es Dios quien fue él que respondió a la petición de Ana por un hijo. Nota que el esposo de Ana, Elcaná, queda marginalizado. Ana toma la iniciativa de ir a entregar Samuel a Elí en el templo para servir a Dios por vida. Esta lectura prefigura el evento único de la concepción virginal de Jesús, el hijo único de Dios.
En el salmo responsorial también se habla de vivir, no en la casa de Israel o de David, pero en la casa de Dios (Salmo 83). En la Primera Carta de San Juan, el apóstol nos anuncia que actualmente somos «hijos de Dios».
Este tema de nuestra filiación con Dios se manifiesta en la filiación única de Jesús con el Padre en el Evangelio. José y María encuentran al joven Jesús en el templo, en la casa de su Padre. Estos temas nos indican que, aunque nuestros lazos familiares son importantes, el lazo más importante es que somos hijos de Dios, que nuestro hogar verdadero es la casa o templo de Dios, que nuestro padre verdadero es Dios, que nuestro hermano verdadero es Jesucristo, y que nuestra familia más significante es la comunión de los santos con María, nuestra Madre. En otro punto en su ministerio, Jesús aclara que en el cielo no existe el matrimonio. Asi vemos que nuestra verdadera familia eterna será algo diferente de lo que tenemos en este mundo. Por eso a veces, en algunos casos dificiles, hasta es necesario romper ciertos lazos familiares que interfieren con la voluntad de Dios porque nuestra familia más significante e importante es la familia que se reune alrededor de la familia divina que es la Trinidad. Somos primero hijos de Dios y nunca debemos de olvidarlo. Eso es la "filiación divina" celebarada y predicada por San Josemaría Escrivá como fundación de la espiritualidad del Opus Dei. Pero esa filiación divina es nada menos que el corazón del Evangelio que es para todos.
20.12.09
Cuarto Domingo de Adviento: Miqueas 5:1-4; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45
La humildad de una semilla o grano que acaba en grandeza es un tema profundo y extenso en las Escrituras, sea en el Viejo o en el Nuevo Testamento, consumido en la parábola del grano de mostaza de Jesucristo (Lucas 13, 19).
El profeta Miqueas transmite lo que le dice el Señor: que de «Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá» vendrá el rey de Israel. Belén, la ciudad de David, pequeña y humilde como David mismo quien, aunque era el mas insignificante de sus hermanos, fue elegido como rey. También Miqueas habla que «el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz». La que ha de dar a luz es, como opinan los comentaristas de La Biblia Nueva de Jerusalén, «la madre del Mesías . . . . Miqueas piensa quizá en el oráculo» de Isaías 7,14. En ese oráculo, Isaías habla de la doncella o muchacha que será la madre del Mesías. En la versión griega del Antiguo Testamento se traduce la palabra hebrea «muchacha» por la palabra «virgen». Los mismos comentaristas notan que esa traducción «es un testimonio de la interpretación judía antigua, consagrada por» San Mateo (Mt. 1,23) que aplica esa profecía a la Virgen María.
En la Carta a los Hebreos, San Pablo nos habla del cuerpo de Cristo por cuyo sacrificio «quedamos santificados». En la misma carta (Hb 7), Pablo muestra que Jesucristo es el Sumo Sacerdote, eterno y divino, en la linea de Melquisedec (Génesis 14, 18). Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio Eterno de su cuerpo, el mismo cuerpo nacido en la aldea humilde de Belén en circunstancias de gran humildad.
En el Evangelio, tenemos a María, la muchacha virgen y humilde, visitando a Isabel que la saluda con las palabras que ahora rezamos en el Santo Rosario: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» La humilde María, una muchacha, es la escogida por el Señor para recibir la semilla divina por medio del Espíritu Santo. María responde al saludo de Isabel con su Cántico de gracias al Señor por haber escogido su esclava humilde para salvar a Israel (Lc 1, 46-55). En ese Cántico, María, como la primera cristiana, participa en la primera acción de gracias eucarística al recibir el cuerpo de Jesucristo en su vientre por medio del Espíritu Santo. Ella responde plenamenta a Jesucristo, el divino y eterno Sumo Sacerdote, que ofrece su cuerpo al mundo por medio del Espíritu Santo. Belén, María, la semilla: todos de génesis humilde pero de todos estos vendrá el rey del universo, Jesucristo.
El profeta Miqueas transmite lo que le dice el Señor: que de «Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá» vendrá el rey de Israel. Belén, la ciudad de David, pequeña y humilde como David mismo quien, aunque era el mas insignificante de sus hermanos, fue elegido como rey. También Miqueas habla que «el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz». La que ha de dar a luz es, como opinan los comentaristas de La Biblia Nueva de Jerusalén, «la madre del Mesías . . . . Miqueas piensa quizá en el oráculo» de Isaías 7,14. En ese oráculo, Isaías habla de la doncella o muchacha que será la madre del Mesías. En la versión griega del Antiguo Testamento se traduce la palabra hebrea «muchacha» por la palabra «virgen». Los mismos comentaristas notan que esa traducción «es un testimonio de la interpretación judía antigua, consagrada por» San Mateo (Mt. 1,23) que aplica esa profecía a la Virgen María.
En la Carta a los Hebreos, San Pablo nos habla del cuerpo de Cristo por cuyo sacrificio «quedamos santificados». En la misma carta (Hb 7), Pablo muestra que Jesucristo es el Sumo Sacerdote, eterno y divino, en la linea de Melquisedec (Génesis 14, 18). Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio Eterno de su cuerpo, el mismo cuerpo nacido en la aldea humilde de Belén en circunstancias de gran humildad.
En el Evangelio, tenemos a María, la muchacha virgen y humilde, visitando a Isabel que la saluda con las palabras que ahora rezamos en el Santo Rosario: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» La humilde María, una muchacha, es la escogida por el Señor para recibir la semilla divina por medio del Espíritu Santo. María responde al saludo de Isabel con su Cántico de gracias al Señor por haber escogido su esclava humilde para salvar a Israel (Lc 1, 46-55). En ese Cántico, María, como la primera cristiana, participa en la primera acción de gracias eucarística al recibir el cuerpo de Jesucristo en su vientre por medio del Espíritu Santo. Ella responde plenamenta a Jesucristo, el divino y eterno Sumo Sacerdote, que ofrece su cuerpo al mundo por medio del Espíritu Santo. Belén, María, la semilla: todos de génesis humilde pero de todos estos vendrá el rey del universo, Jesucristo.
13.12.09
Domingo «Gaudete»: Sofonías 3:14-18; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:10-18
¡Que felicidad! Estamos salvos. El profeta Sofonías nos manda a cantar, dar gritos, gozar, regocijar. ¿Porqué? Porque el Señor «ha expulsado a todos tus enemigos». En el salmo de hoy, el profeta Isaías, llamado el «quinto evangelista», también nos anuncia la razón: «El Señor es mi Dios y salvador, con él estoy seguro y nada temo». San Pablo nos da un nuevo mandamiento: «Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense!» En el griego original, esta orden imperativa denota una acción que se tiene que repetir siempre, en cada ocasión. No es una celebración que se limita a una instancia singular. San Juan Bautista eleva la exitación del pueblo cuando les anuncia que vendrá alguien quien «los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego». Seremos obedientes. Nos alegramos hoy y siempre, que ha llegado y va llegar la salvación. Todos nuestros enemigos, incluso la muerte, están derrotados. Estamos seguros y no tenemos nada que temer. Eso es la alegría verdadera y objetiva.
6.12.09
Segunda Semana de Adviento: Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6, 8-11; Lucas 3:1-6
La primera lectura es del profeta Baruc, otro libro bíblico despojado de la Biblia por el protestantismo aunque los padres de la Iglesia, como Atenagoras, San Ireneo, y Clemente de Alexandria lo consideraban como libro inspirado por Dios (vea Antonio Fuentes, Que Dice La Biblia [Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 1983], sobre Baruc). Otras fuentes académicas indican que Baruc representa la situación de los judíos en la diáspora en el siglo antes de la venida de Cristo. De todo modo, Baruc nos indica la esperanza mesiánica que anticipa el Nuevo Testamento. Por cuenta mía, se encuentra la palabra «gloria» cinco veces en la lectura de Baruc. ¿Qué es la gloria? Un diccionario propone el sentido de lo que «ennoblece o ilustra». Baruc habla de la gloria que es nuestro destino prometido por Dios. En esta gloria, nuestra humanidad estará elevada e ilustrada en toda nobilidad por la gracia de Dios. La ansia por el Mesías surge por nuestra hambre para satisfacer nuestra humanidad en la nobleza completa. En el Evangelio, San Juan Bautista predica sobre «las predicciones del profeta Isaías» que todo será reparado, recto, rellenado, y derecho cuando llegará la salvación de Dios. Todos los defectos de nuestra presente humanidad seran reparados. Y esto será la salvación de Dios. San Pablo también nos habla de la gloria, de nuestro destino de dar gloria a Dios. Pablo nos dice que si siguen creciendo nuestro amor, conocimiento, y sensibilidad espiritual llegaremos «limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo . . . para gloria y alabanza de Dios». La gloria nuestra será la gloria de Dios. Por esta razón, el padre de la Iglesia, San Ireneo (130-200 A. de C.) es famoso por su refrán que la gloria de Dios es el hombre viviente o plenamente vivo (Gloria Dei vivens homo)-- uno de los mismos padres de la Iglesia que testifica por la inclusión del profeta Baruc en el canon bíblico.
29.11.09
Primer Domingo de Adviento: Jeremías 33:14-16; 1 Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-28, 34-36
Ya viene el Señor. Viene hoy si declaramos que él es la única esperanza que tenemos en esta vida. Eso es lo que se llama la «escatología realizada». En esta venida, Cristo entra en las entrañas de nuestro ser que se abre en arrepentimiento y conversión continua. También viene en la hora desconocida de la muerte de cada uno que lee estas palabras. En esa hora tendremos un encuentro con Cristo quien nos juzgará en un juicio particular. Al fin de este mundo, los muertos serán resucitados y todos serán juzgados por Cristo en el juicio general. Y también viene Cristo en el recuerdo de la Encarnación que es el evento clave de la historia mundial, la precondición de todas estas venidas. Estos son todos los aspectos de Adviento, de la Venida de Cristo, y los vemos en las Escrituras. El profeta Jeremías apunta a la Encarnación cuanda predice el rey «del tronco de David». También apunta a la Segunda Venida de Cristo cuando inaugurará su reino final de justicia total. San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses nos advierte que estemos preparados con «corazones irreprochables» para el día en que venga Jesucristo. En el Evangelio, Cristo mismo nos urge que estemos despiertos y alertos para su llegada que «caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra». Todos estos aspectos de la Venida de Cristo surgen de la revelación bíblica. Para ser fieles a esa revelación, tenemos que tener todos estos aspectos de la Venida de Cristo presentes en nuestras vidas: el recuerdo de la Encarnación histórica, la venida de Cristo en nuestros corazones (vea Lucas 17, 21), el encuentro con Cristo en la hora de la muerte (vea Lucas 23, 43), y la Segunda Venida de Cristo al fin del mundo. La visión católica incluye a todos estos aspectos bíblicos de la Venida de Cristo.
22.11.09
Solemnidad de Cristo Rey: Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37
Lo hemos oído muchas veces: Cristo es rey. Todas las lecturas de hoy hablan de su reinado y su autoridad. En Daniel 7 (mencionado en mi último comentario de la semana pasada), vemos al Mesías ("Cristo" en griego) llegando a su puesto de autoridad a la diestra del Dios Padre. En la lectura de Apocalipsis, vemos otra vez las palabras de Daniel 7, ahora aplicadas explícitamente a Jesucristo como rey. En el Evangelio, Jesús le confiesa su identidad como rey a Poncio Pilato. En Daniel 7:14, se dice «gente de todas las naciones y lenguas le servían». En Apocalipsis 1:5, se dice que Jesucristo «tiene autoridad sobre los reyes de la tierra». En Juan 18:37, Jesús dice: «soy rey». No es solamente otro rey entre otros reyes: es el Rey de los reyes. En ese sagrario que visitas está el más potente del mundo entero, del universo entero. Jesús no solamente es amor; él es el amor de la persona más poderosa del universo. Por eso, el enfrentamiento con el representante romano Poncio Pilato es tan significante: Jesús es el verdadero rey; no lo es el emperador romano y sus representantes. Cuando confesamos a Cristo Rey, a la misma vez proclamamos algo verdaderamente revolucionario--más revolucionario que todos los otros gritos de la historia. Proclamamos que este Jesús es el único Rey y no hay otro. Cuando afirmamos el reinado de Cristo, afirmamos que todos que se creen poderosos son mentirosos y falsos. Reconoce la realidad explosiva que anuncias cuando proclamas a Cristo Rey.
15.11.09
Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Daniel 12:1-3; Hebreos 10:11-14, 18; Marcos 13:24-32
En el Evangelio, Jesús dice que "no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla». ¿Qué es el «todo esto» a que se refiere? En la primera parte de la lectura, Jesús usa palabras de estilo apocalíptico para describir el gran acontecimiento. Al primer paso, el lector piensa primero en el fin del mundo cuando viene el juicio final. Pero después de considerarlo mejor con todos los datos bíblicos en mente, vemos que Jesús mismo parece tener en mente un panorama más grande que incluye más que un solo punto al final de la historia del mundo viejo. Jesús se refiere a la caída y destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 D.C. Eso es la catástrophe que esa generación, que escuchaba el discurso de Jesús en el Evangelio, vió. Pero esa catástrophe es parte del inicio de un proceso que vivimos ahora y que acabará con el Hijo viniendo por segunda vez «sobre las nubes con gran poder y majestad». Jesús nos da un vistazo panorámico de muchos siglos en un solo discurso. Nosotros hoy somos parte de ese proceso histórico. La carta paulina a los hebreos confirma esta interpretación que lo que «esta generación», que escuchaba el discurso de Jesús, iba a ver era la destrucción del Templo de Jerusalén. En la carta a los hebreos, se ve que los sacrificios del templo ya los acabó Cristo con el sacrificio perfecto y final de la cruz. Por eso, el Templo de Jerusalén fue destruido: ya no se necesitaba. Y Jesús ascendió a sentarse «a la derecha de Dios», en posición de autoridad plena sobre sus enemigos. El mismo estilo e idioma apocalíptico se ve en la lectura del profeta Daniel. En la lectura de Daniel se habla del juicio final acompañado por la resurrección de los muertos. El proceso apocalíptico que se finaliza en el juicio final empezó cuando Jesús se ofreció como el sacrificio perfecto y final en la cruz, cuando resucitó de entre los muertos, y cuando ascendió a sentarse a la derecha de Dios. Este mismo proceso apocalíptico continuó con la destrucción del templo en el año 70 y continua ahora cuando esperamos el juicio final. En otra lectura famosa del profeta Daniel en el capitulo 7, vemos estas palabras: «Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él. Le dieron poder, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino no será destruido» (Daniel 7:13-14; Nueva Biblia de Jerusalén; énfasis añadido). Ese «alguien parecido a un ser humano» fue Jesús ascendiendo al Padre («el anciano») después de su Resurrección y también será Jesús cuando acabe el juicio final. Vemos entonces que en el discurso apocalíptico de Jesús en el capitulo 13 de San Marcos tenemos que adaptar una interpretación panorámica que considera la apocalipsis como un proceso largo que empieza con el sacrificio perfecto de Jesús en la cruz, un mismo hecho apocalíptico, que hizo del Templo de Jerusalén, destruido en el año 70 D.C., algo ya no necesario en el plan de la salvación.
8.11.09
Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44
«Ha echado todo lo que tenía para vivir». Así dijo Jesús sobre la viuda que «echó dos moneditas de muy poco valor» en las alcancías del templo. En la lectura del Viejo Testamento, tenemos otra viuda que le da todo lo que tiene de comer al profeta Elías. Dos profetas, y dos viudas que lo dan todo con abandono y confianza en Dios. ¿Somos capaces nosotros de darlo todo aunque parezca cosa imposible y estemos llenos de miedo? Estamos en mejor situación que esas dos viudas porque somos testigos por medio del Evangelio que Jesús ya «se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos» (la segunda lectura que proviene de la carta a los hebreos). ¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! No es cosa solamente de palabras y sentimientos bonitos. Es cosa del sacrificio de la vida del Hijo de Dios, un sacrificio acompañado por agonía, tortura, y humillación. Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo. Como dicen las Escrituras en otra parte (Romanos 8:32; énfasis añadido): «Él que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» Estamos en mejor situación que las dos viudas porque conocemos lo que Dios hizo por cada uno de nosotros en el Calvario. Sabemos que darlo todo por Dios no es gasto o locura.
1.11.09
Solemnidad de Todos Los Santos: Apocalipsis 7:2-4, 9-14; 1 Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12a
En esta fiesta de todos los santos, muchos nos acordamos de la costumbre muy católica de visitar las tumbas de los nuestros. Pero hay también mucho para nosotros vivos hoy en la tierra. Primero, vemos en la lectura primera de hoy que un día estaremos en la corte real de Dios en el nuevo cielo y la nueva tierra cuando la historia al fin se acabe. Pero también oimos en la segunda lectura que seremos bendecidos ahora mismo en nuestras vidas terrenas como hijos de Dios en el presente, no solamente en el fúturo. Es un error grande promover un cristianismo que solo nos bendice despúes de la muerte: las bendiciones empiezan antes de morir e incluyen alegría, paz, y hasta sanación. En el Evangelio, oimos las grandes palabras de Jesucristo, las bienaventuranzas que conocemos muy bien. Lee las de nuevo porque son para ti y tu situación personal. Y lo que prometen te llegará antes de morir y despúes de morir.
25.10.09
Trigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52
En Jeremías, tenemos un retrato del retorno de los judíos del exilio. A cada uno de nosotros, Dios nos promete liberación de nuestro «exilio» de confusión, error, ignorancia, y hasta de maldad. Salimos de ese exilio personal por medio del Sumo Sacerdote Jesucristo, cuyo sacrificio perfecto ha ganado nuestra liberación personal y colectiva.
En el Evangelio, el ciego Bartimeo nos da la oración llamada por algunos la Oracion «Jesús», en cual se repite tranquilamente la frase tan simple pero honda del ciego: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Es una oración recomendada en el propio Catecismo de la Iglesia Católica, Sección 2667. Como dijo Jeremías, la salvación de Dios incluye al ciego. Y el ciego soy yo, y el ciego eres tú. Todos tenemos que orar constantemente la misma demanda del ciego: «Maestro, que pueda ver». Que pueda ver muchas cosas: que hago en mis dificultades; que hago con individuos difíciles; que hago con las consecuencias del pecado; que hago cuando viene, como siempre viene, la tentación fuerte; que hago para evangelizar; que hago para vivir la vida abundante de liberación prometida por Jesús. Jesús nos pregunta a cada uno como le preguntó al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Nos quedamos callados, o tenemos la audacia de Bartimeo de contestar?
En el Evangelio, el ciego Bartimeo nos da la oración llamada por algunos la Oracion «Jesús», en cual se repite tranquilamente la frase tan simple pero honda del ciego: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Es una oración recomendada en el propio Catecismo de la Iglesia Católica, Sección 2667. Como dijo Jeremías, la salvación de Dios incluye al ciego. Y el ciego soy yo, y el ciego eres tú. Todos tenemos que orar constantemente la misma demanda del ciego: «Maestro, que pueda ver». Que pueda ver muchas cosas: que hago en mis dificultades; que hago con individuos difíciles; que hago con las consecuencias del pecado; que hago cuando viene, como siempre viene, la tentación fuerte; que hago para evangelizar; que hago para vivir la vida abundante de liberación prometida por Jesús. Jesús nos pregunta a cada uno como le preguntó al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Nos quedamos callados, o tenemos la audacia de Bartimeo de contestar?
18.10.09
Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45
El tema de este domingo es redención por medio del sufrimiento, por medio de las pruebas de la vida. No es una idea popular: nadie quiere sufrir. Pero la verdad tiene una forma más particular: nadie quiere sufrir por nada. Pero hoy muchos sufren, precisamente, por nada, nada que puede dar la satisfacción del gozo auténtico: el vicio de la droga o el alcohol, la promiscuidad y el libertinaje que nunca satisfechan y solo humillan a uno mismo y a otros, el fanatismo para adquirir más dinero y más poder hasta el punto de destruir nuestra salud y nuestro honor.
Pero si hay una forma de sufrimiento que da satisfacción que nunca se disminuye, que da un gozo misterioso que dura, que honra nuestra dignidad humana y de otros, que es un heroísmo auténtico por cual fuimos creados: sufrir por amor. Una madre o un padre normal sufren con abandono por sus hijos. El enamorado da todo y sacrifica todo por la mujer que posee su corazón. El amor apasionado es la lógica del sufrimiento redentor. En Isaías, vemos al siervo del Señor que sufre como expiación por otros: por sus descendientes y por muchos. Tiene que ser por amor. En la carta a los hebreos, San Pablo (en mi opinión fue Pablo quien escribió esta carta aunque muchos lo niegan) lo hace explícito: Jesús sufrió para que recibiramos la misericordia y ayuda «en el momento oportuno». En el Evangelio, Jesús le aclara a los apóstoles que tienen que pasar por la prueba del sufrimiento para compartir de su gloria y que tienen que ser los servidores y esclavos de todos. ¿No es eso precisamente la mejor descripción del amor? El que ama sirve al amado. Si no sirve al amado, no se trata de amor. Se trata de manipulación que es solamente una forma de sufrimiento por nada y por eso sin el fruto de la redención.
Pero si hay una forma de sufrimiento que da satisfacción que nunca se disminuye, que da un gozo misterioso que dura, que honra nuestra dignidad humana y de otros, que es un heroísmo auténtico por cual fuimos creados: sufrir por amor. Una madre o un padre normal sufren con abandono por sus hijos. El enamorado da todo y sacrifica todo por la mujer que posee su corazón. El amor apasionado es la lógica del sufrimiento redentor. En Isaías, vemos al siervo del Señor que sufre como expiación por otros: por sus descendientes y por muchos. Tiene que ser por amor. En la carta a los hebreos, San Pablo (en mi opinión fue Pablo quien escribió esta carta aunque muchos lo niegan) lo hace explícito: Jesús sufrió para que recibiramos la misericordia y ayuda «en el momento oportuno». En el Evangelio, Jesús le aclara a los apóstoles que tienen que pasar por la prueba del sufrimiento para compartir de su gloria y que tienen que ser los servidores y esclavos de todos. ¿No es eso precisamente la mejor descripción del amor? El que ama sirve al amado. Si no sirve al amado, no se trata de amor. Se trata de manipulación que es solamente una forma de sufrimiento por nada y por eso sin el fruto de la redención.
11.10.09
Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30
Él que sinceramente le pide a Dios la sabiduría, el conocimiento profundo de la verdad de su vida y de la vida, lo recibirá: eso es la promesa del Dios para quien todo bueno es posible. En el libro de Sabiduría, se celebra que asombroso es la experiencia de la epifanía de la Sabiduría de Dios. Él que tiene experiencia de esa sabiduría divina y verdadera sabe que nada se compara con eso porque la sabiduría divina revela lo que es la realidad de todo, incluso de nosotros. En ese momento la persona se rinde antes la Verdad y queda saciado en plena paz porque en fin ha conocido lo que siempre ha buscado como ser humano.
En la carta a los hebreos, San Pablo (conozco que muchos dicen que Pablo no escribió esta carta: no estoy de acuerdo con esa teoría) expone la palabra de Dios como la llave a la Sabiduría que se describe en la primera lectura. Y no se trata solamente de leer la palabra de Dios en la Biblia, porque la "palabra de Dios" también se oye personalmente en el alma y la conciencia, se oye en la profecía actual de estos días, se oye y se ve en las vidas de muchos cristianos. La palabra de Dios está en la Biblia y en la Iglesia y su tradición. En lo más fundamental, la palabra de Dios es el Evangelio de Jesucristo, es Jesucristo mismo.
En el Evangelio de San Marcos, Jesús advierta, en la escena famosa del hombre rico que no quiso vender sus posesiones materiales, la gran dificultad que tienen los que poseen riquezas materiales. Esas riquezas los han esclavizado y ciegado en una manera que no pueden reconocer y responder a la riqueza verdadera de la Sabiduría de cual leimos en la primera lectura. Ahí está la tentación: pensamos en escoger algo más bajo y nos olvidamos que lo que ofrece Cristo tiene un valor incomparable con cualquier posesión material, prestigio social, popularidad, o placer sensual. Dios nos da, si cooperamos, experiencia de la maravilla de su Sabiduría verdadera. Con la memoria viva de esa experiencia, entonces podemos rechazar con conocimiento las ofertas falsas de la sabiduría falsa.
En la carta a los hebreos, San Pablo (conozco que muchos dicen que Pablo no escribió esta carta: no estoy de acuerdo con esa teoría) expone la palabra de Dios como la llave a la Sabiduría que se describe en la primera lectura. Y no se trata solamente de leer la palabra de Dios en la Biblia, porque la "palabra de Dios" también se oye personalmente en el alma y la conciencia, se oye en la profecía actual de estos días, se oye y se ve en las vidas de muchos cristianos. La palabra de Dios está en la Biblia y en la Iglesia y su tradición. En lo más fundamental, la palabra de Dios es el Evangelio de Jesucristo, es Jesucristo mismo.
En el Evangelio de San Marcos, Jesús advierta, en la escena famosa del hombre rico que no quiso vender sus posesiones materiales, la gran dificultad que tienen los que poseen riquezas materiales. Esas riquezas los han esclavizado y ciegado en una manera que no pueden reconocer y responder a la riqueza verdadera de la Sabiduría de cual leimos en la primera lectura. Ahí está la tentación: pensamos en escoger algo más bajo y nos olvidamos que lo que ofrece Cristo tiene un valor incomparable con cualquier posesión material, prestigio social, popularidad, o placer sensual. Dios nos da, si cooperamos, experiencia de la maravilla de su Sabiduría verdadera. Con la memoria viva de esa experiencia, entonces podemos rechazar con conocimiento las ofertas falsas de la sabiduría falsa.
4.10.09
Vígesimo Séptimo Domingo del T.O.: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16
¡Qué frase tan profunda al decir que el hombre y la mujer en el matrimonio son «una sola cosa»! Así lo cuenta la lectura de Génesis y así lo cuenta Jesús invocando al primer matrimonio de Génesis en su recuperación del sentido original del matrimonio. ¿Qué es ser «una sola cosa»? Obviamente se realiza en forma concreta en la unión sexual de esposo y esposa. Pero no es algo solamente físico y carnal. Todos sabemos que la unión sexual en muchos casos hoy en día carece de cualquier sentido profundo, serio, o verdaderamente humano. En muchos casos es una forma de explotación rutinaria sin fondo emocional y sin unión personal. Esta superficialidad es algo muy común hoy en día en las relaciones fuera del matrimonio y hasta en las relaciones que se llevan a cabo en muchos matrimonios superficiales.
Ser «una sola cosa» es estar dispuesto a dar la vida por el otro. El sentido profundo del matrimonio se encuentra en el amor que se hace realidad en la cruz. Por eso, Jesús es «una sola cosa» con cada cristiano y con la Iglesia, que es el cuerpo mismo de Jesús. El hombre que verdaderamente ama a su mujer está dispuesto a morir para salvarla. Igualmente, la mujer que de veras ama a su esposo está dispuesta a morir para salvarlo. El amor auténtico no se esconde del sacrificio total, no vacila enfrente del peligro al amado.
Por eso, el matrimonio humano en su plenitud de gracia y regocijo propiamente requiere la castidad. El hombre especialmente está más dispuesto al sacrificio total para la mujer que ha sido solamente suya. Es una realidad de la humanidad. Lo mismo en modo diferente por parte de la mujer que está segura que el corazón de su esposo no ha conocido otro amor tan profundo. El matrimonio en su plenitud como fue creado por Dios llama al sacrificio total de una vida por otra vida. Por eso, la Iglesia siempre ha enseñado que la mejor preparación para el matrimonio es la castidad donde se preserva todo lo que uno es en exclusividad para el esposo y la esposa futura. El patriota auténtico no tiene lealtad a varias patrias. No está dispuesto morir por diferentes patrias. El patriota conserva su lealtad para una sola patria. Es igual en el ideal del matrimonio. Hoy en día la cultura engaña a muchos con ignorar esta realidad y necesidad para que un matrimonio tenga toda la gloria y alegría que se merece como sacramento.
En la carta a los hebreos se habla de como Cristo en su muerte y sufrimiento se unió a nuestra condición humana para que tengamos parte de su gloria. El matrimonio humano es una sombra de esa entrega total y completa por el amor que nos lleva a la gloria eterna.
Ser «una sola cosa» es estar dispuesto a dar la vida por el otro. El sentido profundo del matrimonio se encuentra en el amor que se hace realidad en la cruz. Por eso, Jesús es «una sola cosa» con cada cristiano y con la Iglesia, que es el cuerpo mismo de Jesús. El hombre que verdaderamente ama a su mujer está dispuesto a morir para salvarla. Igualmente, la mujer que de veras ama a su esposo está dispuesta a morir para salvarlo. El amor auténtico no se esconde del sacrificio total, no vacila enfrente del peligro al amado.
Por eso, el matrimonio humano en su plenitud de gracia y regocijo propiamente requiere la castidad. El hombre especialmente está más dispuesto al sacrificio total para la mujer que ha sido solamente suya. Es una realidad de la humanidad. Lo mismo en modo diferente por parte de la mujer que está segura que el corazón de su esposo no ha conocido otro amor tan profundo. El matrimonio en su plenitud como fue creado por Dios llama al sacrificio total de una vida por otra vida. Por eso, la Iglesia siempre ha enseñado que la mejor preparación para el matrimonio es la castidad donde se preserva todo lo que uno es en exclusividad para el esposo y la esposa futura. El patriota auténtico no tiene lealtad a varias patrias. No está dispuesto morir por diferentes patrias. El patriota conserva su lealtad para una sola patria. Es igual en el ideal del matrimonio. Hoy en día la cultura engaña a muchos con ignorar esta realidad y necesidad para que un matrimonio tenga toda la gloria y alegría que se merece como sacramento.
En la carta a los hebreos se habla de como Cristo en su muerte y sufrimiento se unió a nuestra condición humana para que tengamos parte de su gloria. El matrimonio humano es una sombra de esa entrega total y completa por el amor que nos lleva a la gloria eterna.
27.9.09
Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43, 45, 47-48
Se habla del Espíritu del Señor, del Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, San Pablo le ordena a los cristianos: «¡Aspirad a los carismas surperiores!» (1 Corintios 12:31a). También, manda el Apóstol: «Buscad la caridad; pero aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía» (1 Cor. 14:1). No se puede pretender que estos dones eran solamente para los tiempos antiguos de la Biblia. No se puede pretender que son dones solo para sacerdotes, los consagrados en la vida religiosa, y los santos canonizados. Son dones para todo cristiano bautizado. En la lectura de Números, tenemos el don de profecía cayendo sobre los setenta ancianos en el tiempo de Moisés. Moisés se alegra que profetizan: «Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor». Pablo está de acuerdo con Moisés.
En el Evangelio, Jesús también celebra que otros fuera de su círculo hacen milagros en el nombre de Jesús. No se opone. Pero si se opone fuertemente a los que son ocasión de pecado para otros. Y le advierta a todos nosotros que debemos abandonar las ocasiones de pecado.
En la carta de Santiago, se condena ferozmente a los ricos que no son justos. Santiago los describe como «engordando como reses para el día de la matanza». El rico injusto, como cualquier injusto, lleva una vida que es ocasión de pecado para otros: primero en la injusticia propria que le impone a otros y también en el rencor que esa injusticia crea en el oprimido que a veces los lleva a responder con su propia injusticia. El injusto cree que se está beneficiando, pero esta avariciosa acumulación de beneficios ilusorios solo sirve para aumentar su condena en el juicio final.
¡Qué contraste en dos modos de vida tan diferentes! En un lado, él que aspira a profetizar y a los otros dones y carismas espirituales, y, en el otro lado, los que viven una vida injusta enfocada en la avaricia. Como humanos naturalmente aspiramos a algo. Todos nos tenemos que preguntar a que aspiramos. Nuestro fin depende de esas aspiraciones.
En el Evangelio, Jesús también celebra que otros fuera de su círculo hacen milagros en el nombre de Jesús. No se opone. Pero si se opone fuertemente a los que son ocasión de pecado para otros. Y le advierta a todos nosotros que debemos abandonar las ocasiones de pecado.
En la carta de Santiago, se condena ferozmente a los ricos que no son justos. Santiago los describe como «engordando como reses para el día de la matanza». El rico injusto, como cualquier injusto, lleva una vida que es ocasión de pecado para otros: primero en la injusticia propria que le impone a otros y también en el rencor que esa injusticia crea en el oprimido que a veces los lleva a responder con su propia injusticia. El injusto cree que se está beneficiando, pero esta avariciosa acumulación de beneficios ilusorios solo sirve para aumentar su condena en el juicio final.
¡Qué contraste en dos modos de vida tan diferentes! En un lado, él que aspira a profetizar y a los otros dones y carismas espirituales, y, en el otro lado, los que viven una vida injusta enfocada en la avaricia. Como humanos naturalmente aspiramos a algo. Todos nos tenemos que preguntar a que aspiramos. Nuestro fin depende de esas aspiraciones.
20.9.09
Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Sabiduría 2:12, 17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37
No hay remedio que decir que estas lecturas son muy apropiadas para lo que está ocurriendo hoy en el mundo: el fanatismo islámico que se está luciendo en un odio irracional hacia la crítica necesaria del Papa a la violencia de muchos (no todos) en el mundo islámico. El Papa habló la verdad: hay un problema grave en el seno del mundo islámico. Y hizo su crítica en una manera civilizada y académica como es su costumbre, una manera que no se merece la reacción primitiva que se ha visto hasta ahora (noten: escribo esto el día 17 de septiembre).
En el libro de Sabiduría, se habla como los malos quieren matar al justo porque el justo los «molesta y se opone» a lo que hacen. En el Evangelio, Cristo, el hombre más justo, anuncia que tendrá que ser entregado a las manos de los injustos. En la carta de Santiago, el apóstol apunta el origen del odio irracional de los injustos que acaban asesinando a los inocentes: la envidia y las malas pasiones «que siempre están en guerra dentro de ustedes». Ahí está el problema grave del mundo islámico: el complejo de inferioridad, la envidia, las pasiones malas. Oramos que todos nuestros hermanos en ese mundo encuentren la paz verdadera en sus almas para que siembren «la paz» y cosechen los «frutos de la justicia». Para está conversión y para la protección del Papa y de todos los cristianos en peligro, invocamos a María, la Madre de Dios y la Madre de la Paz, la Paz verdadera y auténtica que es solamente Cristo Jesús.
En el libro de Sabiduría, se habla como los malos quieren matar al justo porque el justo los «molesta y se opone» a lo que hacen. En el Evangelio, Cristo, el hombre más justo, anuncia que tendrá que ser entregado a las manos de los injustos. En la carta de Santiago, el apóstol apunta el origen del odio irracional de los injustos que acaban asesinando a los inocentes: la envidia y las malas pasiones «que siempre están en guerra dentro de ustedes». Ahí está el problema grave del mundo islámico: el complejo de inferioridad, la envidia, las pasiones malas. Oramos que todos nuestros hermanos en ese mundo encuentren la paz verdadera en sus almas para que siembren «la paz» y cosechen los «frutos de la justicia». Para está conversión y para la protección del Papa y de todos los cristianos en peligro, invocamos a María, la Madre de Dios y la Madre de la Paz, la Paz verdadera y auténtica que es solamente Cristo Jesús.
13.9.09
Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35
Estas lecturas tratan del coraje del cristiano. Conocemos el miedo porque somos humanos. No es causa de vergüenza. Al contrario, cierto miedo natural es parte indispensable de nuestra inteligencia y prudencia. Pero en este mundo, no podemos vivir bajo la autoridad del miedo. Conocemos la autoridad de un solo Señor, Jesús, no el miedo. El profeta Isaías con gran elocuencia habla de su confianza en la protección del Señor y hasta se atreve a decirles a sus enemigos que se enfrenten con él porque Isaías ya ha dejado el miedo atrás. Está dispuesto a enfrentar a todos y a todas sus acusaciones.
El apóstol Santiago escribe que la fe verdadera se demuestra en obras. Muchas veces no hacemos las obras que debemos no por falta de querer lo bueno pero porque tenemos miedo. Tenemos miedo de acusaciónes, calumnias, complicaciones, y de hacer enemigos de nuevo. Bueno, como dijo S. Josemaría Escrivá, tenemos que complicarnos la vida por Cristo. La fe tiene que acabar en obras y por eso tenemos que inevitablemente abandonar el miedo.
En el Evangelio, tenemos el modelo: Jesucristo. Cuando anunció a los discípulos que tenía que morir en Jerusalén, Pedro lo criticó. Y Jesús famosamente lo puso en su lugar. No dejo que hasta los que eran sus intimos le interrumpierán su misión. Y acabo anunciando que él que quiera salvarse la vida tiene que perder la vida por Él. Tenemos que llegar al punto de un abandono total a las manos de Dios para tener el coraje de vivir nuestro destino divino, nuestra misión. Ese coraje no puede surgir de nuestros planes o de nuestros esfuerzos y calculaciones. Ese coraje solo surge, como en el caso de Isaías y de Jesús, de un abandono y una entrega total a las manos y a la voluntad de Dios.
El apóstol Santiago escribe que la fe verdadera se demuestra en obras. Muchas veces no hacemos las obras que debemos no por falta de querer lo bueno pero porque tenemos miedo. Tenemos miedo de acusaciónes, calumnias, complicaciones, y de hacer enemigos de nuevo. Bueno, como dijo S. Josemaría Escrivá, tenemos que complicarnos la vida por Cristo. La fe tiene que acabar en obras y por eso tenemos que inevitablemente abandonar el miedo.
En el Evangelio, tenemos el modelo: Jesucristo. Cuando anunció a los discípulos que tenía que morir en Jerusalén, Pedro lo criticó. Y Jesús famosamente lo puso en su lugar. No dejo que hasta los que eran sus intimos le interrumpierán su misión. Y acabo anunciando que él que quiera salvarse la vida tiene que perder la vida por Él. Tenemos que llegar al punto de un abandono total a las manos de Dios para tener el coraje de vivir nuestro destino divino, nuestra misión. Ese coraje no puede surgir de nuestros planes o de nuestros esfuerzos y calculaciones. Ese coraje solo surge, como en el caso de Isaías y de Jesús, de un abandono y una entrega total a las manos y a la voluntad de Dios.
6.9.09
Vigésimo Tercer Domingo del T.O.: Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37
En estas lecturas tenemos que notar que hay por lo menos dos niveles de sentido: el literal y el simbólico. En Isaías y también en el Evangelio, vemos a la curación milagrosa. En Isaías, tenemos a los ciegos viendo, los sordos oyendo, los cojos saltando, y los mudos cantando. En el Evangelio, Jesús cura al hombre sordo y tartamudo. Acaba el hombre hablando sin dificultad. Pero también hay la curación milgarosa de las almas en Isaías: al tímido se le da animo. Se quita el miedo: esta es la curación más fundamental que todos necesitamos sin distinción de salud física. Estos son los sentidos literales: Dios verdaderamente cura a los enfermos en cuerpo y en alma. Tenemos que hoy rogarle a Dios con persistencia para la curación de las enfermedades e incapacidades físicas y psycológicas con una fe audaz pero siempre invocando que se cumple la voluntad de Dios como hizo Jesús mismo en las horas antes de su muerte. (Hasta algunos cristianos dan la recomendación que el cristiano primero le debe pedir a Dios iluminación para saber si la curación física es la voluntad de Dios en un caso particular.)
El nivel simbólico está presente cuando en Isaías se habla del agua en el desierto, torrentes en la estepa, y manantiales en el desierto.(Aunque también se puede ver hasta aquí un sentido literal cuando contemplamos que en la Israel de hoy hay tanto desarrollo en la agricultura en una zona tan árida.) En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo que nos da Cristo es una fuente de agua viva que surge en nuestras almas: convierte el desierto de nuestra desesperación y de nuestras ansiedades en la alegría de caminar en el Espíritu Santo que confiesa Cristo como Señor. Igualmente, Jesús nos quita nuestra condición de sordos espirituales y nos da lenguas que pueden comunicar claramente el sentido verdadero de nuestras vidas y de toda vida humana.
En la carta de Santiago, se condena el favoritismo al rico sobre el pobre, se rechaza los criterios falsos de la dignidad humana. Dios llena a los pobres, los que no tienen orgullo o prestigio humano, con sus bendiciones como dijo nuestra Madre María en el Evangelio de San Lucas. Por eso, no podemos ir contra de Dios mismo y favorecer a los ricos solo porque son ricos en dinero y prestigio social. El rico está en peligro de su vida porque sus posesiones lo amenazan con esclavitud e idolatría. El pobre no tiene remedio que tirarse a las manos de Dios y por eso es espiritualmente privilegiado comparado con el rico. Aquí hay una curación espiritual: Santiago nos quiere liberar de ser ciegos a la condición verdadera de los hombres para conocer que las riquezas materiales no definen la dignidad humana. Por eso en muchos países ricos hay tanta falta de dignidad humana y tantas cosas gravemente vergonzosas en la conducta. Esos países ricos tienen mucho que aprender de los inmigrantes pobres que les llegan a sus tierras con más sanas ideas sobre el honor personal.
Hay curaciones en todas las partes de estas lecturas y hay niveles simbólicos en algunas de las frases que leemos. Señor, abre los ojos de nuestros corazones para ver nuestras enfermedades verdaderas y no vivir en una maner que no es auténticamente ni humana y ni sana.
El nivel simbólico está presente cuando en Isaías se habla del agua en el desierto, torrentes en la estepa, y manantiales en el desierto.(Aunque también se puede ver hasta aquí un sentido literal cuando contemplamos que en la Israel de hoy hay tanto desarrollo en la agricultura en una zona tan árida.) En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo que nos da Cristo es una fuente de agua viva que surge en nuestras almas: convierte el desierto de nuestra desesperación y de nuestras ansiedades en la alegría de caminar en el Espíritu Santo que confiesa Cristo como Señor. Igualmente, Jesús nos quita nuestra condición de sordos espirituales y nos da lenguas que pueden comunicar claramente el sentido verdadero de nuestras vidas y de toda vida humana.
En la carta de Santiago, se condena el favoritismo al rico sobre el pobre, se rechaza los criterios falsos de la dignidad humana. Dios llena a los pobres, los que no tienen orgullo o prestigio humano, con sus bendiciones como dijo nuestra Madre María en el Evangelio de San Lucas. Por eso, no podemos ir contra de Dios mismo y favorecer a los ricos solo porque son ricos en dinero y prestigio social. El rico está en peligro de su vida porque sus posesiones lo amenazan con esclavitud e idolatría. El pobre no tiene remedio que tirarse a las manos de Dios y por eso es espiritualmente privilegiado comparado con el rico. Aquí hay una curación espiritual: Santiago nos quiere liberar de ser ciegos a la condición verdadera de los hombres para conocer que las riquezas materiales no definen la dignidad humana. Por eso en muchos países ricos hay tanta falta de dignidad humana y tantas cosas gravemente vergonzosas en la conducta. Esos países ricos tienen mucho que aprender de los inmigrantes pobres que les llegan a sus tierras con más sanas ideas sobre el honor personal.
Hay curaciones en todas las partes de estas lecturas y hay niveles simbólicos en algunas de las frases que leemos. Señor, abre los ojos de nuestros corazones para ver nuestras enfermedades verdaderas y no vivir en una maner que no es auténticamente ni humana y ni sana.
30.8.09
Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Deuteronomio 4:1-2, 6-8; Santiago 1:17-18, 21-22, 27; Marcos 7:1-8, 14-15, 21-23
En el Evangelio, Jesús le habla duro a los fariseos que son hipócritas (no todos los fariseos eran de ese tipo; muchos eran sinceros como el fariseo que acabó por convertirse en San Pablo). Los fariseos hipócritas siempre estaban buscando algo que criticar: eran apóstoles del sospecho. Por envidia, buscaban en cada detalle que observaban alguna manera de humillar y destruir a Jesús. Ellos convirtieron la religión dada a Moisés, una religión de mandatos y preceptos justos como se dice en la lectura de Deuteronomio, a una religión de peligros legales. Esa religión de apariencia puso toda la atención en lo de afuera y ignoró el corazón de la persona. Por eso, acabó en hipocresía. Jesús vuelve a la revelación original dada a Moisés: una revelación de sabiduría, prudencia, y justicia verdadera, una religión del corazón.
Por eso, el apóstol Santiago le advierte a los cristianos que practiquen el Evangelio por medio de los trabajos de la caridad práctica. En los hechos se ve el corazón. Por eso, él de buen corazón actua concretamente en caridad. Él que no da fruto de caridad no la tiene. Y él que no tiene la caridad no tiene a Cristo. Tenemos que siempre estar alertos para no acabar trágicamente como nuevos fariseos cristianos: siempre criticando a los otros, siempre sospechando a todos, siempre investigando por envidia las vidas de otros, siempre pescando por el escándalo. La mejor manera de evitar la tragedia de repetir el fracaso de los fariseos hipócritas es en mostrar generosamente en hechos concretos la caridad a los que encontramos por el camino de la vida sin hacer muchas preguntas e investigaciones. Y parte de esa caridad generosa no es solo dar dinero o comida al pobre. Parte importante de esa caridad, como enseño San Josemaría Escrivá, es no sospechar sin necesidad, no criticar por gusto y envidia, no hacerle la vida más difícil a los que necesitan nuestra ayuda y oraciones. Esa cardidad activa nos transforma en otros Cristos y no en copias repugnantes de los fariseos hipócritas.
Por eso, el apóstol Santiago le advierte a los cristianos que practiquen el Evangelio por medio de los trabajos de la caridad práctica. En los hechos se ve el corazón. Por eso, él de buen corazón actua concretamente en caridad. Él que no da fruto de caridad no la tiene. Y él que no tiene la caridad no tiene a Cristo. Tenemos que siempre estar alertos para no acabar trágicamente como nuevos fariseos cristianos: siempre criticando a los otros, siempre sospechando a todos, siempre investigando por envidia las vidas de otros, siempre pescando por el escándalo. La mejor manera de evitar la tragedia de repetir el fracaso de los fariseos hipócritas es en mostrar generosamente en hechos concretos la caridad a los que encontramos por el camino de la vida sin hacer muchas preguntas e investigaciones. Y parte de esa caridad generosa no es solo dar dinero o comida al pobre. Parte importante de esa caridad, como enseño San Josemaría Escrivá, es no sospechar sin necesidad, no criticar por gusto y envidia, no hacerle la vida más difícil a los que necesitan nuestra ayuda y oraciones. Esa cardidad activa nos transforma en otros Cristos y no en copias repugnantes de los fariseos hipócritas.
23.8.09
Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Josué 24:1-2, 15-17, 18; Efesios 5:21-32; Juan 6:60-69
Veo estas lecturas como una llamada a escoger radicalmente. Josué le pone las opciones claramente a los israelitas: ¿Quieren servir a los dioses de sus padres o a los dioses del país donde habitan o al Señor? En palabras memorables, Josué habla por su familia propia y dice, «En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor.» Si nuestros antepasados no eran cristianos, tenemos que decidir si nos vamos a quedar con su religión no cristiana. En muchos casos entre cristianos, se trata de escoger entre imitar el cristianismo superficial de nuestros padres o de entrar más profundamente en la llamada de Cristo. En otros casos, se trata de inmigrantes que tienen que decidir si van a seguir siendo católicos o se van a submitir a una denominación norteamericana en el nuevo país que habitan. Las opciones son varias dependiendo de nuestras circunstancias particulares. Pero en todas las circunstancias, tenemos que escoger.
En efesios, San Pablo nos transmite la enseñanza sobre el matrimonio y cita a las palabras del libro de Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa». Pablo asemeja el matrimonio con nuestra unión con Cristo. Por eso, unirse a Cristo requiere abandonar el pasado y romper con el pasado para entrar en una familia nueva y más importante que nuestras asociaciones del pasado. Unirse a Cristo requiere escoger entre Cristo y los compromisos en que nos encontramos. No es cosa de abandonar los lazos de nuestras familias de crianza (aunque en algunos casos excepcionales de maldad hasta eso puede ser necesario y prudente en ciertas circunstancias trágicas). Pero si es cosa de poner la relación con Cristo primera igual como un esposo o esposa le da prioridad a sus obligaciones en su nuevo matrimonio sobre las obligaciones a su familia de crianza.
En el Evangelio, Jesús, como Josué, enfrenta a los judíos con la opción de seguir al Señor o quedarse en las tradiciones de sus padres. Josué prefigura a Jesús: hasta sus nombres tienen el mismo sentido porque los dos nombres significan la frase «Dios salva». El nombre «Jesús» es la forma griega del nombre «Josué». Jesús le presenta a los judíos la opción de reconocer que su carne es verdadera comida y que su sangre es verdadera bebida o de rechazar tal creencia. Todavía hoy Jesús nos pregunta si vamos a reconocer su cuerpo y sangre en la Eucaristía . Los protestantes tienen que decidir si van a dejar sus tradiciones para aceptar esta enseñanza de Jesús. Los católicos tienen que decidir si van a seguir siendo católicos que aceptan esta enseñanza escandalosa de Jesús. Él que no es cristiano también no puede ignorar lo que enseña Jesús. Para aceptar la doctrina eucarística de Jesús tenemos que abandonar un pasado protestante o no creyente. Tenemos que abandonar el esceptisimo racionalístico.
En todas las lecturas de hoy Dios nos presenta la necesidad de escoger entre los compromisos del pasado y presente, y el futuro nuevo que Dios propone. ¿En tus propias circunstancias qué es lo que Dios te está proponiendo abandonar para entregarte completamente a Jesús?
En efesios, San Pablo nos transmite la enseñanza sobre el matrimonio y cita a las palabras del libro de Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa». Pablo asemeja el matrimonio con nuestra unión con Cristo. Por eso, unirse a Cristo requiere abandonar el pasado y romper con el pasado para entrar en una familia nueva y más importante que nuestras asociaciones del pasado. Unirse a Cristo requiere escoger entre Cristo y los compromisos en que nos encontramos. No es cosa de abandonar los lazos de nuestras familias de crianza (aunque en algunos casos excepcionales de maldad hasta eso puede ser necesario y prudente en ciertas circunstancias trágicas). Pero si es cosa de poner la relación con Cristo primera igual como un esposo o esposa le da prioridad a sus obligaciones en su nuevo matrimonio sobre las obligaciones a su familia de crianza.
En el Evangelio, Jesús, como Josué, enfrenta a los judíos con la opción de seguir al Señor o quedarse en las tradiciones de sus padres. Josué prefigura a Jesús: hasta sus nombres tienen el mismo sentido porque los dos nombres significan la frase «Dios salva». El nombre «Jesús» es la forma griega del nombre «Josué». Jesús le presenta a los judíos la opción de reconocer que su carne es verdadera comida y que su sangre es verdadera bebida o de rechazar tal creencia. Todavía hoy Jesús nos pregunta si vamos a reconocer su cuerpo y sangre en la Eucaristía . Los protestantes tienen que decidir si van a dejar sus tradiciones para aceptar esta enseñanza de Jesús. Los católicos tienen que decidir si van a seguir siendo católicos que aceptan esta enseñanza escandalosa de Jesús. Él que no es cristiano también no puede ignorar lo que enseña Jesús. Para aceptar la doctrina eucarística de Jesús tenemos que abandonar un pasado protestante o no creyente. Tenemos que abandonar el esceptisimo racionalístico.
En todas las lecturas de hoy Dios nos presenta la necesidad de escoger entre los compromisos del pasado y presente, y el futuro nuevo que Dios propone. ¿En tus propias circunstancias qué es lo que Dios te está proponiendo abandonar para entregarte completamente a Jesús?
16.8.09
Vigésimo Domingo del T.O.: Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58
Es un domingo de lecturas eucarísticas. El católico puede entender profundamente las palabras de hoy. La ironía es que los protestantes que tanto hablan de la Biblia solamente le pueden dar un sentido superficial a estas lecturas bíblicas. El católico afirma que el pan y el vino se convierten en la carne y la sangre de Cristo. Lo tenemos muy claro y literalmente en la lectura del Evangelio de San Juan: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». No se puede decir más claro que eso. No se puede negar que estas palabras se refieren a la Santa Cena cuando Jesús anticipó su sacrificio en la cruz declarando que este pan es su cuerpo y que la copa es la copa de su sangre (vea Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-25). Si tomamos en serio las palabras mismísimas de Jesús, vemos que el pan es su cuerpo y que la copa es la sangre. El testimonio del Nuevo Testamento está claro y seguro. Y así la Iglesia primitiva lo entendía. Tomar el sentido de todas estas palabras como algo solamente simbólico es no tomar las Escrituras en serio y andar en juegos que no son serios.
En la lectura de los Proverbios, vemos que la Sabiduría pone la mesa con pan y vino. Con la venida de Cristo, podemos entender este pasaje: Jesús es la Sabiduría que nos da pan de comer y vino de beber. ¡Y qué pan y qué vino! Un pan y un vino que quita la ignorancia, da la plenitud de la vida, y nos avanza «por el camino de la prudencia». Eso no lo hace un pan normal o un vino normal: lo puede hacer solamente un pan y un vino sobrenatural que nos da una participación intima con la Sabiduría. ¡Al contrario el vino normal en muchos casos abusivos quita la sabiduría, la vida, y la prudencia!
La lectura escrita por Pablo nos enseña más sobre la Eucaristía. Pablo nos manda a llenarnos del Espíritu Santo, no del vino que solo emborracha. En la mentalidad bíblica, el vino es la alegría que da Dios (Salmo 104:15). Pablo nos enseña en Galatas 5:22 que la alegría es fruto del Espíritu Santo. Pablo nos apunta otro vino, no el vino ordinario de los borrachos sino el vino que es el Espíritu Santo. Pablo nos invita a emborracharnos con el Espíritu Santo. Por eso San Ambrosio de Milán, el mismo que famosamente bautizó a San Agustín de Hipona, llamaba la efusión del Espíritu Santo una embriaguez sobria. En la copa de la Eucaristía (y también en el pan) recibimos al Espíritu Santo (vea Catecismo de la Iglesia Católica, sección 1394). Y también sabemos que el Espíritu Santo nos da el don de la sabiduría que se celebra en los Proverbios (Isaías 11:1-2).
Todo se relaciona y se cumple en el milagro eucarístico: porque el pan es el cuerpo de Cristo y la copa es la sangre de Cristo, nos llenamos del Espíritu Santo y recibimos alegría, sabiduría, y prudencia. Como dice Pablo expresamos esa alegría en nuestro cantar y en dar gracias continuamente a Dios. Ese dar gracias es lo que literalmente significa la palabra Eucaristía en el griego original. Como dije, todo se relaciona en la revelación bíblica.
En la lectura de los Proverbios, vemos que la Sabiduría pone la mesa con pan y vino. Con la venida de Cristo, podemos entender este pasaje: Jesús es la Sabiduría que nos da pan de comer y vino de beber. ¡Y qué pan y qué vino! Un pan y un vino que quita la ignorancia, da la plenitud de la vida, y nos avanza «por el camino de la prudencia». Eso no lo hace un pan normal o un vino normal: lo puede hacer solamente un pan y un vino sobrenatural que nos da una participación intima con la Sabiduría. ¡Al contrario el vino normal en muchos casos abusivos quita la sabiduría, la vida, y la prudencia!
La lectura escrita por Pablo nos enseña más sobre la Eucaristía. Pablo nos manda a llenarnos del Espíritu Santo, no del vino que solo emborracha. En la mentalidad bíblica, el vino es la alegría que da Dios (Salmo 104:15). Pablo nos enseña en Galatas 5:22 que la alegría es fruto del Espíritu Santo. Pablo nos apunta otro vino, no el vino ordinario de los borrachos sino el vino que es el Espíritu Santo. Pablo nos invita a emborracharnos con el Espíritu Santo. Por eso San Ambrosio de Milán, el mismo que famosamente bautizó a San Agustín de Hipona, llamaba la efusión del Espíritu Santo una embriaguez sobria. En la copa de la Eucaristía (y también en el pan) recibimos al Espíritu Santo (vea Catecismo de la Iglesia Católica, sección 1394). Y también sabemos que el Espíritu Santo nos da el don de la sabiduría que se celebra en los Proverbios (Isaías 11:1-2).
Todo se relaciona y se cumple en el milagro eucarístico: porque el pan es el cuerpo de Cristo y la copa es la sangre de Cristo, nos llenamos del Espíritu Santo y recibimos alegría, sabiduría, y prudencia. Como dice Pablo expresamos esa alegría en nuestro cantar y en dar gracias continuamente a Dios. Ese dar gracias es lo que literalmente significa la palabra Eucaristía en el griego original. Como dije, todo se relaciona en la revelación bíblica.
9.8.09
Decimonoveno Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:4-8; Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51
Como siempre, la lectura del Viejo Testamento y el Evangelio tienen el mismo tema: Dios da el pan que necesitamos para tener vida. Elías ya estaba cansado de la vida cuando se sentó bajo el árbol. En cierto modo, ya no tenía, no sentía vida. Pero el ángel le trajo el pan que necesitaba para caminar cuarenta días y noches para llegar al monte de Dios, el monte Horeb donde Dios había dado su Ley a los judíos. Pero ahora, viene Cristo, no un ángel, Cristo que procede directamente del Padre. Y Cristo ahora no da un pan mortal como el maná o el pan dado a Elías. Cristo se da él mismo, «el pan vivo que ha bajado del cielo». Este pan vivo es lo que apunta y anticipaba el maná y el pan de Elías del Viejo Testamento. El pan mortal, muerto, del Viejo Testamento trajo a los judíos a la iluminación de la Ley de Dios dada en el monte de Dios, Horeb. Pero esa Ley no puede dar vida, la vida que necesitamos. Cristo es él que da vida: «el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida».
Por eso San Pablo en su carta habla de la «liberación final» cuya marca es el don del Espíritu Santo. Pablo urge a sus oyentes que vivan anticipando la liberación final, imitando el amor de Dios y de Cristo. Ya no se trata de obedecer la Ley, pero de vivir en el Espíritu Santo, que es el amor divino propio. Esa es la liberación, liberación de la misión imposible de cumplir con la Ley sin el Espíritu Santo. Y tenemos el pan vivo: la Eucaristía, Cristo mismo y vivo, para darnos más y más ese Espíritu Santo que nos lleva hasta la liberación final en la presencia de Dios en el monte de Dios. Pero primero tenemos que reconocer como Elías que no tenemos vida, no tenemos valor aparte de Dios. De ese cansancio y esa desesperación espiritual, que ya no tiene la ilusión de vivir con recursos meramente humanos, viene la conversión que es la entrega total a Jesús, la conversión que se completa en el hecho de recibir el Pan de Vida en la Eucaristía.
Por eso San Pablo en su carta habla de la «liberación final» cuya marca es el don del Espíritu Santo. Pablo urge a sus oyentes que vivan anticipando la liberación final, imitando el amor de Dios y de Cristo. Ya no se trata de obedecer la Ley, pero de vivir en el Espíritu Santo, que es el amor divino propio. Esa es la liberación, liberación de la misión imposible de cumplir con la Ley sin el Espíritu Santo. Y tenemos el pan vivo: la Eucaristía, Cristo mismo y vivo, para darnos más y más ese Espíritu Santo que nos lleva hasta la liberación final en la presencia de Dios en el monte de Dios. Pero primero tenemos que reconocer como Elías que no tenemos vida, no tenemos valor aparte de Dios. De ese cansancio y esa desesperación espiritual, que ya no tiene la ilusión de vivir con recursos meramente humanos, viene la conversión que es la entrega total a Jesús, la conversión que se completa en el hecho de recibir el Pan de Vida en la Eucaristía.
2.8.09
Decimoctavo Domingo del T.O.: Éxodo 16:2-4, 12-15; Efesios 4:17, 20-24; Juan 6:24-35
Las lecturas para hoy son obviamente lecturas eucaristícas. Los cristianos protestantes que no celebran la Eucaristía como rito central de su culto no ven lo que es obvio al católico y lo que hubiera sido obvio a los primeros cristianos que se reunían para la Eucaristía en las primeras etapas de la Iglesia. En el evangelio, Jesús indica la manera de interpretar la lectura del libro de Éxodo. Jesús es el Pan de Vida verdadero que viene del Padre, prefigurado por la maná que Dios le dío a los israelitas en el desierto en el tiempo de Moisés.
Notamos que, como la Eucaristía, la maná se parece al pan pero en verdad no es pan. Igualmente en la Eucaristía lo que recibimos parece ser pan pero en verdad es el cuerpo de Cristo. También podemos notar que los israelitas preservaron parte de la maná que cayo del cielo (véase Éxodo 16, 32-34). Lo perservaron en el tabernáculo descrito en Éxodo 36, 8-19. Esto también prefigura los tabernáculos que tenemos en nuestras iglesias para preservar en una manera noble a Jesús presente en la nueva maná de la nueva alianza.
Si leimos más adelante en el Viejo Testamento, vemos que los israelitas no comieron mas de la maná cuando llegaron a la Tierra Prometida por Dios (Josué 5, 10-12). Igualmente, en la santa misa nosotros, como los israelitas en el desierto, viajamos a recibir al nuevo Pan de Vida. Cuando recibimos la Eucaristía, entramos como los israelitas a la Tierra Prometida. Así vemos una semejanza litúrgica entre la procesión para recibir la Eucaristía en la misa y la jornada de los israelitas hacía la Tierra Prometida. A cruzar esa frontera, estamos transformados en herederos de las promesas de Dios.
En la Épistola a los Efesios, San Pablo nos habla acerca de esta transformación y de esta conversión en la cual renovamos el espíritu de nuestras mentes y en que acabamos como hombres nuevos (Efesios 4, 24). En la Eucaristía, tenemos la culminación de la conversión cristiana. Antes de participar en la Eucaristía, tenemos que arrepentirnos y recibir en el confesionario la absolución de nuestros pecados mortales. Y cuando recibimos a la Eucaristía nos unimos a Jesús que nos protege contra fúturos pecados mortales y que nos quita los pecados veniales.
Notamos que, como la Eucaristía, la maná se parece al pan pero en verdad no es pan. Igualmente en la Eucaristía lo que recibimos parece ser pan pero en verdad es el cuerpo de Cristo. También podemos notar que los israelitas preservaron parte de la maná que cayo del cielo (véase Éxodo 16, 32-34). Lo perservaron en el tabernáculo descrito en Éxodo 36, 8-19. Esto también prefigura los tabernáculos que tenemos en nuestras iglesias para preservar en una manera noble a Jesús presente en la nueva maná de la nueva alianza.
Si leimos más adelante en el Viejo Testamento, vemos que los israelitas no comieron mas de la maná cuando llegaron a la Tierra Prometida por Dios (Josué 5, 10-12). Igualmente, en la santa misa nosotros, como los israelitas en el desierto, viajamos a recibir al nuevo Pan de Vida. Cuando recibimos la Eucaristía, entramos como los israelitas a la Tierra Prometida. Así vemos una semejanza litúrgica entre la procesión para recibir la Eucaristía en la misa y la jornada de los israelitas hacía la Tierra Prometida. A cruzar esa frontera, estamos transformados en herederos de las promesas de Dios.
En la Épistola a los Efesios, San Pablo nos habla acerca de esta transformación y de esta conversión en la cual renovamos el espíritu de nuestras mentes y en que acabamos como hombres nuevos (Efesios 4, 24). En la Eucaristía, tenemos la culminación de la conversión cristiana. Antes de participar en la Eucaristía, tenemos que arrepentirnos y recibir en el confesionario la absolución de nuestros pecados mortales. Y cuando recibimos a la Eucaristía nos unimos a Jesús que nos protege contra fúturos pecados mortales y que nos quita los pecados veniales.
26.7.09
Decimoséptimo Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15
El profeta Eliseo y Jesús hacen dos milagros de multiplicar la comida para una multitud de gente. Son verdaderos milagros: hay que creerlo para ser cristiano sincero. Si no crees en milagros, entonces no eres de verdad cristiano porque nuestra fe se funde en el milagro de la resurrección corporal de Jesucristo. También se funde nuestra fe en el testimonio verídico de las Escrituras. Estos dos acontecimientos bíblicos no son solamente cuentos simbólicos o poéticos. Son acontecimientos históricos y verdaderos.Hay que notar que Jesús hace el milagro más grande: reparte cinco panes y dos pescados entre más que cinco mil personas. Eliseo reparte veinte panes entre solo cien hombres.
Pero estos milagros, como todos los otros milagros, también tienen un sentido espiritual. El milagro no occure en un vacío: siempre proclama algo, una palabra que nos salva. Los milagros son evangelistas. De las circunstancias materiales, Jesús multiplica los bienes. Su poder puede transformar los límites materiales en formas que nosotros ni esperamos ni pensamos posible. Toda vida cristiana conoce esa intervención milagrosa. Todo cristiano puede testificar que Jesús ha tomado poco y lo ha hecho mucho. Mi testimonio personal es este mismo trabajo apóstolico que Uds. leen hoy. Empezando con mucha ignorancia y poca fe, Jesús ha hecho posible que yo tenga el coraje de evangelizar sin pena ninguna. Muchos otros cristianos pueden contar lo mismo y otras cosas más asombrosas.
En la carta a los efesios, Pablo le recuerda a sus oyentes que deben de seguir en la unidad del Espíritu Santo. Eso se consigue con los frutos del Espíritu: ser humildes, amables, comprensivos, soportándose mutuamente con amor. Son imperativos: son ordenes, no opciones. Cuando los cristianos actúan de esa manera, se multiplica la comunidad cristiana, se impulsa con fervor y evangelización. Es un milagro más impresionante que los dos milagros de repartir comida. El amor mutuo nos reanima y nos da poder para hacer, con audacia, mucho con poco.
Pero estos milagros, como todos los otros milagros, también tienen un sentido espiritual. El milagro no occure en un vacío: siempre proclama algo, una palabra que nos salva. Los milagros son evangelistas. De las circunstancias materiales, Jesús multiplica los bienes. Su poder puede transformar los límites materiales en formas que nosotros ni esperamos ni pensamos posible. Toda vida cristiana conoce esa intervención milagrosa. Todo cristiano puede testificar que Jesús ha tomado poco y lo ha hecho mucho. Mi testimonio personal es este mismo trabajo apóstolico que Uds. leen hoy. Empezando con mucha ignorancia y poca fe, Jesús ha hecho posible que yo tenga el coraje de evangelizar sin pena ninguna. Muchos otros cristianos pueden contar lo mismo y otras cosas más asombrosas.
En la carta a los efesios, Pablo le recuerda a sus oyentes que deben de seguir en la unidad del Espíritu Santo. Eso se consigue con los frutos del Espíritu: ser humildes, amables, comprensivos, soportándose mutuamente con amor. Son imperativos: son ordenes, no opciones. Cuando los cristianos actúan de esa manera, se multiplica la comunidad cristiana, se impulsa con fervor y evangelización. Es un milagro más impresionante que los dos milagros de repartir comida. El amor mutuo nos reanima y nos da poder para hacer, con audacia, mucho con poco.
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